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Crítica

Desafíos de los jóvenes

A lo largo de este verano de contrastes climáticos, se han sucedido también significativos acontecimientos de signos muy diferentes en los que la juventud ha tenido un particular relieve en la sociedad y en los medios. Las indignadas y extendidas reivindicaciones del 15-M, los graves incidentes de Inglaterra han puesto en primera página las protestas y denuncias contra situaciones económicas y políticas que afectan tan negativamente a los jóvenes del continente europeo y del mundo. Sus exigencias de una economía justa, de una democracia participativa, de protagonismo social han encontrado amplio eco y se han extendido por diversos países. De signo muy diferente, la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) celebrada en Madrid con multitudinaria asistencia y presencia central del papa Benedicto XVI, ha sido, sin lugar a dudas, una llamativa demostración de determinadas formas de religiosidad juvenil dentro de una Iglesia controlada por modelos conservadores.

De todas formas, y aunque estos eventos hayan acaparado la atención mediática, no se pueden dejar de lado otras reivindicaciones de jóvenes. En diferentes lugares y pueblos, también en Euskal Herria, por medio de movimientos sociales y populares, con múltiples iniciativas y dinamismo incansable, reclaman de manera permanente su derecho al trabajo y salario dignos, a una vivienda, a la plena participación política, a la libertad de expresión, a abrir caminos para solucionar conflictos y problemas, en especial ante la situación de presos y presas, a una paz desde la justicia y respeto de todos los derechos…

Todas estas plurales y urgentes exigencias plantean apremiantes desafíos ante las actuales situaciones económicas, políticas, culturales, ecológicas y también religiosas en una sociedad laica. El complejo mundo de la juventud, que tanto preocupa a muchos, interesa a la mayoría, desorienta a bastantes, lanza retos críticos y reivindicativos de amplia envergadura. Creo que entre ellas y ellos se manifiesta, ante todo, una especial sensibilidad crítica ante ideologías y poderes de cualquier tipo que intentan reducirlos a masa de consumo, manejable y manipulable para los intereses socioeconómicos de mercados multinacionales. Les venden aparente libertad, satisfacciones sin límite, ficticias promesas de bienestar; les inoculan demandas interesadas. Pero la mayoría de los jóvenes son cada día más conscientes de esos calculados manejos y ofertas mercantilistas a cambio de la venta de su dignidad.

En medio de esta efervescencia de los jóvenes indignados, no han dejado de suscitar la atención crítica las respuestas y modelo de Iglesia que Benedicto XVI ha presentado y ofrecido a la situación y problemas de la juventud congregada en Madrid.

El complejo mundo de la juventud, que tanto preocupa a muchos, interesa a la mayoría, desorienta a bastantes, lanza retos críticos y reivindicativos de amplia envergadura. Creo que entre ellas y ellos se manifiesta, ante todo, una especial sensibilidad crítica ante ideologías y poderes de cualquier tipo que intentan reducirlos a masa de consumo, manejable y manipulable para los intereses socioeconómicos de mercados multinacionales. Les venden aparente libertad, satisfacciones sin límite, ficticias promesas de bienestar; les inoculan demandas interesadas. Pero la mayoría de los jóvenes son cada día más conscientes de esos calculados manejos y ofertas mercantilistas a cambio de la venta de su dignidad.

A mi entender lo primero que sorprende es que los mensajes y respuestas han venido exclusivamente de quien ha ocupado el centro de esta JMJ. El papa ha acaparado la palabra y aunque, ya desde su primer saludo, invitaba a los jóvenes a ser «protagonistas de esta civilización», éstos ha sido tan sólo receptores de su pensamiento, de su visión de la Iglesia, de sus orientaciones. Han faltado el diálogo, la escucha, la expresión de los problemas propios de los mismos jóvenes. Una vez más la Iglesia jerárquica, en su voz más autorizada, se ha constituido en exclusiva portadora de valores y de protagonismo.

Dónde han quedado las voces de tantos jóvenes sin presente ni futuro?¿Cuál ha sido la presencia activa de quienes reclaman -con todo derecho humano y divino- una economía justa y participación democrática? ¿Se ha escuchado alguna denuncia política de regímenes que marginan y reprimen a los jóvenes? ¿Por qué no se han dejado oír -en lugar de descalificarlas como «culturas relativistas dominantes»- las propuestas de las nuevas culturas laicas donde la religión y la Iglesia resultan tan criticables? ¿Se han tenido en cuenta los acuciantes problemas de la juventud en barrios marginales, en las cárceles, en el mundo rural, en la inmigración…? ¿Por qué no se ha dialogado con ellos dando prueba de «solidaridad, respeto y amor», como instó el concilio Vaticano II (que, por cierto, no ha sido citado en esta JMJ)?

Ciertamente se han ofrecido -Benedicto XVI es un consumado maestro- respuestas teológicas y pastorales escuchadas con sumiso fervor por los asistentes, pero ¿respondían a los auténticos desafíos de los jóvenes? Hace algún tiempo, en una pared de un barrio de Gasteiz se escribió: «Jesús es la respuesta». Al poco tiempo se añadió: «y ¿cuál es la pregunta?». Como contraste, estos días se ha celebrado en Salamanca un encuentro internacional de teólogas europeas. Su tema ha sido: «escuchar, comprender, responder en un mundo secular a la injusticia, a los nuevos lenguajes culturales».

Sin embargo, la Iglesia jerárquica sigue reforzando su imagen conservadora y doctrinal, exigiendo fidelidad a ella, ya que fuera de «su comunión» no se puede encontrar ni seguir a Jesucristo de forma auténtica. No es de extrañar que en este contexto palabras conciliares como pueblo de Dios, signos de los tiempos, liberación no hayan sido prácticamente mencionadas; menos aún lo «verdadero y santo» (Vaticano II) de otras religiones.

Pero ¿qué significado puede tener para «el sentido de la existencia de los jóvenes», al que el papa aludía y quería ofrecer respuestas, el mensaje de una Iglesia de tales características, donde la participación, el protagonismo, las ideas divergentes, preocupaciones y desafíos urgentes de tantos jóvenes quedan al margen?

La multitudinaria JMJ de Madrid seguirá siendo citada como la mayor concentración numérica en una eucaristía y vigilia de oración, y la acaparadora presencia de Benedicto XVI como su principal referente. Pero más allá de esos números espectaculares -y de manera mucho más extendida y apremiante, urgente y referencial y, sobre todo, desafiante-, continúan vivas y crecientes las necesidades y exigencias de millones de jóvenes del mundo entero. A la gran mayoría de ellas y ellos no han llegado los ecos mediáticos de la JMJ madrileña; pero cada día sienten, buscan, reclaman sus derechos, su libertad, su vida. No son dioses, sino personas que exigen el respeto y justicia allí donde están, viven y sufren la opresión, la represión, la angustia de no poder ser jóvenes con toda la dignidad que sus reivindicaciones reclaman, la ética exige y el evangelio anuncia y por la que seguirán luchando hasta lograr una humanidad donde para todos haya pan, libertad, solidaridad y amistad.


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