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Análisis de interés

El nuevo mapamundi de la diplomacia china

El presidente chino Xi Jinping inicia una nueva gira, esta vez para participar en dos cumbres (Organización de Cooperación de Shanghai y G-20) que complementará con visitas a varios estados de Asia Central (Turkmenistán, Kazajstán, Uzbekistán y Kirguizistán), zona de gran importancia para China, pudiendo anunciar los lineamentos básicos de su política para esta región. No se aguardan grandes novedades, aunque si una vuelta de tuerca a los mecanismos de integración y generosos ofrecimientos en el orden económico para fortalecer los intercambios.

De nuevo se pone de relieve la significación que el equipo dirigente surgido del XVIII Congreso del PCCh (2012) concede a la acción diplomática en un contexto internacional de extrema fluidez, bastante alejado del “mundo armonioso” y con enormes desafíos para China. Dicha acción renovada combina el apego a su identidad tradicional si bien reforzada con una más firme defensa de los intereses vitales del país a través de la potenciación de una mayor presencia global no solo orientada a impulsar los intercambios económicos, como venía siendo habitual, y la cooperación sino igualmente para ganar proyección e influencia política.

El epicentro de las reflexiones estratégicas en este orden sugiere tanto el abordaje de una innovación teórica en sus postulados a fin de acomodarlos a la nueva situación del país y el tramo final de la posguerra fría con el consiguiente acomodo de principios, políticas y tácticas que fundamenten la nueva posición y el actuar de China en el contexto global, como la especialísima atención a los escenarios prioritarios. En este sentido, cabe esperar en los próximos meses una definición más precisa de los vectores que sustenten la nueva planificación de la diplomacia china, abordada como ese conjunto de órganos, líneas estratégicas, prioridades y acciones que deben sustentar la vía del “desarrollo pacífico”, complemento ad extra del nuevo impulso a la política de reforma y apertura. Si en esta última cabe esperar, tras el pleno del Comité Central de noviembre, la plasmación de una nueva hoja de ruta para su transformación estructural, también en el orden exterior se plasmarán nuevas orientaciones asociadas.

En seis meses de ejercicio al frente de China, el presidente Xi Jinping y otros líderes habrán recorrido miles de kilómetros, con un despliegue sin precedentes que abarca numerosos países de los cinco continentes. Dicha iniciativa, complementada con los encuentros con dirigentes de otros países que han visitado la capital china en el último semestre, conforman los síntomas de ese nuevo esfuerzo.

A pesar de ello, cabe reconocer que Beijing sigue siendo deudor de las relaciones con los principales países y muy especialmente con EEUU. La propuesta de establecer un “nuevo modelo de relaciones entre grandes países” debe contribuir a disipar la desconfianza mutua y abre un horizonte de trabajo intenso para poder apreciar progresos en esta línea. China no desea tener a Washington como enemigo ni rival aunque pueda trabajar en paralelo con otros actores (a nivel bilateral o multilateral) con vistas a promover un nuevo orden político y económico internacional que inevitablemente debe restar poder a EEUU a favor de una diplomacia multipolar y multilateral. Las bases teóricas del nuevo acercamiento sino-estadounidense sugieren evitar conflictos y antagonismos, procurando una relación basada en el respeto mutuo (incluyendo el sistema socio-político) y en el beneficio compartido. Tendrá sin duda en el entorno marítimo inmediato y en la capacidad conjunta para desactivar los contenciosos que lo enturbian su prueba mayor para advertir la viabilidad de tan buenos propósitos en un contexto donde están en juego intereses tan vitales.

La interdependencia de China con el exterior, que irá en aumento pese a la transformación estructural de su modelo de desarrollo –menos dependiente de las exportaciones-, liga estrechamente sus intereses con los del resto del mundo. Ello sugiere un mayor énfasis en la afirmación de alianzas con vistas a blindar en mayor medida sus aspiraciones y a facilitar una progresión a buen ritmo de sus ambiciones estratégicas. Hoy, la Rusia de Putin en tensión creciente con Occidente (agravada con la nueva espiral intervencionista en Siria), parece recuperar una significación llamada a aproximar en mayor medida sus intereses de todo tipo.

Las aristas de esta estrategia de mayor presencia global pretenden limarse poniendo el acento en las bondades del sueño chino, expresión pretendidamente seductora de un anhelo de renacimiento de la gran nación china que solo podría lograrse sin afán de revancha alguna y por la vía pacífica.

El despliegue estratégico que China propone al mundo puede verse en cierta medida contrariado por una agenda que a fin de cuentas no controla, obligándole a definirse permanentemente sobre extremos incómodos a los que sigue respondiendo con calculada ambigüedad. Ello denota que las innovaciones introducidas necesitan aun un tiempo de rodamiento y contraste con una situación internacional que gana en complejidad cada día que pasa trastocando la ambiciosa planificación prospectiva de sus mentores. Pero también que China no dispone aun de la suficiente confianza y potencialidad para librarse del todo del viejo tic de estar muy pendiente de las posiciones de los demás antes de definir la suya propia. Esa naturalidad a la hora de tomar posiciones claras en los asuntos internacionales será el mejor indicador de la madurez de una diplomacia, inevitablemente floja en más de un sentido en el exterior en tanto persistan sus múltiples fragilidades interiores.


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