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Para tener en cuenta

¿La revuelta que viene?

A propósito de las revueltas juveniles en Londres, el filósofo Slavoj Zizek, reputado por sus afirmaciones audaces y provocadoras, ha escrito un breve ensayo significativamente titulado ¡Ladrones del mundo, uníos!, nombre que toma prestado de una canción brtitánica de moda. A Zizek, como a muchos otros, les interesa dilucidar qué hay detrás de una explosión social violenta que, sin embargo, no tiene mensaje alguno que transmitir. Escribe: “Es difícil concebir a los alborotadores del Reino Unido en términos marxistas, como ejemplo de la aparición de un sujeto revolucionario; encajan mucho mejor con el concepto hegeliano de ‘chusma’, es decir, los que están fuera del espacio social organizado y que sólo pueden expresar su descontento por medio de arrebatos ‘irracionales’ de violencia destructiva, lo que Hegel llamó ‘negatividad abstracta’”.

Ya se ha dicho: los arrebatados ingleses no vivían al borde la inanición; en contraste con los estudiantes indignados por las reformas en educación, actuaron reivindicando la acción violenta sin exigencias ideológicas. Y ése es, según Zizek, un dato que nos dice mucho de “nuestra situación político-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out”. Si Badiou tiene razón y el espacio social se experimenta como un sin mundo, como una constelación ideológica en la que se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados. La dimensión global del capitalismo representa la verdad sin sentido.

Frente a los disturbios, la visión conservadora repite los tópicos más predecibles: aplica todos los medios para restaurar el orden, apelando a la resurrección de los valores sacralizados. Ensalza el miedo y la venganza. La visión progresista, en cambio, subraya la desigualdad, el momento solidario: ¿Podemos siquiera imaginar lo que significa en un barrio pobre ser joven, mestizo, sospechoso por sistema para la policía y acosado por ésta, no sólo desempleado, sino también no empleable, sin esperanza de un futuro?, apunta Zizek. Sin embargo, en un caso, los conservadores desestiman la situación social, pero también –y ése es un punto importante– las premisas ocultas de la misma ideología conservadora que en potencia hacen del individuo un consumidor salvaje, listo a saltar sobre la presa. “Esto es lo que la ideología de ‘vuelta a lo básico’ fue realmente: la liberación del bárbaro que acecha bajo nuestra sociedad aparentemente civilizada y burguesa, mediante la satisfacción de sus ‘instintos básicos’… En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la ‘bestia’ producto de la ‘declaración subjetiva’, es decir, la explicación de cómo es que los individuos se relacionan con sus circunstancias. ¡Nos invitan a consumir, a la vez que nos privan de los medios para hacerlo adecuadamente; así que lo estamos haciendo de la única manera que podemos! Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, lo que desdeciría la llamada sociedad posideológica, apunta Zizeck. Pero, desde un punto de vista revolucionario, el problema con los disturbios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva. Es rabia impotente y desesperación enmascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante.

Zizec concluye: el peligro real de estas explosiones se encuentra en la reacción predeciblemente racista de la mayoría silenciosa. La verdad es que el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavorecidos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema en oposición a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. La violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quemados y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es entre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y los que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquellos cuya apuesta es la más alta posible.

La cuestión es si la violencia que hoy se filtra a través de los poros de las sociedades dejará espacios para pensar, de nuevo, en la libertad y la emancipación; si alguien cree que el desempleo, la criminalidad y la represión, aunados a la deificación del consumo o todos, absolutamente todos, tenemos una revuelta en el futuro próximo. Ojalá y en este punto dejáramos de jugar con fuego y aprendiéramos en cabeza ajena algunas de las lecciones pertinentes. Las cifras recientemente dadas a conocer acerca del desempleo entre los jóvenes, más las aterradoras estadísticas de la violencia asociada a la estrategia de combate al crimen organizado, no son inocuas y a las claras demuestran que la sociedad está perdiendo la partida. No hay menos delitos ni menos delincuentes, ni menos víctimas. La inseguridad es la constante de la vida cotidiana. La desesperanza aumenta pese al optimismo oficial: hay, pues, un caldo de cultivo para la violencia que no deja de sorprendernos cada día con su estela de barbarie. Pero las elites que dominan y las que gobiernan siguen en el mismo discurso, sin reconocer que el mayor riesgo está en la disolución del tejido social, del que tanto se habla. Continúan los juegos de poder como si viviéramos tiempos normales. Y no lo son: la pradera está seca y una sola chispa puede incendiarla, decían los clásicos, aunque nadie sepa quién le mete el fuego. De ahí la extraordinaria importancia de organizar a la gente para resistir, defenderse y, más allá, para impulsar un proyecto de cambio político que no se quede en el mundo virtual de las formalidades jurídicas. Hacerlo así, con claridad de miras y coraje moral, con un programa abierto a la discusión, servirá para labrar ese camino común que le dará sentido al ¡ya basta! cada vez más colectivo cuya presencia es necesaria para salir del hoyo. Bienvenida, pues, la constitución del Morena como asociación civil, justo el 2 de octubre que no se olvida.


http://www.jornada.unam.mx/2011/09/…