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Joyitas en la red

¿Para qué y cómo debemos organizarnos?

Varios acontecimientos recientes han reactivado el clásico debate doble sobre, por un lado, las relaciones entre organización y espontaneísmo y, por otro lado, las relaciones entre la organización militante y los partidos electorales de masas, los sindicatos y los movimientos populares y sociales. Algunos de estos acontecimientos son las sublevaciones de las masas musulmanas en África del norte; las movilizaciones juveniles en muchas zonas de Europa —Estados español y francés, Gran Bretaña, Italia, Alemania, etc.— al llamado de pequeñas iniciativas contra la explotación; las fugaces luchas obreras y populares que surgen con más frecuencia de lo reconocido por el poder pero que se agotan rápidamente como, por ejemplo, en los EEUU; la movilización que está teniendo lugar en Euskal Herria y que se ha plasmado en la victoria de Bildu; la participación del pueblo cubano en los debates del VI Congreso del PC; la decisión del pueblo islandés por aplicar justicia a los culpables de la crisis; la lucha popular en Honduras pese a la dura represión que padece desde el golpe de Estado, etcétera.

Deliberadamente hemos citado experiencias extremas, en apariencia incompatibles, para llevar el debate a su punto crítico: la necesidad de la organización de vanguardia tal como fue desarrollada por el marxismo desde comienzos del siglo XX. Al toro hay que cogerlo por los cuernos, especialmente ahora que el movimiento de los indignados reactiva la ilusión de las virtudes del espontaneísmo, de la omnipotencia de las redes sociales, de twitter y de las nuevas tecnologías de la comunicación, a la vez que aparenta desacreditar a las “viejas organizaciones de vanguardia”, demostrando la superioridad de la “rebeldía juvenil” sobre el agónico movimiento obrero, etc. En absoluto son tesis nuevas. Por el contrario, y como veremos, la necesidad de la organización revolucionaria se sustenta, como mínimo, en diez lecciones reiteradamente confirmadas por la historia:

Una, la tendencia de las masas explotadas a aceptar las promesas de las minorías explotadoras, a creerse sus mentiras, o sea, la inercia de la credulidad. Dos, los límites de la lucha individual y/o colectiva de mera protesta, que carezca de una visión crítica de la naturaleza del enemigo al que se enfrenta. Tres los límites de las luchas espontáneas, de los motines, revueltas y sublevaciones sociales que estallan cuando la opresión se hace insostenible. Cuatro, la capacidad de la burguesía para pudrir no solamente estas revueltas sino sobre procesos de luchas ascendentes que terminan ahogándose en el pantano parlamentarista. Cinco, la tendencia a la burocratización y al reformismo de los partidos parlamentaristas de masas por muy de izquierdas que digan ser. Seis, la tendencia al corporativismo pactista y economicista del sindicalismo. Siete, la tendencia a los vaivenes, al estancamiento y retroceso de los movimientos populares y sociales. Ocho, los efectos alienadores y disgregadores del capitalismo. Nueve, la efectividad de las represiones y violencias burguesas. No hace falta decir que estas lecciones se presentan interactuando todas ellas o muchas de ellas, creando sinergias muy complejas que sólo pueden desentrañarse teórica y prácticamente aplicando el marxismo. Y esta es la décima y última lección que demuestra la necesidad y la urgencia de organizarse, a saber, la teoría revolucionaria sólo puede desarrollarse mediante un colectivo organizado para ello.

1.- Credulidad en las promesas de los opresores:

Sobra la primera lección podemos extendernos indefinidamente. Lo mejor es tomar conciencia de su persistencia histórica: Tucídides explica cómo Brásidas prometió dar la libertad a los esclavos hilotas que se identificasen públicamente como fervientes luchadores a favor de Esparta. Unos dos mil aceptaron la propuesta y fueron premiados, pero: “poco después los espartanos los hicieron desaparecer y nadie sabe cómo murió cada uno”. De esto hace aproximadamente 2435 años y desde entonces la necesidad de la organización tomó nuevos bríos, muy en especial cuando la represión imperialista reactivó la táctica espartana de “desapariciones forzadas”. Entre el -89 y -88, Mario y Cinna organizaron un ejército popular para vencer a las clases ricas en Roma. Prometieron la libertad a los esclavos y a los gladiadores que se volcaron en la batalla, y tras la derrota ejecutaron a 100 nobles. Esto asustó a Mario y Cinna, y les llevó a unir sus fuerzas con la clase senatorial vencida para, con esa nueva alianza, aplastar a los esclavos: una noche rodearon su campamento y los exterminaron. En el +37 Sexto Pompeyo liberó a esclavos para que luchasen en su ejército contra Augusto en la guerra de Sicilia. Sexto Pompeyo perdió y huyó, y Augusto prometió respetar la libertad de los esclavos pero en secreto organizó su desarme, la entrega a sus amos y el asesinato de los esclavos cuyos amos no fueron encontrados vivos.

La esclavitud romana era atroz, lo que añade un sangriento plus de importancia a estas y otras muestras de credulidad. Es cierto que las luchas de las clases y de los pueblos precapitalistas nunca se plantearon crear un nuevo orden cualitativo, excepto vagas utopías. Sin embargo, la credulidad de las masas explotadas, sean esclavas, siervas, campesinas, artesanas, proletarias, etc., sigue existiendo a pesar de los relativos avances en educación, prensa, derechos, etc., logrados en la sociedad burguesa gracias a múltiples luchas. La credulidad en el opresor tiene diversas causas: ignorancia, miedo, alienación y fetichismo, creencias religiosas. La organización revolucionaria aparece aquí como imprescindible porque aporta, además de una argumentación teórica rigurosa sobre los terribles efectos de la credulidad, también y sobre todo porque facilita la praxis de liberación, el debate práctico conjunto, la crítica y la autocrítica entre personas que aprenden a liberarse en su misma vida personal y colectiva. La credulidad se caracteriza, entre otras cosas, por cierta dosis de fe, de irracionalismo, en un ser superior, sea dios, amo, empresario, general, o en burocracia como el Estado. La organización lo que hace en este crucial asunto es demoler esa fe, introducir racionalidad crítica y conocimiento histórico, político, ético, etc., siempre unido a una práctica militante.

2.- Límites de la lucha de mera protesta, que carezca de una visión crítica del opresor:

Sobre la segunda razón tenemos que decir que, sin una suficiente conciencia personal y política, cualquier protesta por inicial y embrionaria que sea tiende a terminar en fracaso. Como hemos dicho antes, en las sociedades precapitalistas era muy difícil desarrollar una teoría adecuada. Los galeses que fueron masacrados en el siglo XI por los anglonormandos apenas intuían más allá del objetivo visible de los invasores: quitarles sus tierras. Pero había otro objetivo más largo y demoledor: “la exterminación de todos los bretones para que nunca más se pronunciara su nombre”, como escribió un cronista de la época. Los pueblos indios y filipinos que sufrían el terrorismo español apenas comprendían la declaración real que se les leía antes de pasarlos a cuchillo, o quemarlos o descuartizarlos vivos mientras sus mujeres, hermana y amigas eran violadas delante de los hombres. Pero una vez que comprendieron la naturaleza del invasor le resistieron con desesperación. Incluso hoy en día, miles de mujeres que sufren terrorismo patriarcal dudan en denunciar a su marido, novio, amigo o vecino, y centenales de ellas se retractan y retiran su acusación poco antes del juicio.

Por esto mismo, las organizaciones feministas son imprescindibles para concienciar a las mujeres, para aportarles una visión crítica de la explotación patriarco-burguesa, de la necesidad de que salgan de su soledad, se relaciones y se integren en esos u otros grupos para encontrar fuerzas que les ayuden a luchar. Lo mismo hay que decir sobre el resto de situaciones de injusticia y dominación, de opresión, sean las que fueren. Sin una organización suficiente, los sectores oprimidos nunca podrán conocer su situación, obtener información y realizar debates, atraer más miembros y avanzar en la coordinación con otros colectivos que tienen los mismos o parecidos objetivos. Si miramos el problema desde una perspectiva más amplia, por ejemplo, desde la que nos alerta de la fuerza organizada del sistema patriarcal mediante las Iglesias y sus medios, desde el machismo y sexismo de la prensa y de los espectáculos, desde el machismo de los partidos y sindicatos, desde la indiferencia de muchas instituciones burguesas ante la opresión de la mujer y sobre todo, desde la ferocidad invisible y normalizada del terrorismo patriarcal, desde esta perspectiva que nos explica cómo y por qué sobrevive tanto la dominación masculina, comprenderemos la importancia de las organizaciones feministas, y en general de todas las organizaciones.

3.- Desconocimiento de los objetivos del opresor y de su ferocidad:

Sobre la tercera razón, hay que decir que es un freno poderoso que solamente puede ser superado por la organización que aporta un saber crítico basado en la experiencia colectiva, mucho más grave es el problema de los límites de las luchas espontáneas individuales o colectivas, de los motines, revueltas y sublevaciones sociales que estallan cuando la opresión se hace insostenible. Ya se de forma aislada o en grupo, los estallidos súbitos o insuficientemente organizados pueden obtener triunfos inmediatos, y los obtienen porque cogen por sorpresa al poder establecido. Entre -116 y -114 se produjo una revolución en la ciudad aquea de Dime, ocupada por los romanos, para acabar con las deudas causadas por los altos impuestos, entre otros objetivos. Se quemaron los archivos públicos, se cancelaron las deudas y demás contratos. Pero la revolución fue derrotada, dos de sus cabecillas fueron muertos y otro enviado a Roma para ser juzgado. En 1871 el pueblo de París se sublevó contra la alianza entre la burguesía francesa y el ejército alemán ocupante. Pese al heroísmo impresionante, la Comuna fue masacrada atrozmente, entre otras razones porque no pudieron organizarse lo suficiente, ni ser suficientemente radicales en sus medidas liberadoras. En la IIGM Varsovia se sublevó dos veces contra la barbarie nazi, y las dos fue masacrada. Estos ejemplos distantes más de dos mil años y ocurridos en dos modos de producción muy diferentes, el esclavista y el capitalista, tienen sin embargo un denominador común: la escasa organización previa.

La necesidad de la organización es tanto más perentoria y vital cuanto más importante es el objetivo a conquistar, cuanto más ansiosas y activas están las masas, y cuanto mayor y más cruel es la voluntad del opresor de seguir explotando. Sea la lucha que fuere, desde una pequeña asamblea de vecinos que bloquean una empresa que contamina el barrio, hasta una insurrección revolucionaria para derrocar a la burguesía, pasando por una huelga obrera, en todos los casos la organización debe existir con anterioridad, debatiendo los objetivos, la estrategia y la táctica, analizando las relaciones de fuerzas, discutiendo las tácticas y los medios necesarios y los no necesarios, haciendo propaganda y ampliando las alianzas, buscando además de recursos, también planes alternativos tras estudiar las posibles reacciones de los aliados, de los indecisos y sobre todo del poder al que se quiere vencer, sea el poder universitario, el municipal, el judicial, el empresaria, el patriarcal, el político y de forma decisiva el militar. La espontaneidad, la que fuere, tiene unos límites precisos que aparecen después de las primeras victorias, si las hay, cuando se empieza a ver que el poder es más fuerte de lo que se creía, tiene más defensas, tiene aliados dentro del bando luchador, puede sobornar y corromper. La lucha espontánea tiende a apagarse cuando la lucha se prolonga, el objetivo se aleja, la estrategia empieza a fallar, las tácticas propias ya no hacen daño al opresor; y cuando éste, responde con ataques inesperados y sorpresivos. Para evitar todo esto es imprescindible organizarse con anterioridad.

4.- Capacidad burguesa para pudrir las luchas:

Sobre la cuarta razón, hay que decir que si bien el exterminio sangriento, el terrorismo, es la última garantía de la civilización del capital, no es menos cierto que la burguesía experimentada prefiere antes desgastar, desorientar y desunir a las clases explotadas mediante una astuta maquinación en la que intervienen las concesiones puntuales, el préstamo del gobierno a la izquierda —nunca ceder el Estado y menos el ejército—, etc., a la vez que la represión selectiva del sector más radical y consciente. Las luchas ludditas de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, tuvieron un nivel de organización interna bastante adecuado para las condiciones de su época, aunque al final fueron derrotadas no tanto por la represión, con sus asesinatos incluidos, sino sobre todo por las innovaciones realizadas por la burguesía. El luddismo destruía las máquinas de vapor que condenaban al paro y a la miseria a miles de familias trabajadoras, y hasta quemaba los talleres, obligando a muchos empresarios a trasladarse a otras regiones menos combativas para instalar sus negocios: un anuncio de las “deslocalizaciones” tan famosas ahora. Pero la burguesía británica aprendió que era mejor dirigir de forma imperceptible la radicalidad obrera y popular hacia la trampa institucional, parlamentaria, en la que el movimiento obrero podía conquistar reivindicaciones importantes pero nunca decisivas a la larga, y menos aún, irreconciliables con la propiedad burguesa, con su Estado de clase y con su ejército. Lo mismo aprendió la alemana cuando vio que la represión policial y judicial de finales del siglo XIX, y las leyes represivas posteriores, no detenían el fortalecimiento de la socialdemocracia.

La organización política formada por militantes teórica e históricamente preparados, es imprescindible para superar estos y otros peligros. No se superan con la justa ira espontánea, ni con el voluntarismo ignorante, al contrario, esto facilita la victoria burguesa. Cuanto más poder institucional logra la izquierda, concejales, alcaldes, diputados, senadores, ministros, consejeros en empresas y bancos privados, supervisores en instituciones y empresas públicas desde hospitales hasta universidades, etcétera, más riesgo existe de que termine cayendo en la trampa burguesa. Un dato extremadamente inquietante por cuanto irreversible, es que esa izquierda asuma pequeñas pero simbólicas tareas represivas cedidas transitoriamente por el poder que antes torturaba, encarcelaba y mataba a esa izquierda. Recordemos al PC italiano reprimiendo a la izquierda revolucionaria en los ’70 y 80. Otro dato es el surgimiento de pequeñas corruptelas económicas, políticas y éticas que irán creciendo como un pestilente cáncer, sobre todo en la medida en que nadie controle a los arribistas y chupópteros que se acercan a la izquierda victoriosa para enriquecerse y lavar su conciencia. Recordemos el miedo de los griegos a poder corruptor del “oro persa”, que pudría incluso a algunos famosos espartanos. La síntesis entre burocracia, reformismo y corrupción desintegra a las organizaciones, sobre todo cuando han renunciado públicamente a decisivas señas de identidad. Recordemos al PC español aceptando la monarquía instaurada por Franco. Contra esta fuerte tendencia objetiva tan confirmada por la historia, sólo se le puede oponer una eficaz y muy preparada organización militante.

5.- Tendencia a la burocratización de la izquierda:

Sobre la quinta razón, hay que decir que si bien está estrechamente relacionada con la razón anterior, la cuarta, también tiene operatividad propia. Una lucha revolucionaria puede burocratizarse aunque no gire al reformismo y no sea desintegrada en el sistema institucional dominante, pero sí es necesaria la burocracia para que triunfe el reformismo porque siempre, en mayor o menos grado, surge el debate interno sobre el reformismo entre las corriente a favor o en contra. La burocracia es imprescindible trampear o reprimir el debate a favor de las tesis reformistas. El marxismo fue consciente de la tendencia objetiva al burocratismo desde su mismo origen, y el transcurso de las luchas no hizo sino aumentar esa preocupación sobre todo desde que la socialdemocracia se convirtió en un enorme partido de masas. Sin embargo, Lenin tardó más tiempo que Rosa Luxemburgo, que Trotsky y que otro en percatarse del riego objetivo de burocratización. Pero una cosa es la tendencia objetiva, que no tiene por qué realizarse dependiendo de las medidas que se tomen y del tipo de organización que se desarrolle; y otra cosa es el determinismo absoluto consistente en la “ley de hierro” de la burocracia sostenido por Mitchell siguiendo las tesis de Mosca y Pareto, y por otro lado, las afirmaciones anarquistas que ven la paja en ojo ajeno pero no la viga en el propio.

La burocracia tiene raíces objetivas en toda sociedad en la que la división del trabajo intelectual y el físico está deliberadamente potenciada por la clase dominante. En toda sociedad en la que la obediencia, la sumisión y la credulidad en el poder son parte de la síntesis social, de la matriz social. La tendencia a la burocracia se refuerza cuando la vida política adquiere velocidad y complejidad, cuando no hay tiempo para consultar a las bases, etc.; en estos casos el sustitucionismo y el delegacionismo abren la puerta a la burocratización. En contra del tópico y de la creencia sin base histórica, son las grandes formaciones parlamentaristas y los pequeños grupúsculos dirigidos por un líder carismático, los que primero se burocratizan, mientras que las organizaciones militantes resisten bastante más. La causa radica en que están formadas por luchadores conscientes de sus derechos, de la necesidad del debate riguroso, del enorme riesgo para el futuro de las decisiones tomadas precipitadamente sin la mínima o con una insuficiente discusión, y de la diferencia insalvable entre credulidad y credibilidad. Crédulo es el idealista que tiene fe en lo indemostrable, en la promesa del dirigente que nunca puede ser criticado; la credibilidad consiste en dar un tiempo justo de confianza a las decisiones de la dirección asentadas en la experiencia, honradez y coherencia contrastadas a lo largo de los años y contrastables en todo momento mediante el debate democrático.

6.- Tendencia al corporativismo economicista del sindicalismo:

Sobre la sexta razón, hay que decir que surge de la propia esencia de la explotación capitalista y de los límites de la conciencia sindical que gira casi exclusivamente alrededor de las mejoras salariales y laborales, casi nunca sociopolíticas y menos aún revolucionarias. CC.OO. y UGT en el Estado español son un ejemplo incuestionable. Otros sindicatos no han caído tan bajo pero son realmente muy pocos los sindicatos luchadores precisamente durante la actual ofensiva salvaje del capital contra el trabajo, y menos lo que fusionan su acción laboral con otra sociopolítica orientada a la superación histórica de la dictadura del salario, como debe ser. Fue Rosa Luxemburgo la que en 1906 hizo una de las más razonadas y radicales denuncias de la burocratización economicista del sindicalismo habido hasta ese momento. La conciencia economicista de la clase obrera surge de la invisibilidad de la explotación que sufre tanto por el fetichismo como por la creencia de que tiene los mismos derechos que el empresario, lo que le lleva a creer que con el simple aumento salarial y con mejoras laborales se pondrá a la altura del empresario, viviendo como él y teniendo el mismo o más poder. Pero como la explotación asalariada destroza la salud y reduce el tiempo libre hasta casi la nada, el obrero, minado ya por la división entre el trabajo intelectual y el físico, asume como normal que el sindicato sea dirigido por los especialistas, por los que saben de leyes y tienen sus despachos justo al lado de los del patrón, con el que almuerzan frecuentemente.

El sindicalismo sociopolítico necesita de militantes obreros teóricamente formados, que sepan que son esclavos asalariados de por vida, hasta que se mueran o hasta que acaben con la dictadura del salario. Pensar esto y conocer su lógica exige de una formación teórica y política que solamente puede obtenerse mediante una organización revolucionaria. Más aún, el militante obrero ha de tener una especial cualidad ética que le ayude a mantener su lucha. La esclavitud asalariada vuelve extremadamente dependientes y vulnerables a las personas al carecer de otro recurso vital que el salario. La burguesía conoce esa debilidad estructural y chantajea, soborna o atemoriza a los sindicalistas y obreros cuando les falta una ética revolucionaria. Pero si ya es difícil aprender la teoría y mantener una lucha sindical, todavía lo es más superar la ética burguesa sustituyéndola por la ética marxista. Sin una organización que facilite esa emancipación personal y colectiva es casi imposible lograrlo.

7.- Tendencia a estancamiento y retroceso de los movimientos populares y sociales:

Sobre la séptima razón, hay que decir que es todavía más aplastante que la anterior. A diferencia del sindicalismo, que está más o menos presente en la explotación asalariada porque ésta abarca toda la vida laboral, los movimientos sociales y populares son voluntarios, sufriendo altibajos y con una clara dinámica de sustitucionismo de las bases por la dirección sobre todo en los períodos de reflujo de las movilizaciones. Un ejemplo lo tenemos en el bluf de las o¬nGs, de los movimientos antiglobalización, de los Foros Sociales, y del bajón espectacular hasta casi su desaparición de los “nuevos movimientos sociales”, “contestatarios” y de “contra cultura” de los ’60 y todos los ’70. La experiencia de los “verdes” es concluyente: absorbidos por el imperialismo alemán. Una de las causas es la propia fugacidad del “movimiento estudiantil” y “juvenil”, base frecuente de lo anterior, que estalla en determinados momentos pero que se agota por simple ley biológica y por las innovaciones represivas del Estado burgués.

La permanentización de núcleos revolucionarios en el interior de los movimientos es una de las tareas decisivas de la teoría de la organización tal cual la expuso Lenin a comienzos del siglo XX, que no hacía sino trasladar a las condiciones represivas zaristas lo que ya era una reflexión común en las izquierdas de otros países, aunque no tan sistematizada teóricamente. Lo básico de esta aportación sigue siendo más actual ahora que entonces por la multiplicación de los mecanismos burgueses de represión, desactivación y desintegración de los movimientos. La dialéctica entre espontaneidad y organización aparece aquí con todos sus matices enriquecedores, y con la advertencia clara de los dos riesgos mortales: la burocratización y el reformismo que crecen en los movimientos si no existen en su interior núcleos militantes y aún así el problema sigue existiendo.

8.- Efectos alienadores y disgregadores del capitalismo:

Sobre la octava razón, hay que decir que abarca a la totalidad de los puntos anteriores y nos lleva a un debate crucial del que hemos adelantado puntos concretos. Se trata del poder del capital para crear una sociedad sectorializada, dividida y pulverizada en micropartículas egoístas e individualistas totalmente aisladas entre ellas y sólo conectadas mediante los medios que el propio capital impone y determina, los suyos, que refuerzan esa multidivisión grupuscular. La realidad, que es una totalidad de contradicciones en lucha, aparenta desaparecer en un informe caos de egoísmos ferozmente individuales. La sociobiología, el genetismo y el darwinismo social refuerzan “científicamente” esta creencia. A lo sumo que se llega, es a aceptar que cada partícula, cada “ciudadano”, tiene exclusivamente “derechos individuales” que debe negociar y transaccionar individualmente con el “ciudadano patrón”, con el “ciudadano juez”, etc., siempre aceptando la máxima hobbesiana de que el hombre es un lobo para el hombre. Es cierto que los movimientos sociales, el sindicalismo y otros grupos mínimamente organizados luchan contra esta realidad pero insuficientemente por razones obvias.

De nuevo, la organización militante aparece como una necesidad imperiosa para mostrar que la realidad es más cruda y peor que la versión hobbesiana. El hombre no es un lobo para el hombre, sino un mercader, que es infinitamente peor: “homo hominis mercator”. El naturalismo inherente a la máxima “homo hominis lupus” no puede mostrar la brutal explotación del capitalismo. Aprender que el ser humano reduce a mercancía a otro ser humano, comprándolo, vendiéndolo y explotándolo, exige de la praxis revolucionaria, de la dialéctica entre la acción y el pensamiento en el interior de los conflictos y siempre en un marco organizativo. Solamente en el fragor cotidiano de la lucha contra la opresión puede el ser humano conocer la verdadera naturaleza del capitalismo. La intelectualidad académica gira tan rápidamente al reformismo o a la derecha, porque, entre otras cosas, siente horror a la militancia organizada. Otro tanto hay que decir de sectores estudiantiles que, siendo progresistas, creen que basta con estar al tanto de las últimas modas intelectuales. La organización leninista debe y puede aportar una praxis crítica totalizante de la inhumana mercantilización burguesa, aunque los meritorios esfuerzos individuales pueden llegar a disponer de una percepción bastante amplia del problema, si bien unilateral y tendente al individualismo sectario al no ser contrastada por la praxis crítica colectiva que sólo la garantiza una organización revolucionaria.

9.- Efectividad de la represión:

Sobre la novena razón, hay que decir que se parte de una teoría amplia de las violencias y de las represiones, no reduciéndolas a la acción judicial y policial, sino considerando la totalidad de mecanismos de intimidación, miedo y represión. La seguridad es una preocupación constante desde que existe la lucha contra la opresión. La insurrección de los esclavos cartagineses en varias ciudades itálicas en el -199 fue abortada y masacrada por la delación de dos esclavos. El campesinado chino se defendía mediante sectas secretas algunas de las cuales eran sólo de mujeres, de “monjas”. A mediados del siglo XVI las élites mayas supervivientes al terrorismo español se organizaron clandestinamente para transcribir en papel la cultura de su pueblo, el Popol Vuh, que estaba al borde de la extinción. La seguridad organizativa lo mantuvo a salvo hasta 1701. Blanqui tardó varios años en encontrar un efectivo sistema de seguridad para su organización. Marx y Engels siempre mantuvieron una “vida oculta” que garantizaba relaciones seguras con organizaciones perseguidas y con personas influyentes que habían militado en la revolución, y que les suministraban desde informaciones muy valiosas hasta pasaportes, documentos, dinero, etc., para ayudar a quien sufriese represión.

Pero la seguridad por la seguridad, sin un contenido político, no garantiza el desvío reformista. Durante la clandestinidad, la socialdemocracia alemana tenía la célebre y efectiva “Máscara de Acero”, que aseguraba el envío de propaganda, la celebración de los Congresos, etc., pero que no pudo evitar ni la burocratización ni el reformismo. Por el contrario, la dirección bolchevique sabía que su representante en la Duma zarista era un agente de la policía, aun así lo mantuvo vigilado porque, según Lenin, el efecto político de sus discursos era más beneficioso que las pocas delaciones que podía hacer. Obviamente, la seguridad es imprescindible en una dictadura y también bajo una democracia burguesa restringida y vigilada, pero su necesidad no desaparece en lo básico ni incluso en una democracia burguesa muy tolerante. En este caso debe adquirir tres formas básicas: una, seguridad financiera y de recursos porque una organización hipotecada con deudas es una organización atada políticamente; dos, seguridad en sus cargos de responsabilidad, fácil de comprender; y tres, seguridad en la rectitud ética y política de sus militantes, que sustenta a las dos anteriores. Se mire por donde se mire, la mejor forma de garantizar la seguridad es la organización revolucionaria, y no siempre ni automáticamente.

10.- Síntesis y confirmación histórica:

Y la décima razón, síntesis de todas las anteriores, vamos a exponerla presentando cuatro experiencias históricas. La primera trata sobre la necesidad del centralismo democrático, del que tal vez tengamos uno de los primeros ejemplos históricos en el relato que hace Jenofonte tras la asamblea de los 10.000 en la que analizan las consecuencias de haber perdido a los generales. Jenofonte explica que los nuevos mandos elegidos democráticamente han de ser más rectos y honrados que los anteriores, y que las tropas han de aplicar las decisiones tomadas después de haberlas debatido y decidido colectivamente con toda diligencia y eficacia, sabiendo que cuando surjan nuevos problemas deberán reunirse de nuevo para debatirlos, decidir y practicar lo decidido. Libertad plena de debate colectivo, garantizada por las medidas de seguridad adecuadas —los griegos no debatieron lo anterior bajo las flechas enemigas, sino en un lugar seguro y a prueba de oídos peligrosos—, y aplicación conscientemente asumida de las decisiones tomadas en el debate. Sin duda, este método, junto a otros, fue el que garantizó su victoriosa vuelta a la Hélade. No se ha inventado un método mejor, y, como veremos, las nuevas tecnologías de la información pueden mejorarlo pero nunca sustituirlo.

La segunda es la necesidad de una permanente lucha teórica, filosófica, política, etc., no sólo contra la ideología burguesa sino también contra sus servicios secretos dedicados a la lucha propagandística e ideológica. Los servicios secretos británicos, por poner un solo ejemplo, tenían una larga lista de “famosos escritores” en su nómina: Daniel Defoe era uno de ellos, además de periodistas y criminales del hampa que escribían textos falsos atribuidos luego a los irlandeses armados o a otras organizaciones. Los “fondos de reptiles” existieron en Roma y ahora mismo, en la CIA y en todo Estado burgués. Cuando tienen el apoyo del reformismo, el resultado de su trabajo puede ser demoledor. Un ejemplo de manipulación burguesa disfrazada de “progresismo” es el de los “batallones rojos” mexicanos formados por obreros que pelearon contra las masas campesinas revolucionarias entre 1910 y 1917. Fueron convencidos con argumentos falaces y eurocéntricos, no exentos de rechazo al “atraso campesino” y a los “salvajes indios”. Vencida la revolución, la burguesía desarmó los “batallones rojos”, incumplió las promesas que había hecho, redujo las libertades que todavía existían y aumentó la represión. Podemos imaginar con cierta plausibilidad que si hubiera existido una organización marxista sólidamente formada e implantada, no se hubiera cometido semejante error, o al menos hubiera sido mucho menor.

La tercera es la del mito de la omnipotencia de Internet, de las “redes sociales”, de las movilizaciones convocadas mediante teléfonos móviles, twitter, etc. Al igual que con otros avances tecnocientíficos, los árboles no deben ocultarnos el bosque, que es lo decisivo. El debate ya aparece en Marx cuando analiza los contradictorios efectos del telégrafo, que luego, junto al ferrocarril y el teléfono, fueron decisivos en las revoluciones mexicana y bolchevique. Internet ha facilitado la recuperación de las izquierdas mundiales desde finales del siglo XX, y el uso en red de la telefonía móvil es un arma que ha cosechado algunas victorias. Todo esto es cierto, pero existen tres preguntas que debemos responder: ¿cómo maximizar sus potencialidades?, ¿de quién son esos medios?, y ¿qué haremos cuando el capital nos los cierre? Cuando surgió la imprenta, el Vaticano y el resto de poderes se lanzaron a controlar su uso, estableciéndose una batalla que todavía se libra. La prensa diaria la inventó el cardenal Richelieu, y Napoleón cerró la mayoría de los periódicos para aumentar su poder. Sabemos que los Estados pueden cerrar Internet, bloquear la telefonía móvil, etc., cuando quieran, sumergiéndonos en el “silencio informativo”. ¿Qué hacer entonces? La respuesta pasa por el debate sobre la organización militante: es la práctica personal, el contacto cara a cara, la conversación y el debate en la práctica lo que maximiza el potencial de los nuevos medios, y el que confirma las relaciones establecidas electrónicamente. Sin la práctica en la calle, Internet degenera en el “ciberizquierdismo” sin realidad material. Es la lucha organizada la única que puede crear redes capaces de aguantar durante más tiempo las censuras y cierres, y la única capaz de pensar lo que hay que hacer bajo el “silencio informativo”, activando otros medios ya pensados con anterioridad.

Y la cuarta y definitiva es la confirmación histórica del argumento central: tarde o temprano se agudizarán las contradicciones sociales, volverán las luchas y la burguesía endurecerá su política. No es determinismo catastrofista, sino conocimiento de la evolución burguesa entre expansiones y crisis. Conforme se gesta, expande e intensifica la crisis, la necesidad de la organización revolucionaria se vuelve impostergable, pero la solución de este problema que puede llegar a ser decisivo, dependerá de cómo se haya actuado en los tediosos períodos de calma y “normalidad”, cuando algunos generalizan la idea errónea de que ha desaparecido la explotación o de que se ha suavizado tanto que ya no son necesarias “caducas teorías”. Si ningún colectivo ha mantenido vivo el embrión organizativo la burguesía apenas encontrará resistencias organizadas y menos aún programas revolucionarios que faciliten el salto del malestar social a la conciencia política dentro de un programa de transformación socialista. La derecha campará a sus anchas, sabedora de que tiene muchos recursos para impedir que la indignación de una minoría se transforme en rebelión de la mayoría. La derecha sabe por experiencia propia que uno de los peores peligros para su sistema es el crecimiento de organizaciones revolucionarias, las únicas que pueden actuar como mediaciones entre la indignación y la rebelión.


¿PARA QUÉ Y CÓMO DEBEMOS ORGANIZARNOS? (Parte II)

0. PRESENTACION

1. SOBRE EL MÉTODO DIALÉCTICO

2. SOBRE EL PARA QUÉ ORGANIZARNOS

3. LA CREENCIA REFORMISTA A LA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

4. TRANSFORMAR LA LUCHA ESPONTÁNEA EN LUCHA ESTRATÉGICA

5. IMPEDIR QUE LA BURGUESÍA DERROTE LA LUCHA ESTRATÉGICA

6. ACELERAR LA DERROTA DE LA BURGUESÍA

7. GARANTIZAR AL TRÁNSITO AL SOCIALISMO

8. SOBRE EL CÓMO DEBEMOS ORGANIZARNOS

9. LA LUCHA ORGANIZADA EN LA VIDA COTIDIANA Y PERSONAL

10. LA LUCHA ORGANIZADA EN LA VIDA PÚBLICA Y SOCIAL

11. DIEZ CONSEJOS SOBRE CÓMO, PARA QUÉ Y POR QUÉ ORGANIZARNOS

0.- PRESENTACION:

Varias compañeras y compañeros me han dicho que en el texto anterior —“¿Por qué y cómo debemos organizarnos?”—, el por qué está muy desarrollado mientras que apenas se dice algo sobre el cómo debemos hacerlo. La causa de esta desproporción no es otra que el orden seguido: primero debemos ponernos de acuerdo en el por qué hay que organizarse, después en el para qué, y al final de todo, en el cómo nos organizarnos. Bien es verdad que desde el inicio del problema aletea el cómo ya que el medio y el fin interactúan en cuanto partes de una totalidad, y por esto mismo se hacían algunas necesarias referencias a la larga práctica histórica de lo que ahora denominamos “centralismo democrático”, a la necesidad de la vigilancia y lucha permanentes contra las tendencias objetivas al reformismo y a la burocratización, a la necesidad de la formación teórica y ética como elementos claves en toda práctica organizada, etc.

Una organización revolucionaria que no considere estas y otras necesidades como partes básicas de su teoría y método organizativo, elementos prácticos de su estructura interna y que por ello deben ser regulados estatutariamente, una organización que deje estas cuestiones en el limbo de las opciones voluntarias, ha cavado la fosa de su desintegración en el orden capitalista. Cuando hablamos de “larga práctica histórica” queremos decir que la experiencia acumulada es apreciable, que no podemos decir algo auténticamente nuevo sino sólo indicar cambios importantes pero no innovadores. La verdadera novedad teórica y práctica sobre la teoría de la organización, la innovación cualitativa, terminó de darse en la riquísima experiencia sintetizada en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, que asumía las lecciones organizativas experimentadas ya en la Comuna de 1871. El capitalismo ha evolucionado desde entonces, pero no ha vivido transformaciones substanciales y determinantes que nos obliguen a un correspondiente cambio teórico-político. Que nadie espere, por tanto, encontrar aquí una poción o ungüento mágico que solucione todas las dudas y problemas: la única solución es la praxis.

1.- SOBRE EL MÉTODO DIALÉCTICO

Los árboles no deben ocultarnos el bosque. La parte no debe negar el todo, sino confirmarlo. El problema de la organización es esencialmente dialéctico porque exige e implica la simultánea resolución práctica de otros dos problemas: el por qué y el para qué de esa organización. La pregunta sobre cómo ha de ser la organización es inseparable de las respuestas sobre el por qué y el para qué hay que crear esa organización.

Aunque miles de personas e incluso decenas de miles se sumen a oleadas ascendentes de luchas reivindicativas llegando a poner en ciertos apuros a la burguesía, siendo así, todavía permanecen inactivas muchos otros millones de explotadas y explotados. Peor aún, en esos mismos momentos bastantes de esos millones de objetos pasivos sólo se limitan a votar a la derecha o al reformismo de centro derecha, cuando no a defender ideas racistas e imperialistas. El problema de la organización no debe responder, por tanto, sólo a la pregunta sobre cómo organizar a los ya movilizados, sino también a otras dos interrogantes anteriores, una, ¿cómo acelerar la concienciación de esos millones de personas todavía pasivas?, y sobre todo a la pregunta decisiva: ¿por qué no toman conciencia, o peor, por qué muchas de ellas son reaccionarias?, ¿por qué sí militan de alguna forma en las múltiples organizaciones, asociaciones y colectivos que tiene la derecha enfrentándose a las democráticas, progresistas y sobre todo a las revolucionarias?

A pesar de las decenas y decenas de millares de asistentes a las manifestaciones pacíficas, y a pesar de otras duras luchas de masas más radicalizadas —Grecia, etc.,— conservan toda su vigencia dos reflexiones planteadas hace tiempo: no se trata tanto de explicar por qué hace huelga la clase obrera aplastada sino de saber por qué la masa de desempleados, endeudados y machacados no salta a la huelga general, no se moviliza en su vida cotidiana, no ocupa bancos, no recupera fábricas, edificios y campos, no socializa y reparte los bienes de primera necesidad guardados en almacenes de la burguesía, etc.; y por qué la gran mayoría de la población se detiene dubitativa y retrocede cuando en su avance en la lucha choca tarde o temprano con el mito ideológico del supuesto “derecho individual” a la propiedad privada de las fuerzas productivas, y con la realidad cruda y amenazante del Estado como centralizador estratégico de las represiones y violencias burguesas, de su terrorismo.

Estas cuestiones son inherentes a la teoría marxista de la organización por el simple hecho de que la realidad social es una totalidad en la que el por qué, el para qué y el cómo forman una unidad dialéctica en la que sus partes se determinan mutuamente, son interdependientes. Despreciar esta dialéctica, olvidarla o simplemente negarla es la causa de dos errores garrafales. El primero consiste en empezar la casa por el tejado, es decir, primero hacer la organización que luego la llenaremos de teoría: cuando tengamos el edificio organizativo iremos al mercado de las modas intelectuales al uso, escogeremos las más recientes y radicaloides, y pintaremos las paredes. No se trata de una broma, desgraciadamente es una práctica frecuente desde finales del siglo XIX cuyos desastrosos efectos aparecen con el tiempo. En un principio suele ser efectiva, logrando grandes y hasta impresionantes triunfos, pero conforme transcurre el tiempo y por la inercia de la “normalización” consustancial a la capacidad burguesa de absorción de las tensiones, la gente tiende a olvidar la importancia clave de los objetivos y fines últimos por los que se lucha, volcándose exclusivamente en lo inmediato, en las victorias tácticas, acelerándose las dinámicas burocráticas y reformistas.

El segundo error, justo el opuesto al primero, consiste en sobrevalorar al extremo la teoría abstracta, sin realismo organizativo, crítico y táctico alguno, sin poner los pies en el suelo, y entonces la capacidad organizativa queda reducida a su mínima expresión con lo que se tiende a acelerar la perniciosa espiral de compensar con voluntarismo subjetivista y ultraizquierdista la impotencia práctica. Fagocitado por este agujero negro, el burocratismo no tarda en expresarse en forma de dogmatismo intransigente precipitando la grupusculización del colectivo, su degeneración en un grupito aislado más parecido a una secta que a una organización.

Pero la necesidad del método dialéctico para comprender la teoría de la organización proviene también del antagonismo irreconciliable entre las formas organizativas del capital y las de la humanidad trabajadora. Muy en síntesis, hasta ahora la burguesía ha tenido cuatro formas organizativas todas ellas guiadas a la maximización del beneficio y de la explotación asalariada en cualquiera de sus formas. Son estas, expuestas cronológicamente:

- el sistema de la era de las revoluciones burguesas de logias secretas, clubes revolucionarios y jacobinismo político-parlamentario, abandonado una vez tomado el poder o antes incluso, nada más percibir la creciente amenaza obrera y popular.

- El sistema burocrático, verticalista y dirigista, con mayor o menor apoyo de masas y basado en la visión mecanicista triunfante desde el siglo XVII en adelante, y taylorista triunfante desde comienzos del XX; sistema en el que las bases son pasivas y obedientes ante un líder y a una casta política profesionalizada.

- El sistema de organización abierta, viva y consensual, que se basa en el paradigma de las ciencias biológicas del siglo XX y en el modelo toyotista y de producción flexible y a tiempo real de la economía post taylorista; es un sistema organizativo reservado a la élite imperialista política y económica, que se reúne en clubes semisecretos o secretos, en los centros de trabajo de alta productividad, selectas universidades privadas, etc., y en donde las bases reciben recompensas por su voluntarioso colaboracionismo.

- Por último y el más reciente, el sistema organizativo en red, que se apoya en el paradigma de Internet y las NTC, y que es el idóneo para el reformismo blando o duro, y para mejorar las deficiencias de los otros dos sistemas anteriores, el burocrático-mecanicista y el abierto-biologicista, sobre todo en la explotación social y en la integración del malestar social mediante oportunas ofertas de reformismo duro o blando.

Lo que une e identifica a estas cuatro fases históricas de la organización burguesa es la defensa de la propiedad privada y su dependencia hacia el Estado. Aunque ahora mismo existe un aburrido y plomizo bombardeo sobre las excelencias de la organización en red, presentándola como la solución definitiva para los problemas de la lucha revolucionaria, lo cierto es que sin negar su incuestionable valía para la militancia cotidiana, también hay que utilizarla con precaución crítica —véase “Capitalismo en crisis e Internet rojo” del 12-X-2008, a libre disposición en la red—. La praxis revolucionaria requiere de manera inexcusable el contraste personal colectivo, la valoración crítica y autocrítica basada en la experiencia común, en vez de la soledad fascinada y absorta de los soliloquios de la ciberizquierda.

2.- SOBRE EL PARA QUÉ ORGANIZARNOS

La organización es necesaria, primero, para facilitar el salto de la creencia reformista a la conciencia revolucionaria; segundo, facilitar el salto de la lucha espontánea a la organizada con perspectiva histórica; tercero, para impedir que esta conciencia revolucionaria sea derrotada por la burguesía; cuarto, para derrotar políticamente a la burguesía; y quinto y último, para garantizar el tránsito al socialismo. En cada una de esas fases la organización de las y los revolucionarios ha de adquirir nuevas formas y asumir nuevas tareas, ha de ampliarse si la lucha avanza, diversificándose y abarcando cualquiera nuevas movilizaciones, o ha de encogerse si arrecia la represión esperando que amaine el temporal, pero siempre manteniendo su esencia intocable, esencia que se sintetiza en el doble objetivo de construir el Estado obrero y de acabar con la propiedad privada.

Con alguna burda rudeza podemos decir que la organización es como un acordeón capaz de toda flexibilidad para emitir los sonidos necesarios, o también ha de ser como un pulpo con cuantos tentáculos sean necesarios para abarcar toda la realidad compleja, desde la más minúscula hasta la totalidad de ella. No hace demasiados años se decía, y con razón, que el sistema organizativo revolucionario debía ser como el sistema mongol simbolizado en los dedos de la mano: cada uno de ellos se movía por su cuenta, tocaba una tecla del piano o estaba en un movimiento popular, social, sindical, cultural, feminista, democrático, etc., pero actuaba siempre con la coherencia de la mano y, sobre todo, actuaba con la fuerza del puño cuando era necesario hacerlo. Estos y otros símiles posibles muestran la dialéctica entre el por qué, el para qué y el cómo hemos de organizarnos, la imposibilidad de separar estas partes aislándolas del resto, de la totalidad del problema.

Mientras que, como hemos visto, las formas organizativas burguesas giran con más o menos descaro alrededor de la propiedad y del Estado, de la plusvalía en suma, la organización revolucionaria busca lo opuesto, acabar con la mercantilización de la vida. No es casualidad el que uno de los lemas centrales de las movilizaciones masivas que podemos designar como “15-M”, sea la de que “no somos mercancías en manos de políticos y empresarios”. Tampoco es casualidad que una de las primeras luchas actuales contra la crisis capitalista y sus efectos, la lucha del pueblo griego, se realizase desde su inicio bajo una pancarta enorme colocada en el Partenón que decía: “¡Pueblos de Europa, uníos¡”. Ambas reivindicaciones son históricas y fundacionales en el movimiento revolucionario desde el siglo XX, y ninguna experiencia organizativa habida desde entonces ha podido existir sin darles una respuesta radical ya que las dos nos remiten en directo a la propiedad: la de la burguesía sobre las clases y sobre los pueblos, sobre las mujeres, sobre la naturaleza y sobre la vida.

3.- DE LA CREENCIA REFORMISTA A LA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

Definimos la creencia reformista como aquella que cree sin base histórica alguna que puede superarse la explotación sólo utilizando las leyes impuestas por el explotador, revirtiéndolas contra él al lograr la aplastante “mayoría democrática”, de modo que éste acepte voluntaria y pacíficamente perder sus privilegios, propiedades, Estado y fuerzas armadas, para devolvérselos al pueblo trabajador. La fe reformista se basa en tres tesis definitivamente formuladas a finales del siglo XIX, pero ya presentes con anterioridad:

- Una es la tesis que sostiene que no existe explotación asalariada, que es falsa la teoría marxista de la plusvalía.

- Otra es la tesis de que el Estado burgués no es un arma sofisticada de terror sino en un instrumento neutral que, como un calcetín, puede ser vuelto del revés para servir a “toda la sociedad”.

- Y la tercera es la tesis que niega validez al principio dialéctico de la unidad y lucha de contrarios irreconciliables, que niega la dialéctica en su conjunto y retrocede al neokantismo y a la dialógica.

La creencia reformista es una de las formas más ilusas e inocentes con las que se presenta la credulidad de las y los explotados hacia las promesas del opresor, hacia su demagogia. Un pueblo tan feroz con sus esclavos como el espartano, conocía de sobra el límite insalvable de la credulidad reformista, y aconsejaba de este modo a quienes tenían tratos con los atenienses, esperando obtener de ellos algún beneficio: “Desconfía de Atenas, sobre todo cuando te hace regalos”. La creencia reformista espera conseguir sus reivindicaciones irrenunciables, negociando con el poder que se las niega, y cuando éste concede algunos pequeños derechos, hace un “regalo ateniense”, el reformista cree que el poder ha empezado a democratizarse definitivamente. La historia muestra que la burguesía sólo hace “regalos atenienses” para buscar un tiempo de recuperación de sus fuerzas, para engañar y confundir al pueblo, para dividirlo, a la espera de lanzarse a la contraofensiva general para recuperar el regalo que ha hecho.

La organización revolucionaria desmitifica la ilusión reformista mostrando en la práctica que la burguesía nunca está dispuesta a perder su propiedad y su Estado. Puede ceder en muchas cosas, incluso adelantarse a algunas movilizaciones populares con regalos para desactivar una dinámica ascendente que puede llegar a serle peligrosa. Para pasar de la creencia crédula a la conciencia crítica, la organización presenta alternativas tácticas, reivindicaciones mínimas y pasos sucesivos que enlazan la reforma con la revolución en una continuidad ascendente. Lo hace siempre dentro de las masas, nunca fuera, respetando e impulsando la democracia asamblearia, el debate colectivo, pero insistiendo pedagógicamente en que la raíz del problema no es otra que la propiedad privada de las fuerzas productivas.

4.- TRANSFORMAR LA LUCHA ESPONTÁNEA EN LUCHA ESTRATÉGICA

Por lucha estratégica entendemos la que se sigue un plan a largo plazo, una estrategia, destinado a conseguir los objetivos irrenunciables, los derechos socialistas incompatibles con el derecho individual burgués: el derecho/necesidad a no ser mercancía, a no ser explotado ni oprimido ni dominado, a no sufrir el terrorismo patriarcal, a reintegrarse en la naturaleza. Hablamos de derecho/necesidad socialista en plural para remarcar su irreconciliabilidad absoluta con el derecho individual burgués a su sistema socioeconómico y a su Estado. La lucha estratégica tiene, por tanto, un fundamental objetivo político de construcción de un poder socialista. La lucha estratégica es consciente de que la política y el poder son la quintaesencia de la economía capitalista, son economía concentrada, y de que el Estado burgués es la forma política de la explotación asalariada.

El espontaneísmo absoluto nunca ha existido: incluso el primer movimiento obrero que puede recibir ese nombre, el denominado ‘popolo minuto’ de las ricas ciudades del norte de Italia, del que saldría desde la década de 1340 la lucha obrera y popular en Florencia, Siena, etc., hundía sus raíces en el proceso de integración y asunción de las experiencias de lucha dentro de los gremios antifeudales que fueron dividiéndose y enfrentándose cada vez más desde la mitad del siglo XII y todo el siglo XIII. A lo largo de dos siglos el ‘popolo minuto’ fue depurando e integrando las lecciones anteriores en la nueva lucha obrera urbana, pero con tres grandes limitaciones que le costarían sangrientas derrotas: no podía disponer de una teoría de la explotación asalariada; no podía disponer de una teoría del Estado, y tampoco de una teoría de la organización. Pese a su heroísmo, las magníficas conquistas sociales que lograron en un principio —entre otras, acabar con la tortura— les fueron arrebatas por las contraofensivas reaccionarias lanzadas por la alianza de clases propietarias de las fuerzas productivas: la burguesía, la Iglesia y los feudales. Luego, los sucesivos movimientos obreros que fueron surgiendo en Europa también se basaron inicialmente en las tradiciones y formas de lucha gremiales y campesinas antifeudales, hasta elaborar su propia concepción socialista a lo largo del siglo XIX.

Pero si nunca ha existido el espontaneísmo absoluto sí existen luchas sin visión estratégica o con visión meramente táctica, es decir, por reivindicaciones solucionables dentro del sistema aunque tengan un contenido revolucionario. Por ejemplo, la exigencia de la nacionalización o estatización de la banca, y de juicio de los banqueros tiene un contenido revolucionario que puede ser desactivado por una burguesía dispuesta a hacer ese “regalo ateniense” para salvar su propiedad privada, dejando en control de la banca en manos de su Estado, y no en manos del pueblo. Otro tanto sucede con el republicanismo, que puede ser aceptado por una burguesía desesperada dispuesta a sacrificar al rey en beneficio propio. La organización revolucionaria tiene la finalidad de completar y enriquecer con una línea estratégica las reivindicaciones realizadas de forma espontánea, que reflejan el profundo malestar social, que son masivamente aceptadas pero que carecen de un enmarque histórico y teórico.

5.- IMPEDIR QUE LA BURGUESÍA DERROTE LA LUCHA ESTRATÉGICA

Las luchas estratégicas sólo pueden ser paralizadas mediante derrotas estratégicas, es decir, con la destrucción no sólo física de los y las revolucionarias, sino también con la aniquilación de su memoria política, de su cuerpo teórico, en suma, con un retroceso histórico. Mientras que las luchas espontáneas son desactivadas e integradas, o derrotadas política y policialmente con una combinación de zanahoria y palo, de “consenso y coacción”, no sucede lo mismo con las estratégicas. Por ejemplo, ahora mismo el pueblo griego está librando un titánico enfrentamiento con el euroimperialismo y el capital financiero mundial. Lleva varios años luchando, y hace pocos días se conocieron rumores sobre posibles proyectos de golpe militar si no triunfaban los intereses burgueses. Hace pocos meses, altas instancias políticas europeas advirtieron de que se implantarían medidas muy duras si los “planes de ajuste” eran frenados por la resistencia popular. Retrocediendo un poco en el tiempo, es de dominio público que la OTAN disponía de planes golpistas en la Italia de los ’70 y ’80, como los tenía para el Estado español de esa misma época, y para invadir la Portugal revolucionaria de comienzos de los ’70, etc. ¿Alguien es tal crédulo como para creer que la OTAN se a reconvertido al pacifismo democraticista dentro de la UE, aunque siga asesinando niñas y niños en otros continentes?

La organización revolucionaria tiene como una de sus finalidades básicas prepararse para que la inevitable escalada represiva no concluya en derrota estratégica. La represión no actúa de golpe y de una sola vez, por lo general se trata de un proceso ascendente con sus reflujos y acelerones bruscos, hasta llegar a la situación extrema de un golpe militar o fascista. Antes de este extremo, el Estado recurre a las amenazas, criminalizaciones, represiones selectas y escogidas, ofertas de negociación a los sectores menos concienciados y a los reformistas, intentos de división acompañados de aumentos represivos, etc.; y dependiendo de la evolución del conflicto, activa o no métodos más brutales. La organización revolucionaria debe conocer esta experiencia histórica mundial elevada al carácter de teoría marxista de la revolución como proceso que puede ser derrotado, y que es derrotado. Una vez más, la forma organizativa ha de estar adecuándose a los avances o retrocesos en esta dinámica, a sus velocidades y a los planes represivos burgueses. Por ejemplo, el golpe franquista de 1936 apenas cogió por sorpresa a las organizaciones de izquierda y de centro-izquierda, e incluso en Donostia se sabía con bastante seguridad la fecha del golpe porque comunistas vascos se habían infiltrado en la jauría falangista.

Hace aproximadamente medio siglo, un general guatemalteco, formado en los EEUU, cifró en un 30% de la población la cantidad de muertos que eran necesarios para asegurar durante mucho tiempo la “paz social”, es decir, para infligir una derrota estratégica a Guatemala. El 80% de los 30.000 desaparecidos argentinos en los ’70 eran militantes obreros que vertebravan la gran capacidad de lucha de esta clase, y su exterminio es una de las razones que explican además de otras los problemas organizativos, de unidad, de dirección estratégica, etc., que paralizaron las enormes movilizaciones bastante espontáneas durante el corralito de 2001. La organización revolucionaria no debe cometer el error de ofuscación y caer en la paranoia de la inminencia de una brutalidad de este estilo, sino conforme ascienden las luchas y todos los datos indican una creciente furia burguesa, debe realizar los más fríos y rigurosos análisis de la aceleración de las contradicciones para introducir los cambios organizativos necesarios. Aparte de otros méritos del bolchevismo, uno que también ayuda a comprender su victoria fue la sabia medida de volver a la clandestinidad parte de su dirección a pesar de la “normalidad democrática” instaurada por el Gobierno menchevique.

6.- ACELERAR LA DERROTA DE LA BURGUESÍA

En la lucha de los pueblos o se avanza o se retrocede. Los tiempos muertos, estancados, los momentos de impasse, de empate de fuerzas y de doble poder son cortos y casi siempre benefician a la minoría propietaria, poseedora de un Estado armado hasta los dientes, pero también poseedoras de armas simbólicas y culturales, de una ideología reaccionaria que es la ideología dominante, de una ética de la sumisión y de la obediencia que es la ética dominante. La burguesía recurre a la pedagogía del miedo, a la manipulación psicopolítica de la reserva de irracionalidad autoritaria que existe en la estructura psíquica de masas. No duda en reforzar los ataques a los derechos sociolaborales, políticos, etc., con las angustias, temores y miedos provocados por estrategias de contrainsurgencia aplicadas por el Estado. Y cuenta con el apoyo incondicional de la Iglesia, esa transnacional reaccionaria. El capital nunca se detiene y aunque sufra crisis, incluso entonces siguen actuando los mecanismos internos de alienación y fetichismo, de “coerción social” inherentes a la esclavitud asalariada.

La organización revolucionaria ha de estar estructurada de tal modo que su praxis sea siempre ofensiva en lo estratégico aunque, por coyunturas precisas, deba aplicar tácticas aparentemente defensivas. Definimos la ofensiva estratégica como la capacidad de determinar los movimientos de la burguesía, de imponerle los parámetros decisivos de la marcha histórica, en vez de dejar que sea ella la que imponga los suyos al pueblo trabajador. La ofensiva estratégica es compatible con tácticas defensivas, del mismo modo que la lucha por conquistas reformistas es compatible con la lucha por objetivos revolucionarios. Lo que determina el contenido revolucionario de una conquista reformista es el potencial de ésta para atraer más sectores sociales a la lucha, para aumentar el poder popular, para debilitar a la burguesía y a su Estado, para hacer visible en el presente la factibilidad de las victorias y la viabilidad del socialismo.

Al calor de la lucha teórico-política contra el reformismo, Rosa Luxemburgo ya había adelantado la dialéctica entre reforma y revolución; y bajo la represión carcelaria Gramsci intentó teorizar la dialéctica de la ofensiva estratégica y de la defensiva táctica con la distinción entre “guerra de movimientos” y “guerra de posiciones”. Salvando todas las distancias y yendo a lo substancial, lo mismo plantearon Marx y Engels durante toda su vida y directamente entre 1848 y 1851, Lenin en 1917 y Trotski en su programa de transición, por limitarnos al marco occidental de la lucha de clases. La teoría de la organización está unida a la teoría de la derrota del Estado burgués, no puede ser de otro modo, y eso le diferencia cualitativamente del resto de formas organizativas.

7.- GARANTIZAR AL TRÁNSITO AL SOCIALISMO

La revolución es la fiesta de los oprimidos, pero la contrarrevolución burguesa amarga la fiesta del pueblo, y la pone al borde del genocidio. Las revoluciones que inician el tránsito al socialismo se han caracterizado hasta ahora por tres constantes: una, triunfar en países con débiles fuerzas productivas lo que les ha limitado y condicionado el avance posterior; dos, sufrir feroces ataques imperialistas al poco tiempo de su triunfo, lo que les obligó a endurecer su anterior política de lograr la colaboración de sectores de las clases propietarias vencidas pero siempre dentro de la legalidad socialista; tres, volcar la militancia más concienciada y preparada, y hasta sacrificar su vida, en la derrota de la agresión contrarrevolucionaria, a la vez que se agolpaban los arribistas y oportunistas para acceder al nuevo poder; y cuatro, como efecto de lo anterior, tener dificultades enormes para extender la democracia socialista, para mantener las conquistas sociales, para controlar mediante el poder popular organizado en consejos y soviet la tendencia objetiva a la burocratización estatal y de las castas administrativas. Las situaciones prerrevolucionarias han sido vencidas en los países imperialistas mediante un conjunto de métodos que no podemos exponer ahora, entre los que no faltan los violentos y terroristas.

Tanto en uno como en otro bloque de experiencias, la organización revolucionaria ha de estudiar críticamente las razones del fracaso pero a la vez los grandes logros obtenidos, logros que son siempre negados por la burguesía y minimizados por el reformismo. Para garantizar el tránsito al socialismo en el contexto europeo, la organización revolucionaria ha de reflexionar sobre, al menos, tres grandes problemas: uno, la democracia obrera, el poder popular y la constitución socialista; la reglamentación constitucional de la libertad política avanzando en el debate sobre el pluripartidismo socialista, y las relaciones entre el poder popular extraestatal organizado en soviet y consejos, el poder parlamentario y el poder estatal. Dos, las conexiones del punto anterior con la decisiva conquista humana de la autodefensa socialista basada en el pueblo en armas, de la defensa popular armada centralizada por un Estado que se define en proceso de autoextinción. Tres, el debate entre la planificación socialista y el mercado, las formas de propiedad y su ensamblaje constitucional, la progresiva extinción de las categorías mercantiles y de la ley del valor-trabajo, y las relaciones con la pequeña y mediana burguesía en todo este proceso. Y cuatro, la política de relaciones internacionales.

Es obvio que debemos dejar un montón de tareas en el tintero, sobre todo las relacionadas con la hegemonía sociopolítica del pueblo trabajador, la política cultural y educativa, la lucha contra el patriarcado y un largo etcétera que se complejiza en los casos de los pueblos oprimidos nacionalmente que, antes que nada, han de construir su propio Estado independiente en el contexto europeo. Avanzar en la elucidación de estas cuestiones, en la medida de lo posible, es una necesidad que exige de determinadas estructuras organizativas adecuadas, que incentiven la participación de la militancia y del pueblo en esos debates. Es suicida posponer estas reflexiones para un futuro indeterminado porque la experiencia histórica es tan abrumadora que toda dilación beneficia al capital.

8.- SOBRE EL CÓMO DEBEMOS ORGANIZARNOS

A la luz de las contradicciones del capitalismo tal cual se desenvuelven ahora mismo, el cómo ha de ser la organización revolucionaria ha de responder a dos prioridades: una, facilitar el acercamiento de las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias alrededor de reivindicaciones radicales, que vayan a la raíz de la explotación, aunque se expresen de forma diferente en cada lucha según sus condiciones; y otra, llevar esta lucha colectiva y pública a lo más personal e íntimo de la miseria individual de las personas. Ambos objetivos ya estaban teorizados en lo esencial en la década de los ’40 del siglo XIX, pero a comienzos del s. XXI, adquieren una importancia clave porque el capitalismo, al mercantilizarlo todo, remodela la fuerza de trabajo, construyendo un objeto pasivo pero flexible, adaptable a las nuevas exigencias explotadoras. Esta tendencia inserta en la lógica del capital desde su origen, ha dado paso a reflexiones críticas que desde diferentes ángulos nos permiten comprenden la importancia creciente de la fabricación de subjetividades. Así, el “cibernántropo” de hace varias décadas, el “capitalismo cognitivo” y la “biopolítica” en el presente, nos conducen por diversos senderos parciales a una misma necesidad ya apuntada hace más de siglo y medio: revolucionar la vida cotidiana a la que se revoluciona la sociedad entera.

El desprestigio de las formas organizativas legadas por la socialdemocracia y el stalinismo, y por muchas ultraizquierdas intelectualistas de entre los ’60 y ’80 del siglo XX, se basa en buena medida en el desprecio del segundo componente, el de la militancia comunista como praxis de emancipación personal, y su supeditación ciega y mecánica a los dictados del omnipotente “secretario general”. Es cierto que al calor del mayo’68 algunos grupos hicieron mucha insistencia en la “revolución de la vida cotidiana”, en la liberación antipatriarcal, sexual, estética y artística, anti-psiquiátrica, etc., pero la “izquierda tradicional” quedó al margen de esta explosión de creatividad, cuando no combatiéndola con cínico disimulo. Ahora, bajo la presión mercantilizadora del capital en crisis, no sólo la juventud sino las y los parados, la ancianidad, e incluso la clase trabajadora, por no hablar del estudiantado, este enorme movimiento que está despertándose a la vida de lucha, busca referentes y propuestas en una debilitada izquierda que abandonó hace décadas estas cuestiones, si es que alguna vez se preocupó por ellas.

No hacen falta dotes adivinatorias para saber que una gran parte de la juventud que ahora se lanza a las movilizaciones irá descolgándose de la vida política en su sentido “tradicional”, para centrarse en formas de acción más individuales y personales; otra parte incluso se despolitizará del todo, o lo que es peor, volverá a la derecha familiar y cultural de la que han salido por su origen de clase. La organización revolucionaria ha de abrir un nuevo campo de práctica de masas en el que se generalice la dialéctica entre la lucha colectiva y la individual en todas las cuestiones arriba expuestas, desde la visión estratégica descrita. La izquierda revolucionaria actual no puede cometer el error de las izquierdas tradicionales de hace 30 y 40 años. De hecho, si el independentismo socialista vasco está aumentando su implantación en la juventud de Euskal Herria, a pesar de los vaivenes causados por la represión, es porque nunca ha olvidado la importancia decisiva de fusionar la lucha personal con la colectiva, ofreciendo una alternativa de futuro que ya se plasma en algunas formas presentes de organización.

9.- LA LUCHA ORGANIZADA EN LA VIDA COTIDIANA Y PERSONAL

En la medida en que, por un lado, la necesidad de cualificación de la fuerza de trabajo exige la mercantilización en masa de la inteligencia humana desde la primera infancia, y en la medida en que el capitalismo europeo retrocede en la jerarquía imperialista mundial, en esta doble medida, además de otros factores, la denominada “vida privada” se convierte en otro campo más de explotación y de lucha, en el que los sentimientos, afectos y amores aparecen ya como otros tanto escenarios de lucha de clases. Dado que por efecto de las NTC la gente puede relacionarse en red a tiempo real, y puede acceder a una cantidad de información revolucionaria impensable sólo hace dos décadas, las contradicciones generadas por la mercantilización de la vida tienden a acelerarse mucho más. El euroimperialismo está al tanto de esta “novedad” —es fácil citar ejemplos de “novedades” idénticas pero menos agudizada en el pasado capitalista— y toma las medidas represivas globales adecuadas, desde el recorte de la libertades y la instauración de un estado de excepción no oficial, hasta nuevas formas de manipulación y teledirección de la reserva de irracionalidad autoritaria. No es casual, en este sentido, el auge electoral de las derechas en casi toda la UE.

La organización revolucionaria ha facilitar la creación de los movimientos populares, sociales, asociaciones y colectivos necesarios para que las gentes que necesitan expresan su rebeldía instintiva, sus críticas e inquietudes, puedan hacerlo en un marco de libertad constructiva. La típica separación piramidal y dirigista de arriba abajo entre “`partido-sindicato-bases” ya no sirve apenas para intervenir en las enrevesadas relaciones de explotación múltiple que bullen en las conurbaciones industriales en crisis estructural. La versión verticalista de la forma-partido clásica de la II Internacional y de la III Internacional desde su V Congreso en adelante, se fue quedando anticuada desde los ’60 del siglo XX y la crisis actual, con la “novedad” que hemos visto, está certificando su defunción. Es urgente que la izquierda revolucionaria (re)construya anteriores formas de intervención cotidiana aplicadas con mucho éxito por anarquistas, socialistas y marxistas, como redes de locales y centro de encuentro repartidos por las barriadas populares, periódicos, políticas sexuales y culturales, debates públicos, etc., pero en las condiciones actuales y utilizando las NTC.

Ahora bien, como entonces, ahora estas prácticas no garantizan por sí mismas la inmunidad ante el virus burocrático y reformista. Como entonces, la única vacuna es la conciencia, la formación y la democracia socialista aplicada en la vida organizativa. La militancia debe saber aplicar el centralismo democrático en estos campos de acción tan delicados y sutiles, en los que el individualismo, incluso el narcisista, tiene una importante presencia: argumentar en vez de pontificar, proponer en vez de imponer, huir de la pedantería académica, enseñar con el ejemplo, decidir mediante asambleas que debatan soluciones concretas previamente argumentadas y no divagar como patos mareados alrededor de abstrusos debates, proponer plazos de realización de lo decidido y valoraciones de lo realizado, evitar la crítica personal siempre que sea posible y realizar planteamientos colectivos, etc. Pero realizar esta tarea requiere que la organización forme a sus militantes para ella.

10.- LA LUCHA ORGANIZADA EN LA VIDA PÚBLICA Y SOCIAL

De la misma forma en que la mercantilización infecta y pudre lo personal, también destroza las relaciones sociales interpersonales públicas. Demócrito ya lo denunció al ver el impacto del dinero sobre las relaciones entre personas amigas, enfrentándolas. Desde entonces, la contradicción entre la forma visible del dinero y la invisible del valor ha dificultado la efectividad de la lucha revolucionaria, a la vez que aumenta la posibilidad de incidencia si se trabaja bien el potencial explosivo que yace en esa contradicción. En las revueltas esclavas, campesinas y artesanales, esta contradicción se intentaba resolver destruyendo los archivos, los títulos de propiedad y los contratos, lo que sólo tocaba la superficie de la estructura de explotación y dominación. El marxismo puso el dedo en la llaga al demostrar que deben destruirse las relaciones burguesas de propiedad, su Estado, avanzando simultáneamente en la desmercantilización y en la superación histórica de la ley del valor. La financierización del capitalismo agudiza el extremo esta necesidad, planteando que la organización revolucionaria ha de multiplicar los colectivos que en la vida pública denuncian la dictadura del salario, del dinero y de la mercancía, la ciega supeditación de la democracia burguesa a tal dictadura, y la conversión definitiva de la política oficial en mero mamporrero del poder invisible del capital.

El trabajo efectivo sobre la contradicción entre lo palpable del dinero y lo inmaterial del valor logra visibilizar la dictadura material del capital. La izquierda tradicional se limita a defender la democracia y el socialismo en abstracto, pero sin conectar con la real miseria cotidiana de las masas. La militancia revolucionaria ha de volver a los centros sociales de todo tipo, desde los que hacen simple “caridad alimentaria”, hasta los que ayudan a luchar contra el terrorismo patriarcal, o en las asociaciones vecinales, o en los centros culturales, o en los nuevos sindicatos de base, etc., pero buscando siempre su anclaje territorial y su legitimación popular. La destrucción del mal llamado “Estado del bienestar”, que fue sólo “Estado de menor malestar”, va unida a la pulverización de las formas societarias del keynesianismo, y a la multidivisión de los microespacios en los que se malvive aisladamente bajo las nuevas explotaciones. Siendo verdad que las NTC permiten una intercomunicación a tiempo real y en red, facilitando las respuestas casi fulminantes, empero, por un lado, la pobreza teórica limita este potencial a las reivindicaciones tacticistas y espontáneas, no estratégicas; y por otro lado, la debilidad de una malla interna organizada que asegure la flexible continuidad de las luchas fugaces impide que se acumulen las lecciones extraíbles de las victoria y de los errores.

Ahora comprendemos mejor el símil del acordeón, o el del pulpo, o el de la mano, arriba expuestos. La izquierda tradicional redujo al mínimo su militancia estratégica en las realidades que analizamos, centrándose mayormente en el parlamentarismo. Los movimientos populares, sociales, culturales, el trabajo político-sindical de base entre las nuevas fracciones del proletariado precarizado, la incidencia en el “tercer sujeto”, la personas jubiladas o pensionadas y expulsadas de la vida oficial, la presencia en nuevas problemáticas de masas como los derechos de los consumidores, y un largo etcétera, han resistido mal que bien por la iniciativa de grupos reducidos muy desligados de las organizaciones revolucionarias. Peor aún, la derecha y el reformismo buscan incidir en estos colectivos con un mensaje apolítico, interclasista, de “asociacionismo civil”, de “voluntariado social”, para agrandar el abismo que separa la realidad injusta de la ficción democrática. Y cuando las izquierdas abandonan estos espacios en manos de la derecha, es inevitable el aumento del autoritarismo de masas. La experiencia vasca puede servir un poco: a pesar de todos los altibajos y retrocesos en los movimientos, se ha logrado mantener una cierta presencia militante que ha sido la levadura de la tremenda respuesta de masas que va en ascenso desde hace varios años.

11.- DIEZ CONSEJOS SOBRE CÓMO, PARA QUÉ Y POR QUÉ ORGANIZARNOS

Una organización autoritaria y burocratizada proyecta un modelo burocrático y autoritario de sociedad. La limitación de la democracia interna dentro de la organización termina esclerotizándola, convirtiéndola en una máquina sectaria, lo que no implica su desaparición inmediata aunque sí el inicio de su lenta agonía mortal. Pero también se comete el error opuesto: la total ausencia de centralización consciente, de unidad en la acción y de diversidad en el debate, lo que facilita no sólo la disgregación sino elitismo dirigista basado en el personalismo individual. La larga experiencia histórica permite elaborar unos principios mínimos pero imprescindibles para evitar la repetición de errores, bases mínimas que aquí se ofrecen en el limitado encuadre del objetivo de este texto: avanzar en el debate sobre la necesidad de una organización en esta fase de agudización de las luchas, de contexto de crisis y de efervescencia de discusiones que reaparecen periódicamente:

11.1.- A una organización revolucionaria solamente pueden integrarse con plenos derechos y deberes aquellas personas que asuman y defiendan sus objetivos, estrategia y programa. La experiencia ha dado la razón a la tesis bolchevique en contra del menchevique en el debate de 1903 y 1905 sobre si las condiciones de entrada debían ser sólidas y fiables o laxas y ambiguas. Recordemos que hablamos de una organización o partido revolucionario, y no de un partido de masas electoralista que debe llegar a amplios sectores sociales. A primera vista, es más factible una organización menos exigente que otra más exigente con sus miembros, pero la efectividad de cada una de ellas se empezará a demostrar cuando concluyan las fases de “normalidad social” y vuelvan las decisivas fases de crisis, de luchas, de urgencias y de tensiones, en las que se demuestra la valía de una militancia preparada, crítica, versátil y polivalente, virtudes humanas que exigen años de entrenamiento y aprendizaje.

11.2.- Todos y todas las militantes tienen los mismos derechos y deberes, y la responsabilidad de “secretario general” ha de ser meramente administrativa interna, carente de poderes políticos extraordinarios, y menos aun incontrolables. La experiencia marxista en general y bolchevique en concreto anterior a 1923 muestra que, hasta entonces, el cargo de “secretario general” no tenía prevalencia alguna, siendo incluso considerado como de segunda categoría porque lo decisivo era la capacidad de trabajo y argumentación. Los puestos de dirección que requieren de tiempo completo no han de recibir un salario superior a la media interprofesional, siendo aconsejable, en la medida de lo posible, compaginar el horario de militancia con algún trabajo asalariado. Estos responsables no podrán dimitir sino al acabar el plazo para el que fueron designados por la mayoría, pudiendo presentar su renuncia que ha de ser aceptada por la mayoría. La mayoría tiene derecho a destituir a los responsables siguiendo el método democrático establecido.

11.3.- La militancia tiene el derecho y el deber de acudir a las reuniones internas estipuladas; de pagar las cuotas y de conocer a grandes rasgos la situación de la organización; de militar prioritariamente en un movimiento popular, social, sindical, etc., y si tiene capacidad en dos movimientos diferentes; de recibir la formación teórica necesaria y de participar en los cursillos establecidos; de participar en los debates internos con la información de todas las tesis enfrentadas, y de que su opinión sea conocida por el resto del colectivo; de buscar apoyos internos a sus tesis y de tener representatividad proporcional a su influencia en los órganos de dirección, pero acatando los estatutos de la organización y la transparencia ética del funcionamiento; y de saber quién y por qué se le critica, defendiéndose y aceptando la resolución del comité de garantías.

11.4.- La militancia ha de ser formada en la polivalencia, es decir, en la capacidad de intervenir en diversas luchas, aunque lo mejor es que su esfuerzo mayor se vuelque en uno de ellos. La versatilidad ha sido siempre uno de los principios básicos de la militancia revolucionaria por la sencilla razón de que también es muy compleja, multifacética y versátil la explotación capitalista, lo que exige una permanente formación teórica polifacética. Es cierto que muchas luchas exige una formación crítica especializada, la única capaz de rebatir las mentiras burguesas; pero la excesiva especialización abre la vía a la ignorancia en el resto de problemas, lo que resulta garrafal para cualquier militante. De hecho, la burocracia tiene una de sus causas en la especialización de una parte de la militancia que asume el papel dirigente del trabajo intelectual, mientras que el resto queda relegado “a pegar carteles”.

11.5.- Pero la versatilidad por sí misma no lo consigue todo; necesita de la capacidad personal del militante de respetar los desniveles de conciencia, formación y disponibilidad que siempre existen dentro de toda organización y, sobre todo, en los movimientos, sindicatos, colectivos, etc., en especial en los más básicos, los que pretenden llegar a las capas explotadas con menos conciencia de serlo, o con ninguna conciencia. La capacidad de respeto, de no imponer, no manipular ni engañar, y sí de convencer con el ejemplo y de argumentar con la razón de los hechos, esta virtud humana que se ha de aprender porque es contraria a la personalidad burguesa, es decisiva siempre, y ha de ser potenciada por la organización. Uno de los ejemplos más brillantes en este asunto lo tenemos en los movimientos que luchan contra la droga como arma de exterminio sociopolítico, además de cómo negocio.

11.6.- La organización revolucionaria ha de mantener una muy equilibrada política bidireccional con los movimientos: por un lado, aconsejarles gracias a la legitimidad conquistada por su militancia, que no sólo por las siglas de esa organización. La organización son los y las militantes que la componen, ella no existe por sí misma. Son esas personas las que con su constancia paciente y profunda ayudan decisivamente al avance de las luchas, a que los movimientos no cometan tantos errores y a que asciendan del tacticismo a la visión estratégica. Por otro lado, el consejo es a la vez aprendizaje porque las luchas populares son la universidad de la revolución, su laboratorio y campo de pruebas. La militancia inserta en los movimientos enseña y aprende, aprende y enseña, y traslada a la organización esas vitales lecciones, sin las cuales se derretiría intelectualmente como el sebo bajo el sol. Sin la militancia popular, sindical, cultural, antipatriarcal, ecologista, la organización no es nada, y sin ambas cualquier política parlamentarista se carcome desde sus propias entrañas.

11.7.- La militancia ha de ser formada en la conciencia crítica, en el derecho y en el deber de la autocrítica colectiva e individual. Se necesita base teórica para ejercer la crítica, y se necesita una personalidad consciente de sí para ejercer la autocrítica. Y ambas cualidades son decisivas cuando se milita en movimientos en los que hay que aplicar la versatilidad y la unidad del consejo y del aprendizaje. Los movimientos no pueden ser dirigidos como rebaños, obligados desde fuera a tomar caminos que no han debatido en su interior. El dirigismo aplicado por una militancia descendida en paracaídas sobre los movimientos termina por romperlos, enfrentando a los supervivientes entre sí y a estos con la organización. Por tanto, es un deber de la militancia combatir las tentaciones dirigistas que crecen entre el resto de la militancia que no actúan en los movimientos, que se mueve en la política institucional, o en la universidad, o en otros espacios. La tentación dirigista está siempre presente y tiende a crecer cuando los movimientos no cumplen lo que quiere la organización, o lo hacen con lentitud, o con toda justicia reivindican una libertad que debe ser respetada y que choca con el engreído dirigismo organizativo.

11.8.- La valentía de la militancia para enfrentarse al dirigismo de su propia organización ha de extenderse también y sobre todo a las tendencias burocráticas internas, que es la otra cara del mismo problema. Una cúpula dirigente que va acaparando poder decisorio termina por tratar por igual a los movimientos externos y a la militancia interna. La experiencia indica que es la militancia que lucha en los movimientos la que más suele resistirse al dirigismo y al burocratismo, porque le resulta imposible cambiar de personalidad: aconsejando y aprendiendo en los movimientos, pero obedeciendo en la organización. Otro tanto hay que decir de los sindicalistas de base, los que no reciben buenos sueldos del sindicato, los que tienen que sudar en el trabajo, y los que tienen que aguantar las críticas a pie de obra: suelen ser estos los que abandonan el sindicalismo reformista y, si no se desmoraliza, crean sindicatos de base. No es extraño ver a militantes que prefieren dejar sus organizaciones burocratizadas para centrarse exclusivamente en su movimiento, intentando coordinarlo con otros en los que reunir a más militantes para ver de formar una organización nueva.

11.9.- Pero lo peor es la pasividad con la que mucha militancia acepta la degeneración reformista de su organización. El reformismo crece a la sombra de la burocratización, del delegacionismo y del sustitucionismo. Generalmente, su avance pasa desapercibido hasta que no queda formulado explícitamente por escrito, porque siempre encuentran excusas para justificar retrocesos tácticos aislados. El problema surge cuando hay que explicar por qué se cambia la línea estratégica. Una militancia que no ha ejercitado su derecho a la formación teórica y política permanente, que ha ido perdiendo la costumbre del debate riguroso, estará desarmada intelectual y mentalmente para lanzarse a una tensa discusión con sus dirigentes. La organización revolucionaria ha de estructurarse de tal modo que nunca se extinga el derecho y la necesidad del contraste, del debate, de la formación.

11.10.- Por último, la persona militante ha de saber que su praxis es voluntaria, libre, que no sufre coacción alguna para optar por la organización revolucionaria. Este punto es crítico ya que la entera concepción marxista del ser humano descansa sobre esta libertad consciente. Sólo ella garantiza la coherencia personal, ética y política, necesaria para aprender a saborear el placer de la subversión, la gratificación que se obtiene al saber que gracias a esos esfuerzos se debilita de alguna forma la opresión, la injusticia y la dominación, y se aumenta la felicidad y la emancipación humana.

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