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Joyitas en la red

Muerte y resurrección de la sociedad

Desaparecen día a día las características que definían al capitalismo burgués, que blasonaba de liberal. La concentración del capital, con el argumento de lograr empresas más potentes y racionales, conduce de modo inevitable a la privatización de la libertad y, por consecuencia, de la democracia. Los límites para la práctica de la libertad y de la democracia están siendo fijados por un número decreciente de actores políticos subordinados a los actores económicos. El capitalismo burgués era otra cosa. Consistía en el crecimiento del número de empresas y en la pluralidad de centros financieros, con lo que se extendía o diseminaba el empleo, el consumo y, lo que es más importante, el mercado intrasocial. El capitalismo burgués tenía un credo fundamental: la libre competencia, que era la expresión de una sociedad con un nutrido y creciente juego de protagonistas, lo que determinaba una cierta distribución del ingreso social y, con él, del bienestar colectivo. Entre otros benéficos logros, pese a su elevado precio humano, la libre competencia creó una clase media que impulsó el consumo, favoreció la libertad y fabricó una trama fundamental de sujetos económicos intermedios que enriquecieron la dinámica intelectual y multiplicaron las expresiones laborales y profesionales.

Con este panorama multieficiente ha acabado el neocapitalismo, que basa su funcionamiento en la apropiación del Estado, agente durante la época burguesa del suum quique tribuere y convertido ahora en herramienta de los grandes poderes mediante legislaciones dirigistas y procederes económicos sui generis. En el marco neocapitalista los beneficios de la capa dirigente están predeterminados y preasignados, una realidad totalmente contraria a la que se pregona desde los intervenidos medios de comunicación, servida además por una enseñanza rígidamente orientada a destruir cualquier alternativa de modelo de sociedad. Esta situación, que se presenta como una luz brillante, actúa a modo de narcótico que inmoviliza durante largos periodos a la opinión pública en una nube de certezas falsas de progreso. El resultado de la vertiginosa reducción de factores sociales en proceso dialéctico nos coloca ante la desaparición de la sociedad burguesa, con sus capas y su orden, y nos introduce en un magma en cuyo seno se produce un movimiento bipolar entre la sumisión deslumbrada de la masa informe y las reacciones violentas y desarticuladas de esa masa cuando se ve acuciada por mil carencias esenciales. En cualquier caso la violencia moral o física pasa a ser el lenguaje habitual.

La destrucción de la sociedad como múltiple estructura orgánica, sustituida por una delgada capa de poder absoluto con una conformación piramidal, constituye el suceso más visible que delata la desaparición del mundo burgués. El neocapitalismo ha substituido la sociedad mútiple y estructurada por una masa confusa, muy extensa y sustancialmente inerte, en cuyo seno sus miembros van degradándose hasta desaparecer como elementos portadores de energía. Esta masificación convierte la vieja sociedad en una simple agrupación de células muertas.

Estamos, pues, ante una nueva sociedad muy reducida de individuos productores y consumidores -la masa no cuenta pues solo supervive marginalmente- que han de ajustar su vida a un ámbito moral y material cada vez más contraído. Este hecho conlleva dos consecuencias: una constante pérdida de diversidad, con el consiguiente recalentamiento por contracción, y una paralela ruina en la invención de vida. Lo evidente es que con la conversión de la sociedad universal en masa heteróclita desaparece la más constante fuente de energía para el funcionamiento de la riqueza.

Al alcanzar este punto el aspecto del colectivo humano es el de un volcán apagado al que rodea la ceniza estéril. Ante la desaparición del primer motor, constituido por el consumo masivo, la sociedad activa se va constriñendo a una capa dirigente en declive numérico que busca una nueva forma de mercado en sí misma y que reduce a seis o siete campos el interés inversor, tales como energías, salud, elementos naturales como el suelo y el agua, telecomunicaciones, armas y transporte. En el fondo esta sociedad tan excluyente entrega su confianza a una sola cosa negociable, el dinero. Al llegar aquí se produce la dramática decisión de convertir en mercancía lo que nunca pasará de ser un puro signo de valor para el intercambio de cosas reales. El dinero es falsificado en su función y pasa a no valer nada ya que tras él no queda prácticamente nada. Esto es lo que demuestra la inestabilidad cataclismal de la Bolsa o el recurso a múltiples violencias para capturar elementos dinerarios que satisfagan la mortal autofagia financiera que caracteriza, por ejemplo, al sector bancario, sin más horizonte que seguir engullendo factores de su misma especie que alimenten el círculo infernal de crear dinero para adquirir más dinero en un circuito que pasa a convertirse en improductivo para la sociedad. Ahora mismo España es el escenario en que dos grandes bancos, el BBVA y Santander, siguen apropiándose de los bancos de su alrededor sin otro propósito que hacer frente a un mecanismo de beneficios que tiene por destino principal distribuir dividendos en una larga marcha hacia la autoconsunción. Ese fenomenal banquete se paga de momento con miles de despidos cuyos afectados eran hasta el presente miembros de una sociedad de consumo más o menos viva y que pasan a integrarse en la gran masa inerte ¿Hasta dónde llegará este proceso de antropofagia? Creo que no tiene ya futuro alguno. En este sentido de ver las cosas se podría afirmar, sin riesgo de equivocación, que el capitalismo es víctima de una globalización a la que el mundo le ha quedado pequeño. Morirá, entre violencias múltiples, por una obvia carencia de economía real. Como un Saturno voraz el neocapitalismo está acabando con sus propios hijos. En el horizonte reaparece consecuentemente un socialismo al que, doctrinalmente asentado en conceptos ya conocidos sobre la propiedad, hay que dotar de una nueva y sólida libertad económica que se sustente en una robusta y justa cimentación colectivista. Hablamos, pues, de una propiedad instrumental. Esto nos coloca ante la exigencia de una profunda moral humanista.

Estamos, pues, en el trabajo de retornar la masa a sociedad, lo que equivale a decir que la resurrección de los pueblos supone un quehacer político y moral ante el que la técnica económica ha de quedar subordinada. La afirmación, tan solemne como falsa, de que únicamente pueden dirigir el proceso corrector los tecnócratas encierra una falacia prevaricadora. Como decía el general De Gaulle «la intendencia ya seguirá».

Cuando se logra una economía humana -en este caso, cuando se logre- la adecuada acción técnica surge por sí misma, necesariamente. Y para que esa técnica conserve su capacidad social bastará un ejercicio éticamente escrupuloso de la misma. El hombre solamente es lobo del hombre cuando es defraudado o cuando se postula la vida como un triunfo constante. Afirmar, por ejemplo, que la empresa privada es per se superior a la pública encierra una corruptela intelectual generada por el segundo lobo con el fin deshonesto de apoderarse de los bienes públicos, creados por el esfuerzo de la ciudadanía común. Cuando los políticos gobiernan con la doctrina de la preeminencia de lo privado no hacen más que proponer una sociedad de colusiones. Esta clase de dirigentes incurren además en la elemental paradoja de decir que trabajan para la nación cuando la nación ha desaparecido. Como ahora.


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