Por: Ana María Aragonés
El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos tuvo una enorme resonancia, recibió elogios entre audiencias occidentales e incluso de países emergentes. En parte porque su mensaje fue interpretado como una crítica contra el unilateralismo estadunidense y, dadas las circunstancias, también fue especial. Señaló que “el orden mundial no está en una transición, sino que está roto, y llamó a las potencias medias a actuar juntas para construir un nuevo orden que incorpore valores como derechos humanos, desarrollo sostenible y solidaridad”.
Si bien fue un discurso lúcido, un buen diagnóstico por la frustración con el statu quosobre el declive del orden liberal, también hay que destacar que fue formulado desde una posición que claramente no busca una transformación estructural, sino alianzas entre “pares” con poder relativo. No se trata de una ruptura en abstracto del orden internacional, sino más bien buscar la estabilidad del sistema. Canadá invoca un nuevo orden mundial, pero como base de lo que ha funcionado para países del Norte, mecanismos para la acumulación capitalista, con ventajas para el Norte Global, porque no hubo ningún indicio que demandara justicia económica global. Por eso llama a “defender el orden basado en reglas”, lo que quiere decir defender un orden que mantiene las desigualdades prexistentes.
El llamado a las potencias medias para actuar juntas y construir un nuevo orden que incorpore valores como derechos humanos, desarrollo sostenible y solidaridad, podría dar algún optimismo de cambios estructurales si en el discurso se hubieran incorporado algunos cuestionamientos: por ejemplo, ante los bombardeos a Venezuela secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores para robar el petróleo de esa nación; o si se hubiera sancionado la conducta de Estados Unidos al intentar destruir a Irán a través de la asfixia financiera y de sanciones leoninas para crear caos y descontentos internos cuyo objetivo era cambiar al régimen; o por lo menos sancionar al gobierno de Estados Unidos por los bombardeos contra lanchas en el Caribe asesinando a sus ocupantes sin tener la más mínima prueba de que fueran delincuentes; o, si se planteara como una urgencia de vida llevar de inmediato a Israel fuera del concierto mundial aislándolo y convirtiéndolo en un Estado paria por el genocidio contra los palestinos; y, por lo tanto, cuestionar la creación del Consejo de la Paz para Gaza en la que Donald Trump se nombra presidente y decidirá quién entra y quién sale, con el propósito de eliminar a una institución como Naciones Unidas, y además mantener el colonialismo imperial sobre los palestinos que son los dueños de la tierra, pero ellos no importan.
Por eso lo que sí resulta creíble es que la razón que movió a ese Norte Global en Davos fue Groenlandia; es decir, un posible ataque a uno de los suyos, blancos, por uno de los suyos. Donald Trump daba por hecho que Groenlandia, por las buenas o por las malas, “será dominada por Estados Unidos”, propuesta que fue altamente reforzada en Davos, lo que, sin duda generó un profundo y gran descontento. En este sentido, es imposible no recordar lo que se le recriminó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial; es decir, que Hitler cometiera genocidio contra los judíos, los blancos, y por eso ese país vive una culpa histórica que ahora busca expiar apoyando y siendo cómplice del genocidio de Israel contra los palestinos, y sancionando a todo aquel que se le ocurra defender a los palestinos porque serán considerados, increíble, antisemitas. Recordar que también fueron asesinados en las cámaras de gas miles de gitanos, de homosexuales, de árabes, pero de ellos prácticamente no se habla, no son blancos. Y si bien es cierto que el genocidio europeo en la Segunda Guerra Mundial dio lugar a la construcción del régimen contemporáneo de los derechos humanos, lamentablemente esta normativa parece desaparecer cuando las víctimas pertenecen a poblaciones racializadas o colonizadas, como ocurre en la actualidad con el pueblo palestino. La universalidad de los derechos humanos, como señalan Franz Fanon y Edward Said, coexiste entre unas vidas plenamente dignas de duelo, protección y reparación, y por otro lado, aquellas que permanecen en la invisibilidad.
Mark Carney llama a defender “el orden basado en reglas”, lo que quiere decir defender un orden que mantiene las desigualdades porque las normas las deciden las naciones poderosas, a diferencia del llamado derecho internacional que está basado en leyes, que se conocen y se aplican. Por eso Donald Trump ha señalado que su límite de acción es lo que él piensa y quién decide es su moralidad, lo que quiere decir, defender las desigualdades prexistentes, no una garantía de justicia. El problema central no es que el orden esté colapsando, sino que nunca funcionó de forma equitativa porque, como han señalado los teóricos latinoamericanos, “el sistema capitalista produce y reproduce una polarización mundial entre centro y periferia” (Villarreal).
Por eso, cuando Mark Carney cita a Tucídides, quien advierte: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, no describe una novedad sino la continuidad histórica capitalista.
FUENTE: https://www.jornada.com.mx/noticia/2026/01/28/opinion/canada-punto-de-inflexion-para-el-norte-global
