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Pensamiento

La incertidumbre

La incertidumbre es una emoción paradójica: paraliza e incita, infunde temor y esperanza, acarrea desolación y goce. Pero es una emoción que en nuestros días solo se traduce como amenaza. Sin embargo, el origen de la incertidumbre es tan antiguo como la aventura de vivir.

Allí donde se acaba la tierra, cuando uno no sabe hacia donde le conduce el siguiente paso, donde no hay mapa porque los existentes resultan inservibles para un territorio que es desconocido. Cuando no existe referente alguno en el que apoyarse, entonces uno se halla en la incertidumbre. Es entonces cuando se vive la experiencia repetida del Mare Ignotum, el océano desconocido de las antiguas cartografías que señalaban, invitando al miedo y a la transgresión, el lugar donde se acababa el mundo. Porque situada sobre ese horizonte la persona, como el viejo navegante, solo podía extender la mirada desde la frontera de lo incognoscible y experimentar la incertidumbre que despierta lo desconocido.

La naturaleza viva y dinámica, regular en los ritmos, también se muestra caótica e inestable, y por lo tanto imprevisible. Ese no saber qué puede suceder genera incertidumbre. Algo que se ha visto acrecentado en la era atómica con la posibilidad real de las catástrofes y que ha imbuido la mente del individuo de sentidos y emociones apocalípticas. Así, la emoción-sensación de inseguridad persiste y se halla presente en la vida social hoy en día. Constatamos que el individuo contemporáneo es un ser humano sin certezas, por más que su vida, en su aparente quietud rutinaria, se conforma de pequeñas certidumbres, de lugares habituales y encuentros acostumbrados otorgándole la seguridad de reconocerse en lo habitualmente conocido.

La ruptura de códigos y referentes conocidos nos ha traído la incertidumbre, el cambio sin rumbo, con su efecto perturbador, y un ansia generalizada. Ha traído el desasosiego. Así, las creencias y valores que han protegido al individuo desaparecen. La acelerada transformación de la familia tradicional, las ininterrumpidas crisis de todo género (incluida la teledirigida por poderes económicos y financieros) y una política aliada con modelos antisociales, hacen dificultosa la adaptación a los nuevos tiempos. Vivimos en un mundo globalizado que la posmodernidad ha despoblado de certezas, en donde la propaganda y la doctrina publicitaria no ofrecen sino falsas identificaciones y el temor se ha convertido en patrón constante para interpretar la realidad. La duda se ha asentado en la psique del individuo, siendo junto con la conciencia de finitud, la única certeza que poseemos. Del socrático sólo sé que no se nada hemos pasado a ignorar que ignoramos.

Ya no nos proveen de tranquilidad ni las creencias, ni las ideologías. Menos aún los reiterados y embaucadores discursos sobre la seguridad, que revestidos de la idea de la prevención para acabar con el peligro y el enemigo, fomentan en el espíritu de las gentes la desconfianza y la vulnerabilidad. El «por si acaso» o «es mejor prevenir que lamentar» ha sumido, paradójicamente, la mente moderna en la ambivalencia y la amenaza permanente.

La doctrina actual de la previsión interminable de los riesgos, las enfermedades, la muerte o la violencia nos sitúa en la inseguridad por dos razones principales. La primera porque nos impide reconocer y aceptar la presencia de lo imprevisible, el deterioro, el dolor y la desaparición en nuestras vidas. La segunda, porque nos pone en manos de los titulados «expertos»: médicos, políticos, economistas, policía… Toda esa casta de individuos que no han podido prever y por tanto, erradicar el paro, la enfermedad, los desahucios, la corrupción o la guerra.

Asimismo, la estrategia de la homogeneización constituye un intento de crear comportamientos previsibles, en el vano esfuerzo de anular la incertidumbre de la conducta humana. Imprevisibilidad e incertidumbre tienen que ver con lo inesperado, pero esta se diferencia de lo imprevisible en que le mantiene a uno expectante, pues se trata más de una actitud subjetiva que afecta al comportamiento individual. Si bien los hábitos nos dan la sensación de un mundo previsible y estable, la vida cotidiana está llena de incertidumbres solapadas. Siempre nos hallamos deseando y temiendo algo. Pero la incertidumbre no integrada con naturalidad se convierte en un deseo de dominio de lo imposible. Una pretensión esta que se intensifica en épocas de crisis, de fracasos amorosos, laborales u otros. Precisamente, cuando uno se ha desconectado o ha sido arrojado de los habituales referentes conocidos, entonces se fracturan o anulan los límites habituales y se proyecta un futuro ambiguo, azaroso, con sus horizontes de esperanza y, más frecuentemente, de desamparo.

La experiencia de la incertidumbre ha tenido diferentes interpretaciones y respuestas a lo largo de la historia. La idea de amarrar la vida y el comportamiento se manifestaba en los antiguos griegos que dejaban poca elección al ser humano, pues el futuro de cada individuo estaba delimitado por el Destino, divinidad ciega, hija del Caos y la Noche. Las otras divinidades: los cielos, la tierra, el mar y los infiernos estaban bajo su dominio y no podían alterar sus resoluciones. En la misma línea los estoicos consideraban el Destino como aquella fatal necesidad según la cual todo sucedía en el mundo. Dos mil años más tarde el ciudadano occidental fundamenta su existencia en elementos externos que lo mantengan al abrigo de la inconsistencia. Son los dogmas, creencias e ideas que ocultan la incertidumbre, proporcionando la apariencia de un mundo de certezas. Un logro que acarrea, simultáneamente, todo un mundo de peligros ante cuanto se sitúa fuera de su ámbito, al tiempo que ahoga la posibilidad de vivir toda experiencia subjetiva al someter al individuo a una «verdad» fija. Sabemos que cuando uno se adscribe o se identifica con un objeto externo, más que vivir se sueña. Fabrica un nicho donde cree ahogar sus preocupaciones, tomarse un respiro, aliviar la angustia siempre latente, descargar la pesada carga del no saber ante el siempre incierto movimiento de la vida. Algo contradictorio con el ansia de libertad, sobre todo porque, como dice F. Pessoa: «Toda alma digna de sí misma desea vivir la vida en extremo. Contentarse con lo que le dan a uno es propio de esclavos. Pedir más es propio de niños. Conquistar más es propio de locos».

La concepción dominante, sin embargo, camina en sentido contrario a estas palabras de Pessoa, pues bajo ella subyace una prohibición solapada, una complicidad que se extiende a todos los órdenes de la vida y aúna al colectivo en la ignorancia que simula seguridad. Es la institucionalización irracional de lo estable y lo permanente, que oculta la innegable experiencia humana de la impermanencia cada vez que afronta la incertidumbre en la vida cotidiana o el hecho de la pérdida y la muerte.

La incertidumbre guarda intriga, recelo, una cierta desconfianza. Le hace sentir a uno inquieto, indefenso, vulnerable. Desbarata la viveza del presente. Y, finalmente, ubica mentalmente a quien la padece en lo venidero. Es difícil integrarla con naturalidad pues se sitúa en el tránsito del deseo no cumplido y el temor difuso. Es un movimiento, un vaivén, un trance en el que mostrarse sereno es un arte difícil. La incertidumbre es la antesala de lo nuevo, pero no es lo nuevo.

Por ello no nos queda sino aprender a vivir de este destino o, como sucede a aquél que no duda pues conoce lo real, elegir la libertad de no esperar nada para sentirse entero, en paz. Es decir, aprender a ignorar la incertidumbre, contener el deseo y esquivar el temor para penetrar en la quietud del presente que dispone a la reacción más lúcida y eficaz ante los avatares de la vida.


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