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Pensamiento

Cambiar el sujeto o cambiar la sociedad: ¿por dónde empezar?

¡Cómo te vas a casar con un africano!

Un cuadro revolucionario español, totalmente comprometido con la causa de transformación social, al mismo tiempo que milita ba en su sindicato era ferviente amante de las corridas de toros. Un dirigente comunista italiano, por siempre consecuente y para nada sospechoso de traidor a sus principios, al enterarse que su hija noviaba con un siciliano reaccionó diciéndolo que ¡cómo iba a meterse con un africano! Un alemán decía convencido que los pueblos tercermundistas, “primitivos”, debían industrializarse para así, una vez alcanzado un alto nivel de desarrollo con un potente proletariado urbano, poder pensar en su revolución socialista. Un uruguayo miembro de un movimiento político que lo llevó a tomar las armas en nombre de sus ideales, en su casa le pegaba a su compañera. Un mexicano, comprometido luchador social de principios inconmovibles, los fines de semana se emborrachaba y disparaba tiros al aire transformándose en un pendenciero peligroso. Una militante estadounidense, mujer hondamente consustanciada con los ideales revolucionarios, no dejaba de comprarse dos pares de zapatos cada mes repitiendo una cultura de consumo que criticaba por otro lado. Un sandinista nicaragüense, en el medio de su trabajo revolucionario, mantenía relación conyugal con varias mujeres al mismo tiempo y “le tenían” más de una docena de hijos, de los que no se hacía cargo. Un argentino, ejemplar militante socialista, participando en la lucha armada fuera de su país de origen calificaba con notas, al modo de la institución escolar, las conductas “revolucionarias” de sus compañeros de combate en un derroche de ¿paternalismo o autoritarismo disfrazado?

Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito : también en la izquierda asistimos a conductas autoritarias, verticalistas, machistas, racistas. Las disputas de poder en el seno de las organizaciones revolucionarias están presentes; tanto, que ya es cosa común ver la fragmentación –a veces incomprensible– de grupos y más grupos repitiendo prácticas que se supondrían no deberían empañar la ética socialista. Sin dudas desearíamos que todo ello no sucediera, desde las disputas de poder hasta el más irresponsable machismo, desde el despreciable racismo hasta el acrítico consumismo; el supuesto es que en quienes abrazan los ideales de transformación social, quienes dan su vida por una causa noble como es la revolución socialista, esas lacras, esas mezquindades y primitivismos estarían superados. Pero la experiencia nos muestra que no es tan así. Lo cual lleva a preguntarnos cómo se da realmente el proceso de transformación. ¿Quién cambia primero: el sujeto o la sociedad? Lo que significa, con otros términos: ¿qué es primero: el huevo o la gallina?

Los cambios son posibles, sin dudas. Las sociedades humanas cambian, ello es evidente. Muy lentamente quizá, con momentos privilegiados donde las transformaciones se precipitan haciéndose incontenibles, aunque con un ritmo cotidiano enfermantemente lento, y siempre con la posibilidad de retrocesos, de recaídas: ¿por qué, si no, el electorado votaría conservadoras propuestas de ultraderecha, o llevaría al poder a ex dictadores, o retornaría, por ejemplo, un grupo pro zarista en la Rusia post soviética? (sólo por poner algunos ejemplos). Lo cierto es que, aunque lentos, los colectivos humanos van cambiando, siempre se van moviendo. Si bien la relación laboral actual sigue siendo una “esclavitud”, una sujeción enajenante, la división actual del trabajo ya ha superado con creces el esclavismo. Hoy día, pese a que según estimaciones serias se calcula que alrededor de 30 millones de personas en el mundo trabajan en situación de virtual esclavitud (encadenados en más de algún caso, con jornadas de 16 horas diarias en condiciones deplorables), mantener esclavos es ya un delito penado, y todas y todos tenemos como derecho obtenido las 8 horas de trabajo, conquista social irrenunciable. Si existen esclavos en sentido estricto, eso ya es delito para nuestra actual sociedad. Por tanto: cambio ha habido en la historia, aunque el trabajo en relación de dependencia siga siendo una explotación.

Por otro lado, y sólo a título de ejemplo, aunque el machismo aún continúa marcando profundamente las relaciones de género en todas partes, el derecho de pernada o el cinturón de castidad como prácticas sociales institucionalizadas y normalizadas se fueron para no regresar nunca más. Y si bien el racismo –siguiendo con otro ejemplo– continúa hondamente metido en la cabeza de muchísima gente y el Klu Klux Klan no es penalmente perseguido, en Estados Unidos un afrodescendiente puede llegar al sillón presidencial, pese a que 50 años atrás aún se linchaban “negros” en ese territorio de supremacía “blanca”. Es decir: los cambios, más lentos de lo que quisiéramos quizá, se van dando; si no fuera así, el esclavismo, el patriarcado más desenfrenado o el racismo más criminal seguirían como antaño.

Las sociedades se transforman, definitivamente. Tal vez no como uno soñaría, con la velocidad que esperaríamos, con la fuerza y decisión que se podría aspirar desde un planteo revolucionario, pero se transforman. Timoratamente quizá, pero van cambiando. Hay momentos claves que impulsan los cambios: eso son las revoluciones, grandes explosiones, volcanes ardientes que ponen al rojo vivo las cosas, y producen saltos adelante. Luego sigue el ritmo normal: la rutina, el paso a paso, la cotidianeidad gris.

Con motivo de la llegada de los nazis a Austria, a Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, judío de fama internacional, justamente a causa de su celebridad se le permitió salir al exilio no terminando en un campo de concentración en nombre de la “raza superior” como tantos otros hebreos. En el momento de abordar el avión que lo conduciría a Londres, donde fallecería poco tiempo después, sintetizó esto de los cambios sociales con una frase terminante, patética, pero mordazmente exacta: “en el Medioevo me hubieran quemado a mí; hoy día queman mis libros. Estamos progresando” .

En el campo de la izquierda está establecido el debate en torno a cómo producir esos cambios, esas transformaciones: ¿qué debe cambiar primero?, ¿por dónde comenzar: lo individual o lo social? Proceso complejo, sin dudas, que remite a la metáfora –permítasenos decirlo así– del huevo y la gallina. Y ello nos lleva de nuevo a la cantidad de ejemplos con que abríamos el texto: la realidad nos confronta con innumerables ejemplos de recaídas, de sujetos que, abrazando ideales de transformación por los que pueden llegar a dar la vida, continúan sin embargo con prácticas contra las que, se supone, están enfrentados por principios: ¿cómo un revolucionario podría ser autoritario, o machista, o racista, etc., etc.? La realidad, que siempre es testaruda, que no es como uno quiere, nos pone esos interrogantes: se avanza un poco –o mucho quizá– en ciertos principios (las luchas en torno a lo económico y la justicia social, por ejemplo), pero quedan infinidad de contradicciones no resueltas. Se podría alegar falta de coherencia, pero quizá la dinámica es más compleja.

La pregunta sería: ¿ qué puede asegurar que esas recaídas no sucedan? ¿Qué vacuna hay contra todo eso, contra el autoritarismo, el verticalismo, el racismo, etc., etc.? La apelación a la ética, presentada un tanto ampulosamente como garantía del cambio, como freno a todas estas “flaquezas y debilidades”, parece que no alcanza. La moral incorruptible… puede hacer agua fácilmente, tal como los ejemplos dados lo atestiguan. Aquello de “la carne es débil” es una verdad incontrastable. ¿Tan incoherente sería la gente de izquierda entonces? Seguramente el problema es más que una falta de coherencia.

Ahora bien: argumentado de la presente manera, todo esto podría hacer pensar que no hay salida, que estamos condenados a seguir repitiendo eternamente los circuitos de lo que criticamos desde la izquierda, es decir, la fascinación por el poder (que no son sino expresiones de eso todas las conductas mencionadas: el desprecio por el otro, el verticalismo, el racismo, etc., etc.). Las cuales, en definitiva, son aristas de las contradicciones que pueblan nuestra humana existencia. Por lo que, para resumir la pregunta: ¿no hay salida para esta eterna conflictividad de lo humano entonces? ¿Hay que “conformarse” con este destino? ¿Nunca cambiará esa esencia “guerrera”?

Una vez más entonces: ¿qué es primero, el huevo o la gallina? De lo que podemos hablar ahora es del sujeto que conocemos, producto de sociedades basadas en la división de clases a partir de la producción de excedentes económicos. Eso, por cierto, es algo muy nuevo en la historia de nuestra especie: no más de 10.000 años, desde las sociedades agrarias sedentarias. La historia anterior (dos millones y medio de años) se pierde en las tinieblas. Y eso que ahora somos y podemos tomar como nuestra matriz fundante: propiedad privada, patriarcado, competitividad, machismo, etc., etc., todo eso que podemos denunciar como algunas de las miserias que haría desaparecer un gran cambio social… sigue siendo nuestro patrón dominante. ¿De qué otra madera están hechos los revolucionarios acaso? Ese es el punto de partida; luego, no sin esfuerzos, vendrán los cambios.

Aunque resulte feo, chocante, desagradable, incluso hasta supuestamente “desentonado” respecto al ideario socialista y las ideas de solidaridad y hermandad, todas esas “mezquindades” son la madera de la que estamos hechos. En todo caso podríamos empezar por eso: hoy por hoy el sujeto del que partimos, ese mismo que tiene la posibilidad de proponer grandes cambios, es el sujeto sobredeterminado que repite las matrices históricas que lo van moldeando. Es decir: es el sujeto formado en la idea de propiedad privada, en los esquemas patriarcales y machistas, racista, hoy inspirado en el eurocentrismo dominante, cortado por la idea del poder como elemento regulador de todas las relaciones sociales. Pedirle, o en todo caso, más allá del pedido, esperar que por decisión propia, por decreto, por buena voluntad o por inspiración de quién sabe qué, ese sujeto deje de ser esa suma de “flaquezas y mezquindades” –o más precisamente, que deje de ser eso que somos: seres finitos y falibles, conservadores y siempre con miedo ante lo nuevo– es pedir demasiado.

¡Por supuesto que esperaríamos que ningún proclamado “revolucionario” sea esa suma de “flaquezas y mezquindades”!, que no sea contradictorio, que deje de ser autoritario, etc., etc. Pero nuestra humana condición –la experiencia lo demuestra con creces– nos enseña otra cosa: eso somos, y a partir de ahí, quizá empezando por las matrices que son las que nos van moldeando, podemos ir cambiando algo, lentamente, tal como sarcásticamente pudo haberlo dicho Freud. Pero que los cambios sean lentos, imperceptibles a veces, no quiere decir que no sean posibles. Todos tenemos límites, sin dudas. Los revolucionarios tienen límites, ¡y muchos! (¿por qué no habrían de tenerlos acaso?), pero eso no quita de ningún modo que la perspectiva de transformación se asome en el horizonte. Si un militante socialista repite –sin saberlo, por supuesto – todos los esquemas con los que se constituyó, en otros términos: si repite sus límites, ¿no puede al mismo tiempo planteárselos críticamente e intentar cambiarlos? “El límite sólo se conoce yendo más allá” , decía Hegel. Y de eso se trata en una revolución, en un proceso de cambio: si el colectivo forma al sujeto, se trata de cambiar al primero. ¿O habría que esperar a que todos y cada uno de los militantes que aportan su granito de arena para la revolución sean seres libres de contradicciones, de flaquezas y miserias, “perfectos”, para empezar a plantearse luego las transformaciones?

Si tomamos al pie de la letra la pregunta del título de este trabajo, quedaríamos paralizados por siempre. Con un ánimo constructivo, simplemente podríamos agregar que hay que empezar…. por donde se pueda. De lo que se trata es de no perder el espíritu crítico. ¡Ahí está la fuerza!