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El fracaso de las negociaciones se pudo intuir en el ambiente. Solo había que escuchar las declaraciones de los representantes de EE. UU., antes de que se concretaran las negociaciones. Y efectivamente eso fue lo que pasó. 

Pero ¿por qué fracasó?

Parece ser que Donald Trump quiere retrasar su propia caída, quizá con la esperanza de que todo pueda repuntar a su favor. 

Su personalidad narcisista le impide asumir la derrota. El fracaso no está en su vocabulario. Retrasar su propia caída pareciera ser la solución para no pasar a la historia de los EE. UU. como “el presidente que fracasó en Medio Oriente”. —¿Fracasar yo, el que solía despedir a los fracasados?

Donald Trump se empeña en evadir la realidad y construir un relato fantástico del terreno. Lo peor de todo es que su empeño en evadir la realidad únicamente habrá de prolongar la presión económica global, especialmente en el propio EE. UU.

El problema de EEUU es que le falta humildad, le cuesta aceptar la realidad en el terreno, aceptar su propia derrota. Su arrogancia únicamente habrá de complicar la situación. Irán no tiene ningún apuro.

Si el objetivo de las recientes negociaciones en Islamabad para EEUU era ver claudicar a Irán, se equivocaron profundamente. Es no entender la situación en la que se encuentran.

Es de esperar que EE. UU. pueda estar dispuesto a volver a negociar y que se pueda hacer respetar el actual alto el fuego de dos semanas. Todo se habrá de complicar aún más si EE. UU. no hace entrar en razón a Israel y frena sus incursiones militares en el Líbano.

El fracaso de las negociaciones del pasado 11 de abril no pueden verse como algo definitivo; debe verse como una oportunidad para buscar alcanzar una serie de avances que puedan permitir llegar a acuerdos. 

EE. UU. debe aterrizar de la nube fantástica en la que se encuentra. Prolongar el fuego, únicamente ahondará la crisis de su propio aparato militar y ahondará la crisis de sus aliados en la región. 

En definitiva, el fin de las guerras o los grandes conflictos no se logran a partir de una sola reunión negociadora. Pueden durar semanas, meses o años. Pero de EE. UU. es de quien depende el fracaso o éxito de las negociaciones. 

El consejo que se le podría dar a EE. UU. es que pueda cambiar, cuanto antes, a su equipo negociador inexperto. No puedes poner a cargo a unos muchachos que no tienen idea de cómo se manejan las cosas en el ámbito diplomático o sin una carrera diplomática sólida.

No puedes poner a cargo a personas tomadas al azar, aunque puedas tener todo el poder del mundo, y menos a personas vinculadas con el sionismo.

¿Podrá EE. UU. aceptar la realidad en la que se encuentra o habrá de prolongar su agonía?

Por Stolpkin

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