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Análisis de interés

Siria: ¿la segunda Libia?

El sentimiento de caos que por estos días parece adueñarse de la cotidianidad siria hace temer a muchos por lo que ocurra a corto plazo en ese país del Medio Oriente.

Según se deteriora la situación, EEUU y sus socios occidentales aplican más sanciones contra Siria y ya no se descarta, a juzgar por los análisis de la prensa internacional, que Washington se esté afilando las uñas para una nueva intervención militar en la región.

Así las cosas, la pregunta que flota en el aire es si Siria podría convertirse en una segunda Libia.

Para ser justo, no hay razón que permita llegar a conclusión apresurada alguna en la actualidad. Primero, porque son diferentes las condiciones de los dos países. Siria dispone de un bien aceitado y efectivo aparato estatal y bases de gobierno estables. En contraste, la unidad de Libia, formada por numerosas tribus, depende casi totalmente del poder personal de un individuo. De ahí que las potencias extranjeras se aprovechen de estas debilidades para intervenir. Siria se rige por un sistema republicano que ha mantenido en el poder por cuatro décadas al Partido Socialista Árabe Baath, que se caracteriza por su alto sentido de la disciplina y una total centralización del poder. El régimen sirio tiene la capacidad para administrar el país y resistir la intervención foránea.

Segundo, Siria detenta una importante ubicación geoestratégica. Como país colindante con los continentes asiático, europeo y africano, fue considerada en la antigüedad como “corazón del mundo”, y hoy día se le denomina “el mayor de los países pequeños”. Para las potencias occidentales resultaría difícil derribar al gobierno de un país estratégicamente importante como Siria. Si EEUU abre otro frente de guerra en Siria podría provocar el involucramiento de Irán y ganarse la enemistad del partido Hezbollah, lo que generaría una nueva marejada de revueltas en el Medio Oriente. En esta ocasión, lo más probable es que Washington no pase de las amenazas orales, en lugar de decantarse por acciones concretas.

Tercero, Siria es un importante actor para las realidades de Irán, Irak, Arabia Saudí, los Territorios Palestinos, Israel, Turquía y el Líbano. El eventual derrocamiento del actual régimen sirio conduciría a la destrucción de la actual correlación de fuerzas en el Medio Oriente, causando drásticos cambios en la configuración de la zona. Ni enemigos ni aliados de Siria en la región le desean la suerte de una segunda Libia, muchos menos una salida del escenario del régimen de Bashar el Assad. Y sobra decir que las potencias no tendrán éxito sin el apoyo de los países de la zona.

Y cuarto, el presidente sirio, Bashar el Assad, tiene un mayor margen de popularidad que su homólogo Muamar el Gadafi. En contraste con la terquedad del por momentos intratable líder libio, Bashar hace gala de buenos modales y cautela al intercambiar con sus homólogos de otros países. No faltarán líderes árabes que apoyen a Bashar si este se ve enfrentado a una intervención militar occidental.

Lo que hoy sucede en Siria refleja sin dudas la extensión del malestar regional de los últimos tiempos. Pero Damasco ha estado al tanto de lo ocurrido, tomando nota del caos en Egipto, Túnez y Libia. Bashar no haría concesiones a la ligera en lo referente a su porvenir político. En resumen, que Siria parece ser harina de otro costal.


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