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Mundo

¡Afganistán, Afganistán, Afganistán!

Últimamente la frase, “el poder mundial se traslada de Occidente a Oriente”, es muy corriente. Casi todos los analistas cuadran sus apreciaciones observando esta situación. El poderío de la Casa Blanca, entonces, es observado desde un tiempo pasado. Pero, las malas lenguas dicen que en este lugar se habrían reunido, casi a finales de 1979, Zbigniev Brzezinski, David Rockefeller y Jimmy Carter, preocupados por la nueva orientación de la economía mundial producto de la aceleración del ciclo económico largo de contracción iniciada en 1973, eso si, desde esa época ya presentían la crisis Terminal de la ex Unión Soviética, pero, en el fondo, temían su invasión a Afganistán, que de acuerdo a sus sospechas, terminaría poniendo en peligro sus dominios en el Golfo Pérsico. Entonces, el gran sabio, Zbigniev Brzezinski, que había leído al geógrafo británico Sir Halford Mackinder, imponiéndose sobre el poder económico y el poder político habría dicho: “Vamos a sembrarles de mierda a los soviéticos su patio trasero”.

El 11 de febrero de 1980, las unidades del grupo de comando de operaciones especiales del ejército estadounidense (Operación Ciclón) dirigidos por Bin Laden empezaron a acondicionar la famosa cueva Tora Bora (Spin Ghar) en las montañas blancas (Sabed Koh) en el distrito Wa Agam Pachir de Nangaahar muy cerca del paso Khyber en el este de Afganistán. En realidad un refugio de tres pisos, con energía eléctrica y corredores amplios, casi como un hotel de cinco estrellas y que podía albergar, cómodamente, a mil combatientes muyahidines o talibanes y, además, almacenar una infinidad de armamentos de diverso calibre, desde municiones y cohetes teledirigidos, es decir, una tremenda base militar, que en un principio sirvió para combatir al ejército soviético y, luego, a las verdaderas resistencias afganas.

El 27 de marzo de 2008, el Presidente de la Comisión de Seguridad Interna del parlamento afgano, Zalmai Mujaddedi, furiosísimo, por los escandalosos operativos de abastecimiento de armas a los talibanes por parte de las fuerzas de ocupación, no se contuvo más e hizo la siguiente denuncia: “se observa desde hace algunos días, como helicópteros kazajos alquilados por la OTAN cargan en el aeropuerto militar de Kandahar cajas que contienen cientos de Kalashnikov, lanzamisiles y medio millón de municiones, para luego ser lanzados en paracaídas en el distrito de Arghandab, provincia de Zabul, donde el comandante taliban de la localidad, mulá Mohamed Alam, había predispuesto unas medidas de seguridad, tales en el lugar exacto de la entrega, que cabe excluir cualquier tesis del error”. Además, muy molesto, agregaba: “Es asombroso como el comandante mulá Mohamed Alam, precisamente esa noche en que lanzaron las cajas desde los helicópteros se encontrara en una casa a cien metros del lugar. Si se hubiera tratado de un error, explíquenme, entonces: ¿Quién advirtió al mulá Alam de que acudiera a ese preciso lugar?”

El 22 de mayo de 2009, en el aeropuerto de Kandahar, una ciudad al sur de Afganistán, la espera era por demás exasperante. Los vuelos de salida y llegada tenían retrasos frecuentes. El shock psicológico para los soldados de la ocupación venidos desde lejos era intenso. Infelices, que ni sabían por que luchaban. No era para menos, la ofensiva de la guerrilla era intensa. Era similar a la ofensiva de los valerosos vietcong contra Saigón allá en los años 74-75 del siglo pasado. Por supuesto, los suicidios de estos rambos en EEUU eran cada vez muy preocupantes. Pues bien, en uno de sus habitáculos estaban cuatro prisioneros de guerra afganos estrechamente vigilados por un selecto grupo de elite del ejército estadounidense. Se les acusaba de militar en la filas de Al-Qaeda, o, mejor dicho, estaban bajo presión que debían decir que eran militantes de esa organización fantasma e incluso, admitir, que previo a sus capturas habían recibido instrucciones del propio Bin Laden, el mítico líder de esa organización creada y financiada por el mismo Pentágono. Cualquiera en esa situación hasta podía enloquecer. A las claras se notaba que estos individuos nada tenían que ver con esta guerra. Eran inocentes, como de los muchos, a los que las fuerzas de ocupación martirizaban y los convertían a la fuerza en talibanes o Al-Qaedas.

El 15 de julio de 2009, los corresponsales de guerra de las prensas occidentales estaban atareadísimos llenando sus reportes con importantes capturas de “talibanes” y duros enfrentamientos étnico-religiosos. La directiva de los comandos operativos de contra información del ejercito de ocupación era terminantes. Las protestas de las masas y sus luchas debían ser ignoradas por completo. Allí no había ni masas ni conflicto de masas. Era la obsesión del Pentágono. Y, en eso, no había concesión alguna.

El 03 de septiembre de 2009, en Kunduz, una provincia situada en el norte de Afganistán, las resistencias del lugar (para las prensas occidentales, simplemente, talibanes), habían capturado y estacionado en sus inmediaciones dos camiones cargados de combustible y, a las que inmediatamente se agolparon, decenas de sus residentes en procura del elemental líquido que estaba en esos camiones. Pero en seguida fueron advertidos los comandos alemanes que patrullaban el lugar ordenándose rápidamente el desplazamiento de un caza bombardero estadounidense F-15 que apuntaría sus misiles, así, sin contemplaciones, contra las personas que estaban alrededor de los camiones. Entonces en cuestión de segundos 140 personas fueron carbonizadas. Y, el gobernador de la provincia de Kunduz, Mohammad Omar advirtió: “los responsables son únicamente los vecinos del lugar por haber cobijado a los insurgentes”. En tanto una niña postrada en el hospital del lugar con sus piernas quemadas declararía: “Fui a coger combustible como todo el mundo y las bombas cayeron sobre nosotras”. Pero para las prensas occidentales sólo había cinco talibanes muertos.

El 13 de noviembre de 2009, así de repente nomás, empezó a oírse en el firmamento el ruido característico de los malditos aviones sin piloto (Predator). Ahí estaba el escalofriante aparato. Casi estacionado en el espacio. Probablemente repasaba sus latitudes. Sin embargo su operador estaba a miles de kilómetros. Entonces las personas que vivían en estas escabrosas montañas, ubicadas al sur de Afganistán, empezaron a inquietarse por tremenda visita. “Maldito aparato”, decían unos. “Lárgate”, decían otros. Pero en otro lugar, un hackers de la resistencia, computadora en mano, pero, eso sí, asistido por un aparatito de 20 dólares, ingresaba a la memoria sofisticada de este monstruoso aparato y lo ponía fuera de orbita.

El primero de diciembre de 2009, iba ser realmente un día fatídico para las buenas personas que vivían en Afganistán. Ese día el presidente estadounidense, Barack Obama, el mismo que había sido laureado con el Nobel de la Paz, se disponía a firmar la orden de envío de 30,000 soldados más hacia ese país. Pero esto se anunciaría desde la Academia Militar West Point. La hora pactada era a las 20.00 horas. Hora punta. Como quien dice: escuchen estadounidenses. Todas las unidades de información, habidas y por haber, estaban a la espera de tan importante mensaje. Pero, en realidad, el mensaje infundía mucho miedo. Aunque el presidente repitió las mismas frases de W. Bush dichas en aquel fatídico mes de octubre de 2001: “vamos a la caza de Bin Laden”. En efecto la decisión era enviar 30,000 soldados más en busca de este individuo. Yo digo, tan incapaces eran estos estadounidenses que tenían que enviar un numeroso ejército solo para capturar a un insignificante individuo. O tal vez era para seguir masacrando a un pueblo valiente que resistía a tan ignominia guerra de agresión ahora convertida en la más larga de la historia moderna.

Y, finalmente, el 02 de mayo de 2011, las prensas occidentales informaban que el ejército estadounidense había liquidado a Bin Laden. Pero ¿Y, el cadáver? El cadáver nunca fue mostrado a nadie. Entonces ¿A quién mataron esa noche? A cualquiera menos a Bin Laden. Pero Abbottabad se hizo famoso. Sus calles fueron filmadas e incluso sus habitantes fueron objeto de consultas. Y, la alharaca se expandió por el mundo: de Abbottabad a Londres, de Washington a Moscú, de Paris a Pekín, de Nueva Delhi a San Petersburgo, de Phnom Penh a Saigón (Ho Chí Minh), de Beirut a Teherán, de Minsk a Bagdad, de Harare a Argel y de Katmandú a Dublín. En tanto, el gobierno pakistaní, se hundió en un desprestigio sin parangón. Henry Kissinger dio la vuelta al mundo anunciando un grave conflicto armado entre India y Pakistán. Y, todo esto ocurría, cuando la eurozona empezaba a despedazarse y cuando se rompía la alianza estratégica EEUU-China en materia económica. En fin, cuando empezaba la batalla por el control de los mares, empezando por el Mar Mediterráneo, el Mar Negro, el Mar Arábigo y el Mar Meridional de China, que ahora tras las disputas, Filipinas (Manila) la denomina “Mar de Filipinas del Oeste” y Vietnam la llama “Mar Oriental”.

Y, bueno, fuera de toda retórica, interesante la cronología, libre de toda superchería de las grandes transnacionales de la desinformación.


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