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Análisis de interés

En 2012 la Primavera Árabe podría adquirir residencia permanente

A principios de enero, se cumple el primer aniversario del estallido de la Primavera Árabe, como también se conoce a la serie de revueltas regionales que comenzaron con la Revolución del Jazmín, en Túnez. Estos sucesos no terminaron con el año 2011, pues todo apunta a que continuarán en el nuevo año, como parte de un proceso cada vez más regular. En pocas palabras, que 2012 promete ser otro año de disturbios en el mundo árabe.

Actualmente, todo los ojos están sobre Siria, cuyo futuro parece opacado por una marejada de cruentos choques, que han dejado la cifra de más de 5.000 muertos, mientras se mantiene la firme decisión de la oposición de tomar el poder, se consolida la intervención de la Liga Arabe y crece el rechazo al actual régimen por parte de las potencias occidentales.

Tras extenderse a Siria, las revueltas árabes han transitado de una revolución popular por el derecho a la subsistencia y los derechos democráticos, a una lucha intestina entre sectas religiosas e intereses geopolíticos. De los enfrentamientos derivados de las contradicciones domésticas se ha pasado a choques propiciados por las fuerzas de intervención regionales y al apoyo de éstas a alguno de los bandos en conflicto. La avanzada occidental y sus acólitos se empeñan sin recato en derribar al régimen de Bashar al Assad y en escindir la unión Siria-Irán, para aislar a Irán y someterlo.

Túnez, Egipto, Libia y Yemen han experimentado cambio de régimen, pero tampoco Bahrein, Jordania y Marruecos, e incluso Arabia Saudi y Kuwait, han quedado incólumes en esta ola de protestas. Los conquistadores del poder, los funcionarios recién nombrados y otros dispuestos a tomar el poder encaran los difíciles problemas de estabilizar su mandato, castigar a sus enemigos políticos, restablecer la igualdad y la justicia, y recuperar la economía y la vida normal de sus pueblos. Quizá la sociedad árabe, que parece ceder en sus previas políticas de mano de hierro, esté pasando a la de guantes de seda, y deba resignarse a quedar atrapada en un ciclo de “revueltas democráticas” que traerán aparejados frecuentes cambios del poder y el estancamiento económico.

Los súbitos cambios en el mundo árabe han dado origen a un resultado inesperado: el ascenso al poder de las fuerzas islamistas por medio de las urnas, en procesos limpios y abiertos, luego de ser vilipendiadas por largo tiempo. Lo que ocurre parece ser una reacción largamente acunada contra el excesivo secularismo y occidentalización de los regímenes derribados, a favor de un regreso natural a la cultura tradicional, a la que parecen aspirar las masas populares.

No hay que olvidar, empero, que los gobiernos y aspirantes islamistas experimentaron derrotas en la década de los 90, como sucedió con el régimen del Talibán en Afganistán y el régimen islamista iraní, sometido a serias presiones sociales. En consecuencia, los recién llegados bajo el mismo signo deberán emprender nuevos caminos, en busca de modalidades que les permitan fundir lo tradicional y lo moderno, lo oriental y lo occidental, y adaptarse a los esfuerzos por el desarrollo y despegue de sus naciones. El resto del mundo, mientras tanto, deberá acatar la opción que los pueblos árabes decidan con el más libre de los albedríos.


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