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América Latina

Perú: Entre Alan García y Mario Vargas Llosa

En medio de la crisis política y social peruana, ya era extraño que Mario Vargas Llosa no metiera su cuchara. El silencio sepulcral de Mario frente al etnocidio-genocidio, perpetrado por Alan García en la amazonía peruana el 5 de junio pasado, por supuesto no tiene nada parecido a una casualidad, por cuanto su discreta afonía reflejaría la aceptación de la masacre de policías y nativos que pudo evitarse.

Cuando Alan García cometió el genocidio de los penales de Lima en ese fatídico junio de 1986, el escritor de las niñas malas y las madrastras incestuosas no se quedó callado y publicó una carta abierta de censura: “Una montaña de cadáveres” tituló a la reprobación del crimen de lesa humanidad cometido, protesta publicada en el diario El Comercio de Lima, reproducida posteriormente en el libro “Contra viento y marea III. Hoy en día, el escritor en apoyo a García Pérez busca causas extrañas, intervención extranjera y campañas de desestabilización, sin recordar las malas artes de un hombre capaz de asesinar a seres humanos sin remordimiento alguno.

Con la acumulación de errores del régimen aprista, de promesas incumplidas, de imposiciones legalistas, de criminalizar a los sectores populares, de desmanes dictatoriales, de asalto a mano armada de los caudales del Estado, de petro-audios, “faenones” y contratos leoninos de remate de recursos naturales, de ocupación de parte del país por tropas norteamericanas y también por las empresas transnacionales, apropiándose de millones de hectáreas del territorio nacional, etc. y muchos etc. más; ¿cree Mario Vargas Llosa que el Perú necesita de intervención extraña para suscitar el caos? ¿Acaso no ve objetivamente que todas las imposiciones dictatoriales de Alan García, inconstitucionales por todos sus costados, han creado una escalada de protestas a lo largo y ancho del país? Se observa que el escritor siempre fue un político desacertado y cada vez más alejado de la realidad peruana. Los factores señalados y la inmensa pobreza junto a la falta de empleo son elementos más que suficientes para la desestabilización de cualquier país. Aquí no se necesitan elementos extraños para las protestas, pues son los propios ciudadanos y su hartazgo de ser engañados, quienes no aguantan la desfachatez e insolencia de los gobernantes. Todo lo demás es desestimar la conciencia de los peruanos o empezar a tratarlos de disminuidos mentales incapaces de velar por sus propios intereses.

Alan García, disfrazado de oveja, salió a la TV con un llamado a la reconciliación nacional, luego que retrocedió derogando los decretos legislativos 1090 y 1064 a fin de reestablecer el diálogo con los nativos; pero indudablemente no bajó la pata en alto de la agresión ni levantó las medidas represivas de enjuiciamiento a supuestos responsables de la masacre de Bagua, los asesores y líderes nativos, cuando toda la nación sabe que los hechos de sangre son de su entera responsabilidad. Tampoco prometió cambiar la política económica, raíz de todas las protestas, ni su forma de gobierno compulsivo y abusivo. En pocas palabras no hubo arrepentimiento y se dio una tregua a sí mismo para continuar en lo mismo. Con lo cual, además, se pasaba de la política de la “mecedora” a la de las maniobras, artimañas y manipulaciones, donde por tradición los apristas son maestros insuperables. En el Congreso, algunos de los co-responsables de la masacre de Bagua piden la salida del primer ministro Yehude Simon y de la ministra del Interior, Mercedes Cabanillas, eludiendo su propia responsabilidad de dar pase a una legislación inconstitucional y la del principal gestor del genocidio: Alan García. Encima estos congresistas mantienen la arbitraria suspensión de cuatro meses a siete parlamentarios opositores por el solo hecho de enfrentarse a la “suspensión” de los decretos legislativos materia del conflicto, después derogados a la fuerza y por miedo a las asonadas populares.

Yehude Simon, con la soga al cuello, sigue cumpliendo su papel de mayordomo de palacio de gobierno tratando de limpiar la sangre y las suciedades de Alan García y sus secuaces. Convertido en un cadáver político sigue negociando huelgas, paros y movilizaciones populares, sin nada que ofrecer, en Andahuaylas, Cusco, La Oroya; y será ordeñado hasta el final para después dejarlo caer sin pena ni gloria, pero manchado de sangre inocente. Alan García necesita tiempo y oxigeno, en consecuencia mantendrá a Simon como escudo de toda maniobra, inclusive la de postergar su censura en el Congreso para luego de usarlo, un poco más, cambiarlo como algo natural en una renovación ministerial de fiestas patrias el próximo 28 de julio. Por el momento, Alan García también necesita al recién converso alanista Mario Vargas Llosa, quien le hace el juego con las conspiraciones extranjeras y la intervención del presidente Hugo Chávez en el caos político peruano y por ello dice el escritor: “el presidente venezolano tiene “dos espinas clavadas en su garganta”, en alusión a Colombia y Perú, países que, en su opinión, “no han caído aún en su órbita”.

Que poca vergüenza. La degradación política de Mario Vargas Llosa no tiene nombre, su fanatismo neoliberal lo obliga a decir tonterías, porque no contento con aquello de las “espinas clavadas,” sin base alguna agrega: “el mandatario venezolano ha organizado en estos países (Perú-Colombia) “una campaña de desestabilización a través de movimientos populares y partidos políticos.” O sea que los conflictos propios de cada uno de estos países se deben a la “mano negra” de los bolivarianos, no a la guerra interna colombiana ni a la imposición contra viento y marea del neoliberalismo extremista en el Perú.

¿A quién quiere engañar el escritor de marras? ¿Acaso no conoce que tanto Álvaro Uribe como Alan García son los presidentes más corruptos del continente y perritos falderos de la Casa Blanca? ¿Acaso Mario desconoce que tanto Colombia como el Perú son dos Narco-Estados, productores del 70% de la cocaína vendida en el mundo, donde ahora el gobierno de García Pérez ha tomado la delantera en la producción? ¿Acaso no sabe que en el VRAE se protege la producción masiva de cocaína? ¿Acaso desconoce la lotización de la selva peruana y el intento de usurpar las tierras comunales andinas y selváticas? ¿Qué tiene que ver Hugo Chávez con la forma de gobierno de dos delincuentes políticos como Uribe y García Pérez? ¿Son esas las democracias del narcotráfico y la corrupción total, las que defiende el escritor valiéndose de cierta presencia en los medios de comunicación empresariales?

En el centro de las maniobras apristas, a fin de mantener el gobierno de Alan García a flote, también se pretende utilizar al presidente de Bolivia, Evo Morales, a quien se le acusa de enemigo del Perú nada menos que por el canciller García Belaúnde, hombre que ha demostrado pocas luces en el manejo de las relaciones exteriores, sobre todo con los países vecinos como Chile y Ecuador, aislándonos del contexto internacional y regional. Este otro secretario privado de palacio de gobierno cree que decir la verdad es ofender y no sólo a un individuo como Alan García sino al país entero. Que Alan García es un pésimo presidente comparable a George W. Bush, es cierto; que ha cometido genocidio en Bagua por aplicar ciegamente el TLC con Estados Unidos, es cierto; que el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos devasta y subasta a la madre tierra de los pueblos originarios, es cierto; que Evo Morales no tiene porque pedir perdón por defender la vida, es cierto; que Alan García debe pedir perdón al pueblo peruano por sus crímenes presentes y pasados, es cierto; que García Pérez debe devolver a los tres ex ministros bolivianos acusados de genocidio, Torres Oblea, Mirtha Quevedo y Torres Goitia, a quienes les ha dado asilo, es cierto; que Alan García no representa a nadie con apenas 20% de apoyo en Lima y 5 % en las regiones del interior del país, es cierto. Y si no representa a casi nadie en el país ¿dónde esta el agravio contra el Perú?

El Relator Especial de la Organización de Naciones Unidas, James J. Lenoir Anaya, confirmó que no hubo intervención de infiltrados extranjeros en la protesta amazónica, aunque Vargas Llosa y García Pérez dicen que sí. El mismo relator de la ONU ha exhortado al gobierno a que realice una investigación exhaustiva de lo ocurrido en la selva y recomendó la conformación de una comisión multisectorial independiente, con representantes indígenas e internacionales. Dando a entender que si bien no vio indicios de genocidio, sólo estuvo unas horas en Bagua, si hubo violación de derechos humanos y desaparición de personas; y además solicitó el cese de la persecución política, el cese de los juicios y la liberación de los nativos detenidos. Lo mismo confirmó una misión de la Federación Internacional de Derechos Humanos, donde se confirmó la desaparición de al menos 60 nativos aparte de los diez cadáveres, “evidencia dura,” que no pudieron ser ocultados o tirados a los ríos Marañón o Utcubamba como señalan los propios pobladores amazónicos.

El grave problema de fondo del país sigue siendo Alan García; sin embargo, en esta vorágine de servidumbres se pide la cabeza de un ser infeliz como Yehude Simon. Se arriesga de este modo la unidad de la lucha contra el pernicioso neoliberalismo y el sujeto culpable de los crímenes cometidos; así se consiente de cierta manera la división en el movimiento popular, permitiendo la abundancia de maniobras gubernamentales dirigidas a derrotar a las mayorías del país, dando chance a la estructuración del paralelismo dirigencial, poblacional, regional y sindical, mientras se cocinan soluciones cero a la problemática peruana. ¿Es esta maquinación la reconciliación buscada?

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