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Para tener en cuenta

Bombas de racimo

Las bombas de racimo, que comenzaron a emplearse en Vietnam, afectan más a la población civil que a los combatientes. Los conflictos de Kosovo, Afganistán, Irak y el Líbano son los más recientes en los que han sido utilizadas. Sólo durante los 34 días que duró guerra entre Israel y Hezbollah en el verano de 2006, más de 4 millones de submuniciones fueron lanzadas en el sur libanés, causando más víctimas y destrucción que cualquier otro armamento. La próxima ratificación de la Convención sobre Municiones en Racimo supone un gran paso, no exento de dificultades y desafíos, para acabar con un arma que no discrimina entre población civil y objetivos militares.


Su producción es barata; apenas tres euros son suficientes para provocar dolor y sembrar muerte. Desactivarla, y evitar que siga destruyendo vidas, cuesta 750 euros. Un precio demasiado alto que la comunidad internacional no está dispuesta a pagar para que la población que vivió la guerra de cerca pueda olvidar las bombas de racimo.

Pese a que la Convención sobre Municiones en Racimo se ratificará en las próximas semanas, entre el 5% y el 30% de estas municiones se mantendrán activas hasta que alguien, en muchas ocasiones un niño, entre en contacto con ellas y las haga explosionar.

Las víctimas de la guerra de Vietnam fueron las primeras en morir como consecuencia de las bombas de racimo. En ese conflicto, los norteamericanos buscaban impedir el acceso del enemigo a grandes áreas de territorio y hacer frente a un hipotético ataque masivo. La mayoría de los conflictos actuales no se basan en estos objetivos. Conquistar los corazones y las mentes de la población local parece un elemento esencial para ganar las batallas de hoy. Sin embargo, las bombas de racimo se han cobrado 100.000 vidas inocentes de civiles y territorio contaminados.

Estas armas dispersan sus hasta 600 submuniciones sobre un área del tamaño de varios campos de fútbol, lo que impide discriminar entre soldados y civiles. Además, en ocasiones, las bombas, lanzadas desde el aire o desde la tierra, no explotan antes del impacto y permanecen en el terreno. Una amenaza a la que la población tiene que enfrentarse incluso décadas después del conflicto armado y que muchas veces los obliga a abandonar sus tierras.

Los conflictos de Kosovo, Afganistán, Irak y el Líbano son los más recientes en los que han sido utilizadas estas armas. Sólo durante los 34 días que duró guerra entre Israel y Hezbollah en el verano de 2006, más de 4 millones de submuniciones fueron lanzadas en el sur del Líbano. Seis de cada diez fueron a parar a áreas habitadas, causando más víctimas y destrucción que cualquier otro armamento. Pese a sus devastadoras consecuencias, no habrá ningún tratado internacional que impida el uso de las bombas de racimo hasta el próximo mes. Entonces, entrará en vigor la Convención sobre Municiones en Racimo, por la que en más de 100 países estará prohibido el uso, fabricación, almacenaje o transferencia de estas armas, además de la asistencia o el apoyo a otros Estados para hacerlo. Pero no sólo eso. Esta normativa internacional también exige a los países que limpien sus zonas afectadas en un plazo de una década y que destruyan sus reservas de estas armas próximamente ilegales en 8 años.

Uno de los aspectos más ambiciosos de la Convención es el se refiere a las medidas de transparencia. Cada Estado deberá, antes de 180 días tras la ratificación del Tratado, presentar un informe anual de situación al secretario general de la ONU. En este texto, se deberá detallar tanto el número de bombas de racimo que conserva y sus características técnicas como el proceso de desmantelamiento de sus instalaciones.

Uno de los puntos más controvertidos del final de las negociaciones podría echar por tierra el resto de puntos. La interoperatibilidad, es decir, las maniobras militares conjuntas entre Estados miembros del tratado y los que no lo son, ha quedado en el aire. Un asunto que es especialmente sensible en lo que se refiere a Estados Unidos y sus alianzas militares.

Pese a las primeras oposiciones, países productores como Reino Unido, Alemania y Francia se han sumado a este tratado, junto a más de 100 países de América Latina, África y Asia. Un amplio apoyo que podría ayudar a estigmatizar este tipo de armamento y a condicionar su fabricación y uso. No obstante, aunque la Convención sobre Municiones en Racimo suponga un gran paso de gigante en el Derecho Internacional, servirá de poco mientras países como Estados Unidos, que cuenta con el mayor arsenal de bombas de racimo, o Polonia y Rumanía, que poseen y fabrican este tipo de armamento, se nieguen a apoyar su fin. O mientras cientos de bombas sigan escondidas esperando a que alguien las active.

Anaclara Padilla Estrada es periodista. Su artículo se publica por gentileza del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS).

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