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Análisis de interés

El Cuarto Poder del poder

La detenciones de Regina Maiztegi y Zugaitz Izagirre y la burda manera en que la noticia se ha reflejado en los medios de comunicación, falseando en su totalidad la verdad, ha puesto de manifiesto no sólo la utilización que de ellos hace el poder, sino también la absoluta falta de ética en el ejercicio del periodismo. En este caso, igual que en otros, se ha olvidado un principio básico en la tarea periodística: contrastar la información que se recibe, y más cuando ésta procede de una fuente con grandes intereses en divulgar una versión determinada de los hechos. Se trata de una maniobra muy repetida en la política informativa de los responsables de Interior de Madrid y Lakua y en el proceder de los grupos mediáticos privados o públicos (Vocento, Prisa, «El Mundo»…). Por lo tanto este tipo de actuaciones no debería de airar ni sorprender. Sin embargo, es saludable que la mentira despierte indignación. Significa que, pese a ellos, la izquierda abertzale, y con ella Euskal Herria, camina.

Mirando con optimismo veraniego, tal vez lo positivo de este caso sea que, en esta ocasión, algo les ha fallado en el montaje mediático. Desde el primer momento ha sonado engañoso. Dos de los más «buscados y peligrosos terroristas vascos» deciden huir para evitar la acción de la justicia y, contra toda lógica, una se queda en su pueblo, en su domicilio habitual y el otro se va de vacaciones con su familia a un concurrido lugar de la costa catalana. Ni siquiera Woody Allen o los hermanos Marx hubieran podido rodar una situación tan absurda. El relato «oficial», resultó incomprensible incluso para aquellos que aún albergan alguna remota confianza sobre la veracidad de la prensa española cuando informa de asuntos relacionados con el independentismo vasco.

Con esta noticia han cometido un error de cálculo. A la falsedad de los hechos han añadido la prepotencia de quien se cree intocable en el manejo de la información y la sumisión de quienes creen que la profesión de periodista se reduce a transcribir lo que el amo ordena. Con ello, unos y otros vulneran el derecho de la ciudadanía a una información veraz y ningunean la libertad de expresión. No les importa. El déficit en derechos democráticos es tan grande en este país que las últimas generaciones de periodistas ni se plantean el deber deontológico de su profesión con esos derechos.

La primera referencia al poder de los medios la encontré cuando aún estudiaba bachillerato y me debatía en la coyuntura existencial de decidir mi futuro. Se trataba de un artículo que encontré al azar en un antiguo ejemplar de Selecciones de «Reader’s Digest», una revista estadounidense, de corte conservador y anticomunista, que comenzó a editarse en el Estado español en 1940. En concreto, el reportaje, titulado «El Cuarto Poder», analizaba la influencia de los periódicos británicos que desde 1702, año en que apareció la primera edición del «Daily Courant», tenían su sede en la céntrica Fleet Street, hoy un lugar de obligado recorrido turístico. La calle fue durante décadas un hervidero de periodistas al estilo de la novela negra, noticias, rumores y exclusivas que iban y venían de los pubs a las redacciones hasta que, en 1986, gobernando Margaret Thatcher, el magnate de la comunicación Rupert Murdoch decidió trasladar parte de sus tabloides («The Times», «The Sun», «News of the World») al Este de Londres, al barrio industrial de Wapping, iniciando así, con las nuevas tecnologías, una reconversión de la industria periodística que se saldó con el despido de miles de trabajadores, la mayoría de ellos sindicados, lo que facilitó el debilitamiento y la casi desaparición de la acción sindical.

El artículo al que me refiero, escrito en plena guerra fría, se limitaba a descubrir ante lector el importante papel de la prensa en la constitución del «mundo libre» que se forjó al finalizar la II Guerra Mundial. Aunque el reportaje se sometía a las simpatías ideológicas de EEUU y pasaba por alto la existencia de los países socialistas, al menos valoraba en el ejercicio del periodismo la honestidad de informar con la objetividad necesaria para ofrecer a la opinión pública una información de los hechos lo más cercana a la verdad. Así el periodista se convertía en notario de la realidad y la responsabilidad de ese oficio le exigía la práctica de una rigurosa ética consigo mismo y con la sociedad obligándole, además, a observar el mundo y sus movimientos con una mirada crítica, con lo cual se abría una ventana a la denuncia de las desigualdades existentes en una Europa que apostaba por la socialdemocracia. Hoy, en las grandes empresas de la comunicación y también en los medios públicos (sólo hay que observar la política de EITB) esa idea y esa actitud carecen de valor. Han sido sustituidas por la disposición voluntaria a saber callar y el servilismo agradecido, ofreciendo a cambio la notoriedad que da a los periodistas estar cerca de los círculos de poder. Aspiraciones que se satisfacen si, en lugar de reflejar la opinión de la ciudadanía, se opta por renunciar a cualquier principio y se trabaja en fabricar corrientes de opinión al servicio de los intereses económicos y políticos del poder. Así caminan muchos periodistas actuales, en Madrid y en Euskal Herria, atrapados en la sombra siempre alargada de lo que, en el siglo XVIII, el político conservador Edmund Burke bautizó como el «Cuarto Poder».

Pero si indagamos, a la profesión de periodista se le ha rodeado de excesiva literatura, cine y aventura. Se le ha construido un halo de intriga y osadía incorruptible que nada tiene que ver con el trabajo de miles de redactores, sentados frente al silencio de un ordenador, transcribiendo ruedas de prensa y notas enviadas por los gabinetes de comunicación, una labor rutinaria y aburrida, sin emociones, que para más inri y salvo honrosas excepciones, suele estar muy mal pagada. Recuerdo que en una conversación sobre el periodismo y Fleet Street, Xabier Rekalde, buen profesional colaborador de «Egin» y columnista de ``Zazpika’’, con su irreverente y habitual ironía, me contó que desde que las empresas de la comunicación siguieron el ejemplo inglés de Murdoch y Maxwell y se instalaron en los polígonos industriales para crear noticias en cadena, sin un bar cercano, ni una miserable cerveza que llevarse a la boca, el periodismo había perdido libertad y la imaginación de ser intrépido. Tal vez tenía razón.

Definir las razones del comportamiento de los periodistas resulta una tarea compleja. El aspecto económico y las condiciones laborales tienen mucho que ver en la pasividad y el servilismo con que muchos, no todos, proyectan y viven su oficio. Sueldos de miseria, contratos de vergüenza (cuando existen) y una precariedad abusiva que les sitúa permanentemente en el filo del despido, son elementos que doblegan al trabajador, convirtiéndolo en presa fácil y pieza barata en los intereses y objetivos ideológicos y económicos de los actuales emporios periodísticos que, como aseguraba en este diario Alizia Stürtze, pertenecen al capital y por lo tanto es éste el que establece las normas informativas y laborales.

Aunque no se denuncie, ni se diga en voz alta los periodistas no estamos fuera de la explotación y falta de derechos que sufre la clase trabajadora. Estamos inmersos en ella hasta el cuello. Otro tema diferente es que, una mayoría no quiera tener conciencia de ello y, en lugar de venderse barato, tal vez debiera levantar la cabeza y luchar por su dignidad y la del pueblo y el tiempo en que le ha tocado vivir. ¿Qué sucedería si las trabajadoras de la información comenzasen a exigir a los medios en los que trabajan sus derechos laborales y un sueldo digno? ¿Qué pasaría si para conseguirlo utilizasen su derecho a la huelga? Puede que si lo hicieran también llegarían a cuestionarse el papel que desempeñan en la construcción de una realidad donde la democracia, la libertad y la justicia ya no tienen cabida. Mientras eso no ocurra, el mundo del periodismo en general continuará siendo el Cuarto Poder del propio poder, no del pueblo. Se convertirá en una jungla donde sólo sobrevive el que carece de escrúpulos o el que confunde informar con mentir.

A pesar de todo, y como afirmaba Xabier Rekalde, ejercer el periodismo siendo leal a uno mismo no es una suerte, es una opción. Informar con objetividad y opinar con libertad no aportará dinero, pero ofrece el placer de dormir como un lirón, de reírse con los amigos, de saludar a quien te dé la gana y jamás palmear el hombro de quien te pisa la cabeza.


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