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Análisis de interés

LA GUERRA CONTRA AMÉRICA LATINA

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Colombia en 2007 mantiene 459.687 efectivos destinados a Defensa y Seguridad; y gasta ese año en su guerra 6,5 % de su PIB, unos 22.000 millones de dólares (Semanario VOZ, edición 2427, cit. por Álvaro Angarita: “Crece el gasto militar. Guerra devora el presupuesto”; 27-2- 2008 www.geocities.com/vozxcol/voz.pdf). Ello crea un marcado desequilibrio con Venezuela, cuyo ejército mantiene unos 82.000 mil efectivos y según el World Economic Outlook consume en 2005 unos 1.477 millones de dólares, el 1,6% de un PIB del cual destina casi 9% a la Educación. También desequilibra al pequeño Ecuador, que para 2007 mantiene 37.448 efectivos en los cuales gasta 1.691.776.803 dólares, 3,41% de su PIB y 10,7% de su Presupuesto (A comparative Atlas of Defence in Latin America, 2008).

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Paralelamente, el gobierno de Colombia acepta la instalación de por lo menos siete bases militares estadounidenses, con estatuto de inmunidad e impunidad para su dotación ante leyes y tribunales colombianos, mientras Estados Unidos mantiene dos bases en Aruba y Bonaire y otra en Honduras y otra en Paraguay, instala dos nuevas en Panamá, desembarca miles de marines en Costa Rica, mantiene la injustificada invasión militar de Haití y patrulla el Caribe con la resucitada IV Flota. Aducen fuentes estadounidenses y colombianas que esta descomunal militarización tendría por objeto defenderse contra algunas docenas de colombianos exiliados en Venezuela. Pero nada más erróneo que interpretar la situación como una escaramuza local. No preguntes por quién doblan las campanas, que están doblando por ti, reza un pungente verso de John Donne. Las campanas no tañen por Venezuela; doblan por América Latina.

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Pues el mantenimiento de la base estadounidense en Honduras y el golpe contra el presidente electo de dicho país, el hostigamiento contra Nicaragua, la apertura de dos nuevas bases en Panamá y la ocupación militar de Costa Rica no son más que eslabones del viejo Plan Puebla-Panamá, que intenta abrir un corredor estratégico por Centroamérica desde México hasta Colombia. En ésta operan en cantidad creciente fondos, efectivos, armamentos y bases estadounidenses en los llamados planes Colombia, Patriota y Victoria, supuestamente encaminados a controlar la insurgencia y la droga. Su fracaso ha sido rotundo. Colombia en 2005 totalizaba 640 toneladas métricas de cocaína de la producción mundial de 910, de las cuales sólo 180 provenían de Perú y 90 de Bolivia (United Nations Office on Drugs and Crime, "World Drug Report 2006, Volume 1:Analysis" ; United Nations: Viena, Austria, 2006, p. 82). En realidad, Estados Unidos, que ahora pelea sus guerras con mercenarios, se propone sacrificar las fuerzas armadas de Colombia, que no han podido dominar la insurgencia local, para restaurar su menguada hegemonía continental. La situación no es nueva. A mediados del pasado siglo, efectivos colombianos fueron enviados a pelear la remotísima guerra de Corea; a comienzos del presente, soldados colombianos han sido remitidos a Afganistán. Su próxima misión será la de inmolarse por los intereses de la misma potencia que les arrebató Panamá.

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Demos una mirada al mapa. Cerca de la frontera oriental de Colombia, dentro de la cual se erigen la mayoría de las bases militares estadounidenses, están los ricos yacimientos de hidrocarburos de Venezuela. Más al sur, en la misma divisoria, están el río Orinoco y la Amazonia venezolana, con sus caudales de energía hidroeléctrica, hierro, aluminio, oro, diamantes y biodiversidad. Desechemos la ilusión de que Venezuela sea el único objetivo de esta guerra largamente anunciada. El fuego se rompió contra el pequeño Ecuador, con un ataque de ensayo confesamente apoyado y dirigido por la base estadounidense de Manta, hoy afortunadamente erradicada. El objetivo era demostrar que se podía agredir la soberanía de un país de la región con un ataque militar sin mayor consecuencia que algunas palabras duras en Unasur.

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Ampliemos nuestra mirada al mapa. Por él se extiende la frontera con Brasil, país que por su extensión de 8.547.404 km2 y su población de unos 170 millones de habitantes constituye casi la mitad de América del Sur. Como dueño de la mayor parte de la Amazonia y de recién descubiertos yacimientos costeros de hidrocarburos, que alberga según el año la sexta o la séptima economía del mundo y la octava industria mundial de armamentos, núcleo del Mercosur y actor político internacional de marcada independencia, para Estados Unidos es el verdadero adversario en la hegemonía continental. Brasil lo ha entendido perfectamente en su Estrategia Nacional de Defensa aprobada por Lula da Silva en 2008. Su ejército de 210 mil efectivos será incrementado con otros 59 mil; ha sumado 28 puestos de frontera a los 21 existentes, pero localizados esencialmente en la Amazonia, a la cual destina 40% de los nuevos reclutas (Zibechi, Raúl: “Brasil desafía el Plan Colombia”, ALAI AMLATINA, 30-04-2010).

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Pues cualquier agresión contra Ecuador o Venezuela abre de hecho hostilidades contra el gigantesco Brasil y Bolivia y Ecuador y Nicaragua y la inexpugnable Cuba y el Mercosur. El supuesto conflicto local se vuelve así apocalípticamente continental. Sería, ni más ni menos, una guerra contra América Latina. Y si tenemos en cuenta que la supervivencia de Europa y de Asia depende en buena parte de los recursos y de los mercados de América Latina, el enfrentamiento podría devenir mundial.

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En la vertiente del Pacífico, Estados Unidos presionaría para que pelearan por sus intereses a los gobiernos de Perú y de Chile. Este último mantiene el ejército con mayor gasto militar y mayor número de efectivos per cápita en América Latina. El imperio exigiría la inmolación de estas milicias para meter en cintura al colosal Brasil y a los progresistas gobiernos de Ecuador, Bolivia y quizá Paraguay y Uruguay. Esperando obtener vindicaciones territoriales y ventajas, los halcones entrarían en un conflicto que no sería sólo confrontación militar, sino también encarnizada guerra social de insurgencia, y del cual todos saldrían con las tablas en la cabeza. En primer lugar la potencia norteña, que ha perdido la hegemonía económica, diplomática y cultural, y que desde hace casi una década no ha podido vencer en desastrosas guerras contra países atrasados del Asia. Luego, sus aliados, a quienes históricamente utiliza, desecha y destruye. El primer toque de la campana ha sonado. Detengámosla antes de que doble por todos.


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