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Pensamiento

Cultura y socialismo

Por: Terry Eagleton

Todos los seres humanos nacen prematuramente, indefensos y dependientes, incapaces de cuidar de sí mismos. Esto es aplicable no solamente a los profesores de Oxford y Cambridge, sino al conjunto de la especie humana. Más adelante, si todo va bien, alcanzamos un cierto grado de autonomía, pero solamente sobre la base de una continua dependencia, esta vez de la cultura más que de la naturaleza. Solamente por medio de esta forma de dependencia de los demás que llamamos cultura podemos llegar a ser autosuficientes, que es sin duda una de las razones de que la palabra “monstruo” en la Antigüedad clásica significase, entre otras cosas, uno que se considera a sí mismo autodependiente y que, en este sentido, está en conflicto con su propia naturaleza de criatura. El Edipo de Sófocles es un buen ejemplo de ello –este astuto empresario de sí mismo cuyo padre suprimido vuelve para destruirle.

A todos nos gusta fantasear con la idea de que tenemos un pedigrí más noble del que realmente tenemos, o (de un modo aún más ilusorio) que no tenemos ninguna clase de pedigrí –que hemos salido de nuestras propias cabezas, de nuestras propias entrañas. Y ya que aquello que no ha nacido no puede morir, esto nos produce la reconfortante ilusión de la inmortalidad.

Este es ciertamente el caso de lo que podríamos llamar el hombre burgués, o el Hombre Fáustico, cuyo deseo es infinito y cuya voluntad no tiene límites. Tiene, pues, que considerarse a sí mismo como totalmente inmaterial, dado que la materialidad es una restricción. Es una criatura que no reconoce otro fin, origen, fundamento u objetivo que ella misma.

Y cuando esta torre fálica es derribada por un avión terrorista, instantáneamente decide construir otra aún más grande en su lugar. El mejor ejemplo imaginable de aprendizaje lento.

Ya que todos nacemos prematuramente, con una incapacidad profesoral para defendernos solos, también moriremos todos rápidamente a menos que la cultura tome inmediatamente posesión de nosotros. No digo con esto que Stendhal o Shostakovich sean esenciales para nuestra supervivencia. Me refiero a la cultura en el sentido de un sistema de educación o crianza, siendo la palabra que expresa este concepto [nurture] la que para Shakespeare sirve de mediación entre la natura [nature] y la cultura [culture]. El dramaturgo Edward Bond habla de las denominadas “expectativas biológicas” con las que nacemos –la expectativa, escribe, de que “el bebé indefenso será bien atendido, que será no solamente alimentado sino que recibirá confort emocional, que su vulnerabilidad será protegida, que nacerá en un mundo dispuesto a recibirle y que sabrá cómo recibirle”. A menos que una de estas caras que rodean la cuna hable realmente al niño, este nunca llegará a ser una persona. Será humano, por supuesto, ya que esto depende de la clase de cuerpo que tiene, pero llegar a ser una persona es un proyecto, no algo dado. Juzgando al capitalismo contemporáneo desde este simple criterio, Bond se niega a otorgarle el título de cultura.


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