Por: Vilma Fuentes
La reducción de las distancias, o más bien del tiempo que se lleva recorrer un espacio, es un fenómeno que, al parecer, es muestra de satisfacción cuando no de orgullo. En efecto, los seres humanos se vanaglorian de los progresos logrados en la aceleración de los diversos transportes. Recorrer con mayor rapidez una distancia entre dos cosas o sucesos otorga la impresión o sentimiento de éxito. Una especie de confortable sensación de triunfo por haber ganado tiempo al tiempo. Y, sin embargo, el tiempo ganado es, en no pocas ocasiones, tiempo perdido. Tiempo extraviado en una carrera sin meta ni sentido. Una carrera, lo digo sin ningún juego de palabras, una carrera, pues, del tiempo contra sí mismo.
Pienso, por ejemplo, en un viaje en un antiguo tren, desde cuyas ventanas podía contemplarse el paisaje del campo o el bosque, detenerse unos instantes en la observación de las calles aledañas a las vías del ferrocarril, contemplación fugitiva pero que deja soñar en el interior de las casas por cuyas ventanas escapa la luz de las lámparas. Recorrido de ese mismo viaje en un moderno tren llamado de gran velocidad: los viejos y elegantes comedores han desaparecido y, en su lugar, se ha instalado una barra o mostrador donde poner la charola para comer de pie sin perder un segundo. Desde las ventanas se ve pasar el paisaje como si éste fuera quien pasase y no nosotros quienes pasamos. Las cosas y los hechos se invierten en esa carrera contra el tiempo. Un tiempo inmóvil porque “andar así es andar a ciegas, / andar inmóvil en el aire inmóvil, / andar pasos de arena, ardiente césped. / Dar pasos sobre agua, sobre nada / –el agua que no existe, la nada de una astilla–, / dar pasos sobre muertes, / sobre un suelo de cráneos calcinados”. (“El Tajín”, de Efraín Huerta.)
“Sin perder tiempo”, se dice con ese muy peculiar sentimiento de victoria sobre las manecillas del reloj. “Gané tiempo”, se anuncia con una sensación de éxito sin saber qué es ese tiempo ganado ni a qué o a quien se le ganó. Ganar acaso tiempo para poder perderlo a sus anchas. Para soñar y no hacer nada.
La reducción de las distancias es una pérdida de espacio y, más grave, un extravío del tiempo. Se recorta a destajos un tiempo donde era posible soñar porque no había prisas para vivir ni tampoco para morir. Donde podía buscarse el secreto de los enigmas y extraviarse en el laberinto del misterio sin miedos ni desesperanza. Un desarreglo de los sentidos y un relámpago de la inteligencia. Recuperar ese tiempo para tratar de saber quién somos, para encontrar nuestra identidad en la mirada de los otros y en la mirada que nos mira en el espejo. Porque sólo rompiendo los esquemas sería posible reconocernos al comprender que cada uno de nosotros es un ser único, un ser que sólo existe ahora y aquí.
Saber dejar pasar el tiempo, sin buscar sombras venidas del pasado ni tratar de adivinar qué ocurrirá en el mañana, es quizá darse el espacio necesario para vivir al ritmo de la respiración que nos mantiene en vida. Esa respiración en la que sólo pensamos cuando tenemos dificultades para aspirar y expirar el aire. Cuando los suspiros de melancolía o extrañeza la interrumpen por algunos instantes. Esos brevísimos intersticios del tiempo donde se agazapan las sombras anunciadoras de la última cita.
Aprender a perder el tiempo para ganarlo. Para gozar de una libertad que da alas al pensamiento y descubrir las revelaciones que fueron destinadas desde el principio de los tiempos para cada uno y sólo para él. Asistir a la aparición de lo innombrable, de lo que aún no tiene nombre pero ya es. La aparición deslumbrante del ser, nacimiento de la palabra, fulgor del verbo. “Hágase la luz / y la luz se hizo”. Algún curioso puede preguntar si acaso se dijo: “háganse las sombras / y las sombras se hicieron”. Algún otro podría responder que las sombras ya estaban ahí desde siempre, y el siempre sólo existe en el claroscuro de la luz en las tinieblas.
FUENTE: La Jornada
