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América Latina

La ruptura entre Rusia y Georgia es irreparable

El presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, fue recibido al fin en el Despacho Oval de la Casa Blanca por Barack Obama el pasado lunes, 30 de enero.

El presidente estadounidense estuvo evitándolo desde el año 2009, dando a entender así que no iba a pasar por alto la responsabilidad de Saakashvili por la guerra ruso-georgiana de agosto de 2008, y eso que oficialmente EEUU siempre apoyó a Georgia como la víctima de una guerra de agresión por parte rusa.

Además, Obama no podía olvidarse de que el líder georgiano había apostado en las últimas elecciones por su rival, el senador John McCain, quien habló de Saakashvili como de un amigo, criticando a Rusia de la manera más irreconciliable. Sin embargo, entendiendo que Georgia puede ser un socio estratégico listo para prestar apoyo a EEUU en el Cáucaso, Washington nunca rompió relaciones con Tbilisi, mandando allí a su vicepresidente Joe Biden y a la secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Las relaciones ruso-georgianas siempre han sido difíciles y casi quedaron rotas a raíz de la guerra de los cinco días. Las protestas de Tbilisi contra la entrada de Moscú en la Organización Mundial de Comercio (OMC) hace tan sólo un medio año parecían insuperables, ya que estaba sobre la mesa el estatus de Abjasia y de Osetia del Sur. Sin embargo, como mencionó recientemente en su discurso el presidente ruso Dmitri Medvédev, en el curso del último año hubo un cierto avance en las relaciones: las partes alcanzaron un compromiso que permitió la entrada de Rusia en la OMC, fueron reiniciados los vuelos entre las dos capitales y se celebran negociaciones para la vuelta de las mercancías georgianas al mercado ruso. Con todo eso, dicho progreso no altera la situación en general: Rusia y Georgia siguen como Estados adversarios, y no se vislumbra solución alguna al problema de los territorios reconocidos como Estados independientes por Moscú. Los múltiples intentos de diferentes instituciones europeas para el reinicio de las relaciones entre los dos países han resultado inútiles hasta ahora.

Desde los principios de los noventa Georgia viene intentando establecer relaciones más estrechas con EEUU y la OTAN: las relaciones con Rusia estaban empañadas por los complicados conflictos en torno a Abjasia y Osetia del Sur, que se remontan a tiempos pasados, así como por el problema de la presencia de los terroristas chechenos en territorio georgiano a principios de los 2000. Pero hubo una razón aún más seria. La Georgia de Mijaíl Saakashvili pretende crear una alternativa conceptual a Rusia, mostrar un ejemplo de una ruptura absoluta e irreparable de relaciones históricas y culturales con un vecino poderoso.

A pesar de ser un hombre impulsivo y a veces poco correcto, Saakashvili siempre sabe a qué puede aspirar. La esencia de su experimento consiste en una reforma forzada de la nación y ahí el presidente de Georgia subestima a su pueblo, creyendo que hace falta obligarlo a vivir correctamente y a trabajar de manera eficiente. El enfoque de Saakashvili y su equipo, muy joven en su mayoría, se acerca, por su metodología, al de los bolcheviques pese a llevar una marca liberal. Los fuertes ánimos anti rusos no son una meta sino un medio. La decisiva ruptura con Rusia y con la profunda tradición cultural conjunta les parece a los líderes georgianos el mejor método de la reconstrucción nacional.

A diferencia de las demás ex repúblicas soviéticas, centradas en un mito histórico nacional, Georgia apenas presta atención alguna a la historia. Saakashvili entiende que el apelar a la historia, incluso interpretándola de manera anti soviética y anti rusa, puede impedir el proceso de superación de la tradición. En dos palabras, a los georgianos se les ofrece olvidarse del pasado para que sus fantasmas no impidan a la construcción de un futuro feliz. Al mismo tiempo, es patente el contraste entre el Estado y la Iglesia Ortodoxa Georgiana, una institución muy respetable en el país y orientada a la tradición.

De hecho, Georgia está plasmando reformas radicales y profundas, cuyos resultados se pueden ver sin la ayuda de la impertinente autopromoción del gobierno georgiano. Las instituciones estatales que funcionan ahora de manera impecable habrían sido imposibles en base de lo que representó antes la mentalidad georgiana. Otro logro asombroso es la erradicación de la corrupción entre la capa baja de la población, si bien es cierto que al mismo tiempo se habla mucho del crecimiento de la corrupción arriba del todo.

Pero Georgia carece, en la práctica, de lo que está utilizando como su marca principal en el mundo: la democracia (a propósito, Barack Obama volvió a llamar Georgia “el modelo de democracia y transparencia”). Mijaíl Saakashvili construyó un Estado autoritario, cuyo órgano principal es el ministerio de Asuntos Interiores, que ejerce un control constante sobre los ciudadanos, lo que tiene tanto sus pros como contras: el funcionamiento escrupuloso del aparato estatal, por un lado, y la posibilidad de suprimir eficazmente cualquier actividad opositora, por el otro.

Hay que hacer notar que dentro de Georgia no se habla tanto de democracia, es un tópico sólo para la exportación. Hoy el presidente georgiano apela en el público a las experiencias de Mustafa Kemal Atatürk y Lee Kuan Yew. El primero acabó con la Turquía tradicionalista, apostando por la modernización autoritaria pro occidental, y el segundo llegó a ser el ’Padre de la patria’ de Singapur creando una nación exitosa desde el cero. Dichos ejemplos hacen pensar que Mijaíl Saakashvili no se dispone a dejar su puesto una vez acabado su mandato presidencial en 2012.

Es difícil evaluar los logros económicos de Georgia. Las reformas liberales mejoraron el clima de inversiones; y las ciudades renovadas, como el hermoso puerto de Batumi, no dejan de impresionar. Pero es imposible ocultar la pobreza de las masas, y la privatización total brindó resultados mucho peores de los esperados. Mijaíl Saakashvili acertó en “vender” la derrota en la guerra con Rusia: el dinero prestado por Occidente para la reconstrucción cubrió las pérdidas y permitió continuar con las reformas, en particular pagar un salario alto a la policía, que así no toma sobornos de verdad. Pero el reverso de esta moneda son las deudas externas.

Al mismo tiempo, la derrota militar, si dejamos aparte la pérdida del prestigio, permite que Georgia viva más tranquilamente: Rusia ya no tiene esta palanca de presión, pues lo peor ya ha ocurrido. El enfoque bolchevique del gobierno está polarizando la sociedad y dando muchos motivos para el descontento, pero la activa juventud puede encontrar trabajo. La nueva Georgia se construye para los jóvenes, formados conforme a las nuevas ideas. Los descontentos son la gente mayor o de edad media, pero esto se considera como algo natural e inevitable.

Las expectativas de Rusia de que los rotundos fracasos de Saakashvili, ante todo la derrota militar del 2008, lleven al colapso de su régimen han fallado. Las autoridades georgianas están cambiando el país activamente, y con el paso del tiempo la sociedad georgiana se aleja cada vez de la rusa. Cada vez queda menos margen para el acercamiento. Pero también es verdad que la base socioeconómica de Georgia es tan frágil que el éxito nunca puede estar garantizado.


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