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Para tener en cuenta

El complejo sanitario

En el complejo contexto sanitario-cultural la enfermedad se explica como imagen indeseable, un trastorno que puede llegar a ser cruel. Algo que, habiendo infringido el orden saludable, genera la desasosegada sensación de encontrarse ante lo nefasto, inclemente y severo. Algo que despojándote del bienestar puede llegar a estremecerte. Algo que te exilia a un espacio de riesgo y termina convirtiéndose en dolor y sufrimiento. Indudablemente, en la elaboración de estos significados o forma de entender la enfermedad subyace siempre lo perturbador, lo adverso. Sentido éste que afecta la manera de gestionarla y tratarla.

Pero como comenta G. Rosen en su libro «De la policía médica a la medicina social»: «La enfermedad es un proceso biológico más antiguo que el hombre. Es tan antigua como la vida misma porque es un atributo de la vida. Un organismo vivo es una entidad lábil en un mundo de flujos y cambios, y la salud y la enfermedad son aspectos correlacionados de esta inestabilidad que todo lo penetra… Como fenómeno biológico, la causa de la enfermedad pertenece al reino de la naturaleza; pero en el hombre la enfermedad tiene además otra dimensión. En ninguna parte existe la enfermedad como `naturaleza pura’, sino que siempre está mediatizada y modificada por la actividad social y por el medio cultural que esa actividad crea».

Destacamos, en este sentido, tres elementos socioculturales que mediatizan significativamente el sentido y la vivencia de la salud-enfermedad: La metáfora, el modelo sanitario que potencia in extremis la figura del médico, y por último la patologización social vinculada a los principios alienadores de una sociedad poco sana.

La metáfora constituye un elemento de mediación entre lo biológico y lo social en tanto que fabrica un conocimiento, una forma de pensar que se traduce en conducta y modo de experimentar. Un ejemplo de dicha mediatización lo comenta precisamente Susan Sontag en su libro «La enfermedad y sus metáforas», cuando hace referencia a las metáforas elaboradas sobre enfermedades como el cáncer y el sida, ambas cargadas de estereotipos punitivos, y que suponen una carga adicional de estigmatización para el sujeto que padece alguna de ellas, así como para sus allegados.

Asimismo, los distintos modelos terapéuticos incluyen concepciones del ser humano diferentes. La medicina alopática convencional, marchamo de la cultura occidental, que se ha desarrollado y extendido con fuerza desde la industrialización, ha propiciado la actual medicina de masas. Corresponde a ésta la perspectiva del individuo humano como ser un escindido en cuerpo y mente. A partir de esa discontinuidad que rompe la interacción natural del sistema mente-cuerpo, se magnifica y cosifica el aspecto físico sobre la complejidad del individuo, situando la enfermedad fundamentalmente en el territorio del cuerpo. Esta percepción, en la que predomina lo empírico y la interpretación de determinados síntomas, procede de una medicina vinculada a la ciencia bioquímica y a la poderosa industria farmacéutica; siendo uno de sus efectos más nefastos la denominada yatrogénesis médica, es decir, los daños causados por la intervención de un agente sanitario, debidos entre otras causas, al carácter invasivo y agresivo de buena parte de sus tratamientos, desde la cirugía a la farmacoterapia.

La estructura del modelo sanitario dominante reúne, además, aspectos poco meritorios como son la masificación, la obstaculización de la escucha receptiva, imprescindible en cualquier proceso terapéutico. La frecuente decodificación automática del malestar por parte del sanitario mediante el encaje de los síntomas en las categorías nosológicas del manual, que implica considerar la enfermedad como algo separado de la vida del sujeto, es decir de su experiencia emocional, mental, social y espiritual. Muestra, al mismo tiempo, la relación asimétrica entre médico y paciente, mediante la cual aquél priva a éste de la posibilidad de dar un sentido a su propio malestar, y le impone una versión que indica mediante la palabra y la imagen la forma en que deberá vivenciarlo.

La unión de un organicismo excluyente con una concepción de la salud como industria y negocio es responsable de ello. Al tiempo que nos permite comprender la beligerancia contra visiones diferentes como las planteadas por las antiguas medicinas populares o la ancestral medicina chamánica, u otras más actuales como la antroposófica o la sintergética, en las que subyace una visión de unicidad del ser humano, integrado como cuerpo-mente y espíritu.

La estructura del modelo sanitario dominante reúne, además, aspectos poco meritorios como son la masificación, la obstaculización de la escucha receptiva, imprescindible en cualquier proceso terapéutico. La frecuente decodificación automática del malestar por parte del sanitario mediante el encaje de los síntomas en las categorías nosológicas del manual, que implica considerar la enfermedad como algo separado de la vida del sujeto, es decir de su experiencia emocional, mental, social y espiritual. Muestra, al mismo tiempo, la relación asimétrica entre médico y paciente, mediante la cual aquél priva a éste de la posibilidad de dar un sentido a su propio malestar, y le impone una versión que indica mediante la palabra y la imagen la forma en que deberá vivenciarlo.

También es conocida la estrecha vinculación de la medicina con el poder político en su cruzada por la categorización de los individuos como sanos o no, en la regularización de la sexualidad y en los dictados de las medidas higiénicas. O, más recientemente, con el auge de la investigación neurológica en temas tan importantes como la interacción entre cerebro y conducta, y su más que posible manipulación como vía del control de los sujetos.

La enfermedad como patología social, resulta ser una exteriorización del modelo de vida instituido, sujeto a la violencia de la desigualdad, la competitividad y la ideología de la acumulación.

Aspectos todos ellos que atraviesan las relaciones de los distintos ámbitos sociales, comprendiendo desde las relaciones familiares, pasando por las laborales, y las relaciones sociales en general.

La terapia del curar y sanar pasa por una nueva conciencia y vivencia del ser humano integrado e interconectado con el mundo natural. Esta perspectiva trata, en definitiva, de llevar a la práctica o vivenciar el cuerpo-mente como un proceso dinámico, lo que implica la renuncia a la representación del cuerpo humano como una realidad u objeto independiente o ajeno a las realidades y objetos psíquicos, subjetivos o espirituales. Implica, además, la creación de nuevas metáforas sobre la salud y el malestar que rompen la medicalización social e incluyen la responsabilidad del sanar por parte del propio individuo, invitándole a que su dolencia sea un estímulo para despertarle a una realidad, más consciente, más sana consigo mismo.

La sanación del individuo, es decir, la integración en su unicidad, se convierte en un acto que debe acompañar a todo proceso curativo, sea la enfermedad superada o no. Es obvio que la cualidad de la relación terapéutica entre el terapeuta-sanitario y el individuo a tratar pasa por ser una interacción dinámica, no jerárquica, y eminentemente receptiva.

Únicamente de este modo emergerá la reciprocidad del proceso sanador, en un acto que trasciende los síntomas y la individualidad.


http://www.gara.net/paperezkoa/2011…

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