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Para tener en cuenta

[EEUU] Nuestra alma esta enferma de tanta hipocresía

Gran indignación han causado las revelaciones de la investigadora de la Universidad de Wellesley Susan Reverby, acerca de experimentos realizados en Guatemala, liderados por el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos, durante los cuales infectaron con gérmenes de enfermedades venéreas a más de 1,500 personas: enfermos mentales, prostitutas, presos y soldados de ese país. El Dr. John Cutler, funcionario del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos que participó en estos experimentos con seres humanos, estuvo vinculado también a otro escándalo, el proyecto ‘Tuskegee’, en el cual cientos de ciudadanos negros de Alabama fueron contagiados con sífilis y se les negó todo tipo de tratamiento a fin de poder observar el libre desarrollo de la enfermedad y obtener así datos científicos.

Pero este tipo de fechorías no es nuevo en la historia de las relaciones de Estados Unidos con América Latina y el resto del Tercer Mundo. Lo único nuevo es que, por primera vez, Estados Unidos ofrece disculpas. ¿No será que percibe que América Latina se le escurre entre los dedos? Me pregunto que haría si este crimen hubiera ocurrido en Venezuela o en algún otro de los países del ALBA.

En sus disculpas la Secretaria de Estado Hillary Clinton y la Secretaria de Salud Kathleen Sebelius, subrayan el hecho de que los experimentos con seres humanos tuvieron lugar hace 64 años. Pero olvidan mencionar que Estados Unidos ha estado cometiendo crímenes de lesa humanidad desde mucho antes de lo ocurrido en Guatemala y también con posterioridad hasta nuestros días. En ese mismo país centroamericano, Estados Unidos instaló y brindó apoyo irrestricto a gobiernos de ultraderecha responsables de la muerte o desaparición de 250,000 personas en el periodo 1960-1996.

No se trata de un episodio aislado. La crisis de valores éticos es connatural en el capitalismo. Nace con él, se agrava cada vez más y será una de las causas de su desaparición. Por otra parte, el racismo en Estados Unidos es una enfermedad con raíces profundas que permanece sólidamente institucionalizada y que en su contacto con nuestros pueblos mestizos no deja mucho espacio a las consideraciones humanitarias.

Justamente un siglo antes de los horripilantes experimentos en Guatemala, cuando por el Tratado de Guadalupe-Hidalgo Estados Unidos se apoderó de la mitad del territorio de México, Frederick Douglass, uno de los dirigentes negros de mayor prestigio en la historia de Estados Unidos, escribía en el editorial de “Estrella del Norte” del 17 de marzo de 1848:

“Nuestra alma está enferma de tanta hipocresía. …Que se haya puesto fin a la matanza al por mayor en México es ciertamente causa de regocijo; pero no es nuestro pueblo el que debe regocijarse; por el contrario, debemos inclinar con bochorno nuestras cabezas, y con profunda humildad pedir perdón por nuestros crímenes.”

Susan Reverby

Monumento al racismo y a la total ausencia de escrúpulos es el llamado “Memorandum Breckenridge” (24 de diciembre de 1897), documento enviado por el Subsecretario de Guerra de Estados Unidos, J. C. Breckenridge, al Jefe del Ejército norteamericano, Nelson A. Miles, que contenía instrucciones sobre la conducta a seguir con relación a Cuba, Puerto Rico y Hawaii. En él se expresa que sería una completa locura (‘sheer madness’) anexar a una nación tan virtuosa como Estados Unidos a un pueblo tan depravado como el cubano si antes no se seguían los pasos apropiados:

“…debemos limpiar el país, aunque ello signifique usar los métodos que la Divina Providencia utilizó en las ciudades de Sodoma y Gomorra. Tenemos que destruir todo lo que esté al alcance de nuestros cañones. Tenemos que imponer un riguroso bloqueo de manera que el hambre y su constante compañera, la enfermedad, minen a la población pacífica y diezmen al ejército cubano.”

Y Breckenridge terminaba diciendo:

“En resumen, nuestra política tiene que ser siempre el apoyar al débil en contra del fuerte, hasta que hayamos obtenido el exterminio de ambos, a fin de anexar la Perla de las Antillas.”

En 1931, el Dr. Cornelius Rhoads, trabajando para el Instituto Rockefeller de Investigaciones Médicas, realizó espeluznantes experimentos infectando sin su conocimiento a decenas de puertorriqueños con células cancerosas. Como mínimo trece de sus víctimas murieron. Rhoads ascendió luego a Jefe de la División de Armas Biológicas del Ejército y recomendó en memos al Departamento de Defensa la ‘erradicación’ de los disidentes puertorriqueños mediante el uso ‘juicioso’ de bombas de gérmenes (1).

Durante la II Guerra Mundial, médicos investigadores norteamericanos realizaron experimentos con gas mostaza tomando como conejillos de Indias a soldados puertorriqueños, afroamericanos y de ascendencia japonesa con el fin de establecer si la respuesta a los tóxicos era diferente a la de los blancos. Se trataba de recopilar información para un plan B de invasión a Japón utilizando gases venenosos. El plan A era el ‘Proyecto Manhattan’ o de fabricación del arma nuclear, que fue el que se utilizó en definitiva con la aniquilación con bombas atómicas de cientos de miles de civiles en Hiroshima y Nagasaki, el mayor acto terrorista de la historia.

La isla de San José, en Panamá, fue uno de los lugares donde se realizaron estos ensayos. El Regimiento de Infantería 295, compuesto por soldados puertorriqueños fue rociado criminalmente con gas mostaza mientras realizaba maniobras en las selvas de ese país. Se conoció de los macabros experimentos por las investigaciones de Susan L. Smith, publicadas en septiembre de 2008 (2). La profesora canadiense, especializada en historia de la medicina, basó la denuncia en su revisión de los registros del ‘U.S. Chemical Warfare Service’ y del ‘Defense Research and Development’ de Canadá y utilizó, además, los testimonios que se conservan en los archivos de la ‘National Academy of Sciences’ en Washington, de 250 veteranos.

Uno de los mayores crímenes de Estados Unidos fue el derrame, entre 1966 y 1972, de más de 12 millones de galones del ‘Agente Naranja’ (cuyo principio activo tóxico es la dioxina) sobre cientos de miles de hectáreas en Vietnam, Laos y Cambodia. Se estima que las víctimas civiles sobrepasaron la cifra de medio millón. Miles de soldados norteamericanos fueron afectados también. El aspecto más horrible de este crimen es que, posteriormente y durante décadas hasta el presente, un gran número de niños ha nacido, en las áreas contaminadas, con malformaciones congénitas.

Durante muchos años, el gobierno cubano ha denunciado a Estados Unidos por la introducción en Cuba de numerosas plagas que han afectado a cultivos, animales y personas. En 1971, por primera vez en el hemisferio occidental, apareció en Cuba el virus de la fiebre porcina. Para detener la epidemia fue necesario el sacrificio de cientos de miles de animales. El terrorista cubano-americano Eduardo Arocena confesó en 1984, ante un Comité del Senado (3) que en contubernio con la CIA había introducido en Cuba, a finales de 1980, el virus de la fiebre del dengue, enfermedad que causó la muerte a 158 personas, entre ellos a 101 niños. Arocena está cumpliendo una larga condena en cárceles de Estados Unidos pero no por este crimen, que quedó impune y que por sí solo bastaría para justificar y exonerar a los 5 héroes cubanos presos en Estados Unidos, sino por actos terroristas realizados en el propio territorio norteamericano. Posteriormente, el dengue fue introducido en Nicaragua como parte de la guerra sucia de la CIA contra ese país, contagiando a más de 50,000 personas y causando la muerte a muchas de ellas.

El sargento Jimmy Massey, militar profesional de los Marines, enviado a Irak en 2003, en un libro-testimonio publicado recientemente, denuncia los crímenes de guerra que en ese país están cometiendo las fuerzas estadounidenses. En un diálogo con el teniente Shea, Massey le dice a su superior (3):

“-Señor, creo que lo que estamos haciendo en Irak es un genocidio. Lo de la ayuda humanitaria es sólo una excusa de m…..; es tan sincera como la afirmación del Presidente Nixon de que él no era un sinvergüenza. Creo que nuestro único objetivo en Irak es el petróleo y las ganancias. Y estamos dejando tanto uranio enriquecido en el campo de batalla que no tendremos que preocuparnos por futuros terroristas o incluso futuros iraquíes, porque los estamos matando poco a poco y uno a uno.”

El uranio empobrecido, residuo del proceso de enriquecimiento o de plantas de reprocesamiento del uranio, ha sido utilizado con fines militares en Bosnia (1995), Kosovo (1998), Irak y Afganistán. Los proyectiles fabricados con este material se pulverizan al explotar y contaminan amplios territorios con efectos devastadores a corto y lejano plazo en la población.

En Faluya (2004) Estados Unidos utilizó fósforo blanco, prohibido por la ONU en zonas habitadas, para tomar la ciudad iraquí, y defiende actualmente un supuesto derecho al uso de esta arma química, según denunció ayer la revista digital ‘Discrepando’ (4). El fósforo blanco explota en forma de nube y quema la carne hasta los huesos de toda persona que se encuentre dentro de un radio de 150 metros.

No es mi intención ofrecer un inventario completo de todos los actos bárbaros realizados por Estados Unidos. Tendría para ello que escribir numerosos volúmenes. Pero lo expresado es suficiente para no perder de vista que lo ocurrido en Guatemala entre 1946 y 1948 es sólo una expresión más de la naturaleza amoral, agresiva y prepotente del imperio.

El presidente de Guatemala, Álvaro Colom, con exageradísima generosidad, calificó de ‘hidalguía’ las disculpas de la Casa Blanca. ¡No, señor presidente! ¡Con todo respeto! Para comenzar a merecer tal calificación, el gobierno de Estados Unidos tendría que pedir perdón por todos los crímenes de lesa humanidad que ha cometido y comete desde hace más de un siglo, y pedirlo además no sólo al pueblo guatemalteco sino a toda la humanidad.

NOTAS

(1) Germ War: The U.S. Record. Counter Punch, 1998.

(2) Susan L. Smith: “Mustard Gas and American Race-Based Human Experimentation in World War II”. The Journal of Law, Medicine & Ethics, Vol. 36, Issue 3, pp 517-521, Sept. 2008.

(3) Covert Action Information Bulletin, No. 22, p. 35: “The trial of Eduardo Arocena Pérez.

(4) Jimmy Massey: “Cowboys del Infierno”, Ediciones Apóstrofe, S.L. (2006), p. 228.

(5) Discrepando, 3 de octubre de 2010.


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11 de febrero de 2011 comzbalistoy site web