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Análisis de interés

Desmontaron la carpa

El autor encuentra una sencilla explicación sociológica a la desproporcionada reacción «patriótico-futbolera» causada por el triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol de Sudáfrica: «la necesidad de amplias capas sociales de identificarse con los ganadores, de sumarse a una colectividad exitosa». Sin embargo, también muestra su preocupación por «el desbordamiento de las emociones patrióticas que han inundado buena parte de nuestros pueblos y barrios» y alerta sobre la «aceptación en el plano de la normalidad social de exhibiciones de nacionalismo español en nuestro territorio, por lo que éste comporta de negación y represión de otras identidades y aspiraciones nacionales».

El circo mundialista, con el pretexto del fútbol, cerró sus pistas el pasado domingo, dejando en Sudáfrica divisas, basura y un aluvión de anécdotas relacionadas con la mercantilización del deporte y el endiosamiento de un puñado de millonarios con espinilleras. Por no dejarme nada en el tintero o apuntarme al discurso facilón del intelectual anaeróbico, reconoceré que el espectáculo del deporte popular por excelencia no me provoca arcadas; es más, me alegra que la Real haya subido a Primera División, y me gusta ver a Messi correr con el balón pegado al pie. Pero ni la alegría ni el gusto aludidos forman parte de mis preocupaciones.

Sí me preocupa el desbordamiento de las emociones patrióticas que han inundado buena parte de nuestros pueblos y barrios con el pretexto de la victoria final de «la roja». No he sentido la tentación de transmutarme en alemán ni en holandés y, más allá del fair play deportivo, tampoco me importa un pimiento que sea la selección española la que haya ganado el Mundial. Por mucho que la hinchada española tenga mal perder y peor ganar, el que vibre con los goles de Villa y las paradas de Casillas, tenía motivos sobrados para celebrarlo; en su casa o en la calle.

De hecho, el que la exaltación patriótico-futbolera haya llegado hasta esos extremos de paroxismo colectivo tiene una sencilla explicación sociológica: la necesidad de amplias capas sociales de identificarse con los ganadores, de sumarse a una colectividad exitosa y de dejarse llevar por la turbia riada que han expandido los principales medios de comunicación. Es gratificante reivindicarse de «la mayoría» y actuar en consecuencia, perdiendo en el camino las dudas, los problemas y la propia personalidad.

Concejales del PP de Bizkaia se fotografiaron junto a la estatua del lehendakari José Antonio Agirre, ubicada en la calle Ercilla de Bilbo y, no contentos con su gesta, se vanagloriaron de ello en Facebook. Cientos de niñatos con banderas españolas se concentraron en los aledaños de sus rutas de alterne de las capitales, e incluso llegaron a confraternizar con la Guardia Civil, como fue el caso de Donostia, en donde espontáneos se encaramaron a los pátrols para vitorear a España y a la Benemérita. Lo sorprendente no es que estas hazañas acontezcan en ciudades en donde el peso electoral del españolismo es superior al del sentimiento nacional vasco. Si hay algo que debe ponernos en alerta es la aceptación en el plano de la normalidad social de exhibiciones de nacionalismo español en nuestro territorio, por lo que éste comporta de negación y represión de otras identidades y aspiraciones nacionales.

Esas manifestaciones de felicidad deportiva son, en Euskal Herria, reflejo o prolongación del avance político e institucional del españolismo? No me atrevo a ser categórico en ningún sentido, pero no me cabe la menor duda de que son respuestas a un estímulo político y a un trabajo ideológico concienzudo del estado. Sentirse español o vasco sería un ejercicio igualmente legítimo si no fuera porque España, como concepto institucionalizado, niega y pisotea a Euskal Herria: tanto el concepto como su materialización política. En eso consiste el orgullo patrio español por excelencia, desde los tiempos de la colonización de América, pasando por los años en que asesinar rifeños o mambises era deporte nacional, o cuando decenas de millares de personas aclamaban al caudillo en la Plaza de Oriente madrileña. Por entonces lo rojo se denominaba «colorado», pero el gesto autoritario y faccioso asociado al escudo, la bandera, el himno y la españolidad era casi idéntico.

El Mundial terminó, regresaron los héroes con la cuenta corriente chorreando euros, y el desmantelamiento de la carpa mediática ha sumido a España en su verano de crisis, paro galopante y fiasco del modelo de estado. Obligados a reinventarse, los parados hablan de fútbol en la cola del INEM.

Ese mismo fin de semana, en cambio, el españolismo se encontró con una marea humana en Barcelona y miles de vascos en Donostia que escenificaban el «bye, bye Spain» de manera contundente. Sin pretender quitarle importancia o valor político a aquellas manifestaciones, sí creo que hay que hacer bastante más para aflojar la tenaza que el Tribunal Constitucional y todo el sistema institucional español suponen para nuestros pueblos. Dicho de otra manera, la movilización popular, sea estrictamente política o reivindicativa, o deportivo-patriótica, es una manifestación periódica o constante que precisa de un complemento ineludible: la conquista progresiva del poder. El Estado español lo tiene, y es omnímodo; en Euskal Herria y en Catalunya las fuerzas soberanistas se muestran capaces de articular mayorías y de movilizar a la sociedad, pero aún están lejos de visualizar el estado vasco o catalán como un estadio accesible. El poder es español o españolista, y la fuerza del contrapoder independentista es pequeña. Hay que replantearla.

En un escenario de crisis generalizada, la vertebración autonómica de España pasa por sus peores horas. El tiempo político actual es, por consiguiente, crucial para cuestionar de raíz la estructura institucional que nos oprime. En el plano de los objetivos políticos, la creación del estado vasco y el diseño de una estrategia capaz de articular mayorías es lo más importante. Y la construcción nacional, en todos los ámbitos, debe regirse por criterios de acumulación y avance.

Siendo más concreto, en lugar de enfundarnos la camiseta holandesa, trabajemos y activemos a jugadores y afición en la consolidación y oficialidad de las selecciones vascas; es mucho más eficaz para luchar contra las incineradoras el llevar a la práctica un sistema alternativo de recogida y gestión de residuos urbanos; y el poder municipal, por su potencial cercanía a la población, por su condición de referente institucional en anteriores estadios de la lucha soberanista vasca (Estatuto Vasco de Lizarra, Udalbiltza), es uno de los ejes, por excelencia, de ese avance al que me refería. Hay que concretar todo ese ideario alternativo.

La única estrategia inasimilable para los estados no es la que tiene como aliento fundamental la respuesta fáctica de «los vencidos», como sostenía en estas páginas el historiador Lorenzo Espinosa. La única que les aterra, más allá del miedo personal de sus esbirros, es la que pone en tela de juicio su entramado de poder y dominación. Y esa estrategia debe tener a una mayoría política y social detrás, activada, confiada, ilusionada con un proyecto y una hoja de ruta clara bajo el brazo. Es una consecuencia a extraer de las experiencias de Argel, de Lizarra-Garazi y de Loiola. La idoneidad de los instrumentos, sea en la construcción nacional, sea en la confrontación con los estados, viene determinada por la cantidad de fuerzas que consigamos liberar y organizar. Pero para ello, antes tenemos que hacer mudanza, y en eso está la Izquierda Abertzale: definiendo su estrategia, reforzando su cohesión, tejiendo alianzas, ofreciendo un proyecto consistente que aglutine una nueva mayoría.

Han desmontado la carpa mundialista y los problemas reales de España se abren paso en la actualidad. Euskal Herria sigue siendo el primero de la lista.

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