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Análisis de interés

Mundo desarrollado debe asumir responsabilidad ante fragilidad económica global

El mundo comienza a recuperarse de la peor crisis económica desde la Gran Depresión de la década de los años 30 del siglo pasado, pero lo que se observa hoy es una recuperación a paso de tortuga. Es preciso entonces que los países desarrollados asuman su responsabilidad y coordinen con los países en vías de desarrollo, en medio de la frágil recuperación global.

Como resultado del alto y persistente nivel de desempleo, de la alta deuda pública y de la incertidumbre financiera recurrente, los economistas de Naciones Unidas prevén grises perspectivas para el crecimiento de la mayoría de las economías desarrolladas, según consta en su más reciente informe sobre perspectivas económicas globales.

Preocupa cada día más la posibilidad de que se amplíe de modo exponencial el déficit fiscal y de que la deuda pública devenga una rémora para el crecimiento futuro. Tales preocupaciones están presentes particularmente en los países desarrollados, donde la proporción promedio entre deuda pública y Producto interno Bruto (PIB) podría superar el 100 por ciento en 2010 e incluso seguir aumentando en adelante.

En Europa, las finanzas públicas de muchos países desarrollados, por ejemplo en Grecia, Portugal, España e Irlanda, se han deteriorado rápidamente debido a la crisis y a las normativas que se han ensayado como respuesta.

La crisis fiscal griega ha transitado de una crisis de solvencia en un solo país a una crisis que amenaza a toda la zona euro. El contagio a otros países de la región donde se evidenciaban problemas fiscales condujo a una aguda ampliación de las emisiones de bonos soberanos, el reiterado retroceso en la confianza de los inversionistas para estos países, y a la presión para aplicar un programa de consolidación fiscal cada vez más drástico.

Existe asimismo el riesgo de que nuevamente se amplíen los desequilibrios globales si los países desarrollados no consiguen coordinar sus esfuerzos coordinados con las economías en desarrollo.

Las crisis financiera global y la recesión mundial han conducido a un ajuste recesionista de los desequilibrios en las cuentas corrientes en todos los países, en momentos en que las importaciones caían en picada en los países con déficits (liderados por EEUU) y se derrumbaban las ganancias por exportaciones en la mayoría de las naciones que habían registrado superávits.

Sin embargo, según se aplaca la crisis financiera y se recupera en cierta medida el crecimiento global, los desequilibrios podrían ensancharse otra vez substancialmente. En los principales países afectados por déficits, particularmente EEUU, se han incrementado los ahorros, en consonancia con una mayor cautela por parte de los consumidores, pero no en un margen suficiente para cubrir el creciente déficit fiscal y evitar que se incremente el endeudamiento público. Por tanto, cabe augurar un nuevo despunte del déficit exterior.

El desafío inmediato para los políticos será determinar por cuánto tiempo más debe continuar el estímulo fiscal. Dado el riesgo una recesión de doble dígito como resultado de una retirada prematura, el estímulo debe continuar por lo menos hasta que haya señales más claras de una recuperación más robusta. Las mejoras substanciales en las condiciones de empleo y una reducción de las brechas de producción serán probablemente indicadores significativos para establecer el momento crucial.

De igual modo, se precisa de acometer con urgencia la reforma del sistema financiero global, especialmente en el mundo desarrollado.

La crisis financiera global ha expuesto como nunca antes las deficiencias importantes en la arquitectura financiera internacional, así como las fallas en la regulación y supervisión en los niveles nacionales. Según avanza a tumbos la recuperación de la economía global, los esfuerzos urgentes para reformar los sistemas financieros internacionales y nacionales deben convertirse en punta de lanza para evitar que una crisis similar se repita.

El riesgo de la inestabilidad en las tasas de cambio y un aterrizaje violento por parte del dólar podrían reducirse con la presencia de un sistema global de pagos y reserva, que sea menos dependiente de una sola divisa nacional.

Para colocar a la economía mundial en sendero más sostenible, en una trayectoria más estable y más equitativa de crecimiento, los países desarrollados deben asumir una mayor cuota de responsabilidad y coordinar con las economías en desarrollo.

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