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A Debate

Cinco falacias “indiferentistas” contra la Jamahiriya libia

Requiem por un Pueblo

Circulan muchas entelequias sobre Gaddafi y la Libia anterior a su asolamiento por el bloque imperialista sionista-anglosajón + el frustrado proto-bloque franco-alemán, que no tiene, por el momento, más remedio que auto-cuadrarse en calidad de apéndice “revoltoso” tras el primero. Algunos de estos sofismas resultan fáciles de deshacer.

1ª FALACIA O EQUIVOCACIÓN. Gaddafi habría sido un entreguista que habría convertido a Libia en el yacimiento petrolero de despensa de Europa : esto es un equívoco, inconsciente o deliberado. Ahora sí entran al trapo, en carrera fratricida si hace falta, las petroleras de medio mundo, incluidas brasileñas. La jamahiriya negociaba con "su tesoro" e intentaba sacarle rendimiento (estaba forzada a ello). Hay una diferencia cualitativa entre eso y el expolio de recursos, por ejemplo, con el petróleo en Siria, donde los yacimientos del nordeste del país fueron “concedidos” a petroleras anglo-holandesas: Total y Shell. La jamahiriya era soberana de su petróleo, planificando su negocio y entablándolo con los negociantes del mundo (¿qué otra cosa se puede hacer con ellos?).

Estas políticas de gestión táctica reflejan, una vez más, la actualidad de la dialéctica hegeliana a propósito del Amo y el esclavo, puesto que son, en última instancia, los países opresores quienes son grandes dependientes de los “países dependientes”. Cuando estos últimos disuelven su posición dependiente -sometida- (crediticia, comercial, militar, agraria, de importaciones, de capitales físicos y tecnología…) gracias a medidas de Política Económica emprendidas hacia la soberanía aun relativa, en ese punto empieza a voltearse la tortilla y se destapa quién tiene en el fondo la sartén por el mango. Esta dialéctica se observa clara si nos fijamos en la Venezuela bolivariana, donde las filiales que PDVSA tiene actuando dentro de los Estados Unidos cosechan por término medio cuatro veces lo que la empresa matriz en volumen de ganancia anual. Los monopolios USA y sus gestores de Estado se muerden los nudillos, pero se lo tienen que tragar sin remisión. Sueñan un futuro próximo sin Chávez, y sin embargo dependen de su petróleo de modo que, más allá de la propaganda y las amenazas, ponen la alfombra roja a sus cotizaciones e inversiones. ¿Es esto hacerle el juego al Imperialismo por parte, por ejemplo, de Chávez?. ¿Lo fue por parte de Gaddafi?. Se puede discutir y creo que en cierto modo sí lo es, pero desde luego no se trata de entreguismo ni de vender patrias.

¿Y por qué digo entonces que sí lo es relativamente?. Pues porque Gaddafi, igual que Chávez ahora, se durmió sobre su petróleo en lugar de insertar esas ganancias en un ciclo expansivo soberano de las Fuerzas Productivas propias. En Venezuela, la supuesta burguesía productiva nacional revolucionaria, en realidad no ha venido haciendo otra cosa que desmantelar el viejo tejido industrial. Hace quince años, era aplastante el dominio venezolano en la lista de las 1.500 mayores empresas de América Latina. Ahora ese puesto lo ocupa Brasil.

Haber empleado el petróleo para diversificar la economía, o al menos para descolonizar la producción fabril en lugar de para desmantelarla sin más, se habría traducido en una posición política muy interesante por parte de Venezuela en su confrontación con USA, ya que la cuna de Bolívar habría podido permitirse presionar al imperialismo yankee, hacerle daño, cerrarle el grifo. No ha sido así y, en cambio, el Estado venezolano ha profundizado en el despliegue de una burguesía burocrática de nuevo cuño, que engrasa su propia maquinaria a base de petróleo y que depende así de sus enemigos, pues es justamente entre ellos -entre sus Bolsas, sus Reservas energéticas Nacionales, su automoción, su acopio de petróleo con vistas al respaldo monetario al $- que ese monopolio de Estado goza del más suculento terreno para la inversión. A su vez, el tejido asistencial, educativo, sanitario… en expansión, tienen los pies de barro, sujetos al petróleo y con él a sus fluctuaciones, a los “movimientos” imperialistas en países terceros, etc. ¿Y qué decir del estrecho ligamen que condiciona el poder adquisitivo de masas, así como las mercancías subvencionadas y sucesivas políticas para fijar controles sobre los precios, a los derroteros en el tráfico con petróleo?: el reduccionismo ha falsificado todo un potencial de logros reales, en logros aparentes -armas de doble filo con “retroactividad”-, desde el preciso momento en que la base material para el aprovisionamiento social no procede de haber cultivado la soberanía productiva y con ella de un ajuste de los precios al valor mercantil (emancipación respecto de la especulación internacional). Sino que procede de ir trampeando la Ley del valor a golpe de talonario; proceder ficticio que tarde o temprano acaba estallando y tiene que verse compensado con ciclos de políticas anti-populares.

Por su parte, la jamahiriya fue concentrando el desarrollo de las Fuerzas Productivas en unos pocos sectores, tales como la industria de electrodomésticos, la construcción e -insuficientemente- agronomía y soberanía alimentaria, mientras se alineaba, aun sin pertenecer al bloque soviético, en calidad de núcleo de bombeo petrolero en la división internacional del trabajo orquestada por la URSS. Ese sí que fue el único acto de entreguismo pro-imperialista que Libia hizo; pero jamás a USA ni a Europa, sino a la super-potencia revisionista.

La cuestión no es que la Libia “de Gaddafi” haya vendido su petróleo aprovechando, con vistas a financiarse, la voracidad depredadora imperialista de oro negro. La cuestión es que ese comercio debería haberse sucedido en clave de emplearlo a modo de instrumento con que alimentar otra finalidad: desarrollar la producción de medios de vida y también de Medios de Producción. Pero el petróleo mismo ha sido el fin; ha sido el “medio” por excelencia del que vivir y consumir mercancías, más que puente a la compra de Factores de Producción, de tecnología, de conocimientos en I + D, de secreto industrial puesto a la venta, etc.

Es tautológico decir que se hizo lo que se pudo, o lo que se creyó poder hacer: no existe el libre albedrío (es un mito cristiano). El mosaico putrefacto de bases de la OTAN en el arco mediterráneo, la proximidad a las costas de la ex-metrópoli italiana, la orografía y clima libios que hacían complicado el desarrollo completo de la soberanía alimentaria, la exhibicionista “vocación” yankee de ser “potencia hegemónica universal”, tal y como el supremacismo mesiánico de la Administración Reagan se ocupaba en dejar claro golpeando a diestro y siniestro del Planeta (Libia en la lista)… Todo jugó su peso, pero hechos son hechos y, en parte de aquellos polvos, vinieron estos lodos: décadas funcionando como una pieza en el universo revisionista del tráfico mercantil, habían enquistado a Libia en la dependencia técnica productiva (no así en la extractiva ni en la infraestructural, arquitectónica, agrícola o urbanística, todo hay que decirlo). Cuando la burguesía burocrática soviética desmantela sus oxidadas formas económicas y las reemplaza por las actuales, a Libia empiezan a faltarle piezas, repuestos, ingenieros de ciertas ramas, maquinaria… Tendrá que arreglárselas, pero el problema es que durante años no ha necesitado producir productores especializados, y esa falta de auto-suficiencia hará de Libia un exquisito bocado para el social-imperialismo chino, quien ha venido haciendo de Libia una de sus plataformas de entrada a Africa ávido a la firma de contratos extractivos y a la exportación de capitales físicos (penetrando con ellos en Libia sin ir más lejos). Sus competidores USA y europeos reaccionarán como sabemos; cual perros que trituran para mantener a recaudo el hueso que siguen royendo dispuestos a llegar al tuétano.

Tenemos, pues, que, englobando a la contradicción imperialismo-países oprimidos, opera más profundamente la contradicción inter-imperialista, con la competencia chino-occidental como telón de fondo al genocidio practicado sobre Libia. Añádase a ello una rebelión popular real primigenia, que no tuvo nunca más horizonte político que el de forzar traslaciones y hasta nuevas hegemonías en una correlación de fuerzas inter-tribales que, en la estructura asamblearia de co-decisiones, determina líneas distributivas de renta. ¿Sus primeros protagonistas?. Crecientes sectores populares que se ven con problemas adquisitivos, frente al alza de los precios alimenticios y al alza en los precios de capitales agrícolas como abonos químicos, tecnología para tendidos de riego a gran escala…, provocada por la especulación bursátil con cosechas y trasladada, a Libia y a otros países dependientes, de la mano de los asesinos propietarios sobre el tráfico mercantil de cosechas (el BBVA, Iberdrola, el Banco de Santander…, entre ellos).

Recordemos, para el caso, que el salario medio real (no el nominal) libio no había experimentado crecimiento alguno a lo largo de una década; no porque Gaddafi o los delegados gestores de la política libia fueran malos o buenos, o los subieran o no…, sino porque no hay dos sin tres: el valor real de las unidades dinerarias circulantes en un país es correlativo al PIB de ese país y, aunque Libia disponía de la renta per capita más alta de Africa, el subdesarrollo en materia de inversiones industriales productivas de Capital soberano, al final acaba pesando, por mucho lastre que dé de sí la renta petrolera. Este déficit en la producción no justifica, hay que decirlo también, la inflación en materia de mercancías básicas, pues la causa última de este ascenso anida en las “salidas” paliativas a su crisis adoptadas por el Capital internacionalmente (como la mencionada especulación con las cosechas vía Bolsa de Chicago). Pero sí llovió sobre mojado en Libia, tratándose de un país con escasa producción soberana de valor (en mercancías) y donde, por tanto, el valor salarial se enquista o decrece en la medida en que lo hace el valor producido, representado por las unidades monetarias que a su vez representan al salario.

2ª FALACIA O EQUIVOCACIÓN. Gaddafi habría sido un lugarteniente del Imperialismo dadas sus relaciones con los gobiernos europeos, su comunicación con Obama, etc., además de su privatización aplicada sobre ciertos monopolios estatales, que habrían pasado, algunos de ellos, a manos imperialistas.

En cuanto a la primera parte de este enunciado, señalar que una cosa es el fondo y otra el ritual político. En éste último, la idiosincrasia (árabe de herencia beduina para el caso) goza de un lugar importante. La mirada llamada “occidental” se encuentra marcada por un contexto de voraz competencia inter-imperialista donde las guerras son con vistas a destruir Fuerzas Productivas y a ocupar mercados para los capitales substitutivos propios. Y donde, en tal medida, “las viejas buenas maneras” militares en lo que se refiere al trato entre ejércitos y hacia “población civil” fueron tiradas definitivamente al “cubo de la basura de la historia” en cuanto el blanco de la racionalidad bélica pasó a ser la nación entendida como condensación de Fuerzas Productivas competidoras (la Fuerza de Trabajo entre ellas); y no ya unidades militares en avance y despliegue a la carrera por preservar o por hacerse guardianas de territorios-mercado de consumo final.

Desde esta mirada “occidental” resulta, por tanto, paradójico, cuando no “incoherente”, asistir a la cortesía de que Gaddafi daba muestra para con su enemigo. Piénsese en esto: como “la barbarie de las ideas debe preceder a la barbarie de los hechos”, la racionalidad aniquiladora brutal “civil”, “social”, “infraestructural”, “industrial”… (el enemigo tomado como Fuerza Productiva que no tiene cabida en el marco capitalista sobre-productor de capitales), es decir, la racionalidad inherente a la agresión imperialista y a la guerra inter-imperialista, tiene que fabricar una representación monstruosa del enemigo -destruirlo previamente en la mente humana del espectador-, con que justificar su propia barbarie hiper-destructora. Al lado de este proceso, las escenas de Gaddafi tratando con humanidad al inhumano enemigo imperialista, son de difícil comprensión y digestión, e incluso pueden llegar a tomarse por lo que no fueron: complicidad.

Por lo demás, la piedra pequeña queda pulverizada al chocar contra la roca gigantesca y, en cambio, el agua pasa envolviéndola y sigue su curso. Libia tenía que trazar con las potencias imperialistas su particular y delicada “calma tensa”, lo que no significa tregua, ni paz (imposibles bajo el capitalismo), ni finalmente tampoco significa olvidar que “no se puede confiar en el Imperialismo ni un tantito así”, tal y como el Che recordara. Al contrario: entre ofrendas y hospitalidad, las relaciones no dejaban de alojar la guerra, por los únicos medios que puede hacerla en un momento dado el pequeño amenazado, y esto es por medio de emplear la competencia inter-imperialista en ofrecer lo que se tiene, petróleo en este caso, como moneda de auto-defensa. En ello consistió la táctica de hacer negocios, pero siempre favoreciendo las alternancias, y nunca favoreciendo la escalada inter-imperialista hacia el monopolio de Tratados, a fin de arrojar a la mezquindad contra la mezquindad y generar paz para Libia generando en unos y otros vampiros la expectativa de culminar como favoritos definitivos en el comercio con el oro negro que tanto necesitan. Crear un parachoques a base de jugar a excitar la codicia babeante en las fauces de los enemigos de sus enemigos es todo lo que Libia, en su particular ubicación geopolítica, podía ir creando. Recuérdese el encuentro chino-estadounidense entre Mao y Nixon en un contexto geopolítico caracterizado por la escalada de posiciones en Europa por parte del social-imperialismo soviético.

En cuanto a la segunda parte de la falacia, esto es, a la penetración imperialista, sobre todo gala e italiana, sobre ciertos sectores infraestructurales que habían sido estatales, solamente decir que la dependencia libia en ese terreno no empieza con ese cambio de titularidad jurídica en la propiedad, sino que se remontaba a los tiempos de la dependencia respecto de la URSS. Aunque el Estado podía sufragar con petróleo los gastos en la reproducción de ese tendido de monopolios, ya dependía de los suministros soviéticos de Capital Fijo a cambio de Capital Circulante (petróleo, gas) así como a cambio de pliegue a sus condiciones comerciales, políticas, etc.

Si se quieren encontrar las raíces de la dependencia tardía libia respecto de capitales foráneos, por favor piénsese en aquella otra dependencia anterior: el lastre que Libia arrastraba se contaba en ausencia de formación de capital humano en ciertas áreas clave, en ausencia de capacidad ingenieril para la producción de Capital Fijo, etc. Cuando el Amo se re-ordenó a sí mismo con la entrada de la década de los noventa, la nada se reveló al desnudo. Ese proceso se dio, exactamente igual que la actual profunda crisis estadounidense cala hasta los huesos en su globosfera de Estados capitalistas como el español, velador de un Capital financiero nacional estrechamente dependiente de las inversiones crediticias norteamericanas a cambio de diseño unilateral (FMI-USA y UE-Alemania) de condiciones sociales y laborales garantes de rentabilidad para los negocios de la oligarquía española y para quienes desde NY, Berlín y París invierten en esos inversores. Por tanto, queda volcada sobre el tapete la disonancia entre propiedad jurídica y propiedad real sobre algunos sectores económicos, de la que Libia adolecía desde la Guerra Fría por su ubicación frente a Europa-OTAN y por su necesidad de entablar alianzas con el otro bloque (reconocimiento que no implica justificar cómo fue trazada concretamente por la jamahiriya esa ineludible política de acercamientos y de acuerdos).

Así, a lo largo de las últimas décadas Libia ha estado girando en la espiral de unas relaciones con el Imperialismo “occidental” que, aunque ciertamente se hallan en la misma antípoda racional-estratégica de poder haber sido calificadas de “entreguistas”, sí es verdad que fueron armando una ligazón dependiente en Medios de Producción, en Fuerza de Trabajo técnico-especializada, en abastecimientos y en mercancías para el consumo final, a cambio de sumirse en ir tirando de “la gallina de los huevos de oro” petrolera. Verdad es también que la política libia dio un giro de 180º soberanista en los últimos años, produciéndose la rescisión de “contratos” abiertamente desfavorables con Suiza, Holanda, Italia, Francia… Pero la dependencia real contraída, y enquistada, no se supera fundamentalmente invalidando firmas en los documentos; exige desarrollar Fuerzas Productivas, desarrollar nuevas Relaciones de Producción y subvertir la División del Trabajo Social. La infraestructura material y de asesoría para acometer cambios en este sentido fue buscada en China, Estado imperialista que no da duros a cuatro pesetas, sino a bastante más. Empezaba así a cerrarse el círculo de nuevas relaciones de dependencia, con el añadido de poder emplear a Libia como Cabeza de Puente “pan-africana” al servicio de los designios chinos sobre el Continente, algo que los decadentes viejos apoderados imperialistas no iban a consentir.

3ª FALACIA O EQUIVOCACIÓN. Habría que apoyar la rebelión por ser portadora potencial de la Nueva Democracia en Libia, o por significar al menos la apertura de una brecha a la que aportar una tendencia que pudiera desembocar en Nueva Democracia. Se trata de un “error” dimanado a partir de cierta interpretación sobre el carácter tanto de los acontecimientos como de su contexto; interpretación esgrimida por una mayoría de grupúsculos trotskistas y neo-izquierdistas (quienes han hablado en todo momento de “democracia” y “democratización” en abstracto, concepto irreal divorciado de problematizar cuál es el carácter de clase de una u otra democracia). Conociendo al revisionismo, no es novedad escucharles y leerles invocar a un supuesto “Progreso” histórico abstracto cuya línea estaría siendo cursada por un “movimiento democratizador” de la sociedad (en general).

Lo que sí es, en cambio, problematizable, es que lecturas parecidas se hayan dado dentro del campo M-L y en medios próximos al Pensamiento Mao Tse-Tung, habiendo recurrido los últimos casos al concepto de “Nueva Democracia” a la hora de nuclear tanto sus antipatías contra la jamahiriya como sus expectativas en relación a una toma popular del poder político.

Vale decir que los camaradas comunistas, por contraste a los trotskistas, han estado lejos de flipar en colorines con espejismos evocativos a una “pureza” apriorística del movimiento, a una “sabiduría popular” metafísica precipitándose a consumarse en “Revolución social” en caso de impedir los sedicentes “revolucionarios” su “tergiversación” o su “corrupción” psicológica de masas a manos de Variables manipuladoras foráneas, etc. Por lo general se ha apreciado con cierta claridad la dialéctica inmanente al asunto: se trata de movimientos que, si culminan en ser reaccionarios, es fundamentalmente debido a su propia inercia afirmativa que busca hacer valer, en el plano político, ciertas características de identidad o de grupo con capacidad de intervención política mermada, lo que les arroja en brazos de “postores” a quienes esos sectores ven capaces de interceder “por ellos” y así amoldar a sus expectativas unas reglas del juego nuevas, o al menos reformadas, y en cualquier caso favorecedoras.

Partamos de la base real de que, ni la jamahiriya ni ningún Estado donde la racionalidad objetiva inscrita a la producción sea al fin y al cabo conjugar valores disponiéndolos a la valorización mercantil y a su ingreso, circulación, asignaciones, subvenciones…, podría librarse de ver su vida social ajetreada y afectada por las leyes económicas capitalistas (genuina Dictadura del Capital autónoma más allá de la voluntad, de la conciencia o de la “bondad” superestructurales). Y, en efecto: si todo el horizonte existente es el de mejorar o el de “estabilizarse”, el de bien-integrarse, y en esta carrera darwinista animal que es la competencia capitalista, es decir, la guerra de todos contra todos trasladada al plano político, el mejorar o el posicionarse implican necesariamente dominar y prevalecer…, entonces inevitablemente los insurrectos van a ir a mirarse en un espejo que les devuelve mecánicamente su imagen actual fáctica de sujetos cosificados según características estructuradas en última instancia por esa misma infraestructura material que les ha llevado a revolverse. Y esa imagen suya es la que van a tomar por horizonte, pues ella consta de características, de recursos materiales, de componentes identificativos, de líderes pre-existentes, de códigos ideológicos e interpretativos…, que son todos ellos capitales con que poder cohesionarse, organizarse y competir por cuotas de “mejora” accesibles al grupo si éste consigue poner a su merced el marco de recursos relativamente escasos en cuyo interior “se juega” competitivamente.

Este cuadro, cuyos principios de composición poseen validez general para esta “paradójica” época donde la substancia que conforma las discordancias y rebeliones es el punto de intersección donde se entremezclan la decadencia de las estructuras objetivas capitalistas con su paroxismo ideológico de “pensamiento único”, es el cuadro que se ha ido desarrollando concretamente en Libia.

Lo que sin embargo algunos maoístas -o próximos al Pensamiento Mao Tse-Tung- no han visto, es que la celebrada potencialidad de Nueva Democracia portable por mano de un movimiento rebelde al que se le hubiera conseguido “cultivar” en el plano ideológico cohetáneamente a su avance bélico, es una hipótesis intempestiva; ya superada por la realidad histórica en lo que a Libia se refiere. Y lo es, aun “jugando” a dejar de lado la crucial cuestión relativa a la confluencia y final inter-penetración entre discurrir “evolutivo” de la rebelión por sí e Imperialismo, realidad que acabo de problematizar. Puesto que aquellas tareas que corresponderían al Estado de Nueva Democracia, ya estaban en el centro del programa que había guiado al movimiento de los Coroneles patrióticos que puso fin a la Monarquía de Idris como parapeto autoritativo tradicional de la vieja oligarquía filo-colonial, y, habiéndose puesto Gaddafi a la cabeza de dicho movimiento, él empezó a implementar tal programa dándole el cuerpo del Libro Verde y sentando las bases políticas, organizativas y de gestión para delegar en las clases populares libias la prosecución de ese implemento.

Ni Gaddafi ha sido “un Dictador” ni el Estado libio fue “un Régimen dictatorial”. Propaganda imperialista aparte, el extenso abanico conformado por las clases y capas populares libias se reunía en los comités populares y desde ellos vehiculaba lo relacionado con producción, distribución, acumulación, re-inversión, jurisprudencia y punición, policía, mantenimiento de infraestructuras, etc. Si bien pueda calificarse a la jamahiriya de dictadura, ello sea en el sentido concreto de que todo poder político es efectivamente una dictadura: dictadura sobre y contra la(s) clase(s) que no poseen el Estado, mientras que es democracia exclusivamente para la(s) clase(s) en el poder. Si hablamos de la jamahiriya, habrá, pues, que precisar.

Dictadura: sí, eso es tautológico cuando se habla de poder político. Pero, ¿dictadura para quienes?. Para la oligarquía que no tuvo cabida como tal en Libia, es decir, preservando su condición de clase, y hubo de exiliarse a cobijo de distintas potencias imperialistas. Para los lugartenientes de Italia y de Gran Bretaña. Para los potentados tribales que cobraban tributo por su dominio sobre las rutas de paso mercantil y ganadero. Para la burguesía burocrática que fue “jubilada” por la nueva administración popular. Dictadura contra las organizaciones agentes del imperialismo y sus intentonas de imponer dictaduras recetarias, contra la urdimbre de tejemanejes entre embajadas “amigas”, contra la diplomacia imperialista, contra su espionaje, contra sus proyectos político-militares en pro de presionar a Libia o de cercarla moviendo a sus peones limítrofes o taponando a Libia en relación a África.

Y, al mismo tiempo, inextricablemente como la otra cara de la misma moneda, la jamahiriya, esa dictadura erigida sobre las ruinas de la dictadura de esas antiguas clases dominantes, fue democracia. Pero, ¿para quiénes?. Para el miembro tribal participante de la propiedad gentilicia, para la pequeña burguesía comercial y artesanal, para el proletario co-administrador en las Unidades de producción, para el campesino parcelario, para el pastor, para el técnico de empresa, para el cuadro administrativo especializado, para el asalariado en hospitales, en escuelas, para el estudiante.

Ni la vida social, política, libia, ni los procesos de toma de decisiones que acaecían, eran ningún juguete en manos del capricho personalista de un tirano, contra lo que día y noche, sin descanso, el bombardeo manipulador inversor de la realidad ha pretendido hacernos creer a través de todos los formatos de prensa. De hecho, Gaddafi llevaba años proponiendo la derogación de los contratos establecidos con el imperialismo en lo que respecta a privatización de sectores económicos y a la extracción petrolera “compartida”, pero tuvo que acatar repetidamente la negativa asamblearia a un cambio de rumbo.

Gaddafi, en concordancia con el proyecto social productivo que en su Libro Verde pregonaba, se había auto-desatribuido de poder político mientras se reservó la misión de preservar, desarrollar y transmitir socialmente la cosmovisión -la base de ideas- sobre la que consumar el funcionamiento de la jamahiriya concebida como propiedad real y administración popular de la vida. Además de alumbrar a Africa con el ejemplo y perspectiva encarnados por la jamahiriya, llamando a la construcción de soberanía popular pan-africana y obrando en su pro, cultivando en Africa un horizonte de contra-hegemonía desde el que expulsar a la agro-industria y expropiar los latifundios del “ecologismo” (biocombustibles a base de aceites de soja y maíz), desde el que declarar non-gratos a los “organismos internacionales” del imperialismo, con sus chantajes, sus directrices, sus “prestaciones” y sus Dictaduras recetarias estranguladoras del Continente, etc.

La jamahiriya había hecho abolición de la policía en tanto que órgano represivo y de vigilancia separado de la sociedad y ejercido sobre ésta. En lugar del mantenimiento de un cuerpo policíaco, la sociedad se auto-confería jurisprudencia a través de las asambleas, donde el Libro Verde era debatido, interpretado, aplicado…, como herramienta en el camino hacia el consenso y así hacia la proposición de sentencias y hacia la resolución de conflictos. Paralelamente, las clases y capas populares eran protagonistas en el ejercicio de su poder, no existiendo alienación de las armas, que se almacenaban al alcance de los comités de cada distrito. Así se dejaban directamente en manos populares los medios de violencia, usables en todo momento para rebelarse si una parte de la jamahiriya pudiera llegar a especializarse en darse privilegio contra lo común y a costa de lo común. Esto daba garantías reales -materiales- al abstracto “derecho de resistencia” postulado por John Locke. Era la realización de esa medida extraída por Engels a partir de su asunción de lecciones tras la experiencia gloriosa de la Comuna de París: abolición de la alienación social respecto de la violencia y substitución, de los cuerpos represivos separados, por “el Pueblo en armas”.

Por su parte, la jamahiriya había decidido hace tiempo la drástica reducción del ejército en logística y armamento, habiendo procedido a su desarme. Las milicias y guardias populares tomaron su lugar en lo que respectó a preservar la estructura política de la jamahiriya contra potenciales amenazas internas (amenazas bien por conato de restaurar un dominio fraccionario anti-popular o bien por movimientos que operaran hacia la desmembración territorial o hacia la disolución inter-tribal), mientras la amenaza externa fue erróneamente subestimada.

Estas bases constitutivas y de funcionamiento, que algunos neo-izquierdistas, modernistas y libertarios (en ciertos casos esos mismos que ahora balan repitiendo el cuento imperialista de “Gaddafi el déspota”) habían llegado a denominar -con su habitual juego confusionista o al menos de superficialidad en los términos- como sistema “semi-anarquista”, son datos que ayudan a explicar el rápido auge protagonizado por la originaria rebelión popular de descontentos con la depauperación relativa y de agraviados por la agudización en las desigualdades entre tribus en el acceso a la administración política. Pues esa rebelión popular primeriza era objetivamente justa; aunque subjetivamente, al no entrañar en sí ni poder generar “naturalmente” por sí otro horizonte auto-comprensivo que aquel fundamentado sobre la categoría de “individuo”, de “persona” abstracta, de corriente religiosa des-atribuida del poder “que habría de corresponderle”, de tribu periférica que asalta el Estado para conquistar una nuclearidad…, etc., la rebelión fue convergiendo a pasos agigantados con la perspectiva militar y política que los “postores” imperialistas y sus hombres de paja reaccionarios en el exilio se encargaron de ofrecer en calidad de “ayuda”, “alternativa de futuro” y “planteamiento de solución”.

Y, al ser -lo reitero-, una rebelión objetivamente justa -¡que no en su perspectiva subjetiva!, perspectiva que fue “encontrando” para sí a partir de adoptar como “programa” o como horizonte el conducir hasta posiciones de dominio a sus propias características fenoménicas cosificadas (de corriente o secta religiosa, territoriales, de supuesta “libertad individual” a alcanzar con la liberalización política y económica, etc.)-, durante semanas enteras la jamahiriya no se dispuso a confrontarla encarnizadamente. Solamente se volcó en contenerla para evitar que, ganando terreno, pudiera llegar a irse de las manos, mientras los comités populares se reunían y sus delegados portavoces intentaban conciliar con los rebeldes a través de formular explicaciones a propósito del trasfondo objetivo (directamente ligado con el curso decadente del capitalismo internacional y con su golpeo sobre Libia a través de la especulación alimenticia) que subyacía a las propias razones objetivas que habían determinado a rebelarse.

Sabemos quién se impuso en la tesitura de esta particular “lucha de ideas”: al imperialismo le fue relativamente sencillo “abrazar”, con su racionalidad latente, a la racionalidad expresa de los rebeldes, pues, siendo la última una racionalidad de tipo ganancial-adaptativo y equitativista, es precisamente el mega-poder imperialista quien se halla en posición de prometer “salvar” y beneficiar o “resarcir” del agravio. Al fin y al cabo, el rebelde intuye subconscientemente, y aunque no llegue así como así a representárselo con consciencia, que “salvo el poder todo es ilusión”.

Empleando como escenificación circunstancialmente propicia para sí, a la rebelión real, el imperialismo manufacturaría su propia “rebelión” orquestada con mercenarios paramilitares colombianos (como los que se encontraban entre quienes asesinaron a Gaddafi), agentes israelíes, entradas a través de las fronteras, resplandeciente confección industrial de banderas a ser distribuidas, dramaturgia de tiroteos al aire, todo-terrenos importados a los que se les habían atornillado baterías anti-aéreas, sectarios integristas venidos del extranjero habiéndoles prometido sus contratantes o reclutadores de la CIA un futuro islámico para Libia (cosa que se demostró en los planes, al haber sido instaurada la Shariia como primera medida jurídico-institucional del nuevo Estado libio), etc.

Franjas de la rebelión real fueron incorporándose a la rebelión virtual -ésa que actuaba solamente tras que las aviaciones imperialistas hubieran asolado el territorio, entrando a disparar al aire ante las cámaras de los periodistas y a marchar con sus vehículos en la soledad de los caminos entre los pueblos y urbes “conquistadas”. Otros núcleos rebeldes, viendo en primera fila el horror imperialista, disintieron de la farsa y continuaron haciendo “su guerra” o volvieron sus armas contra el invasor. Les tocó a ellos entonces: fueron liquidados por quienes mientras tanto aparecían como “sus valedores” en la ONU y a través de la lente de las agencias internacionales de “la información”. Otros núcleos sencillamente vacilaron: los imperialistas aplicaron para ellos la misma “solución”, sabedores de que, como reza descarnadamente la estrategia militar, “Se puede hacer lo que se quiera con las bayonetas, menos una cosa: sentarse sobre ellas”.

La farsa acababa incorporando en su seno a partes de lo real, jugando con semillas de realidad que acabarían siendo confundidas con ella misma y re-interpretadas en coherencia con los nuevos significados de diseño imperialista, que pasan a la historia, así, como hiper-reales: imperantes sobre una realidad que fue -para expresarlo invirtiendo la célebre sentencia hegeliana- mero “momento de la falsedad”. Parafraseando a Debord, la realidad, impotente y privada de auto-consciencia, se había espectacularizado, y, así, el espectáculo se había realizado, tal y como advierten en las páginas de sus revistas para lectura militar los Coroneles españoles participantes de la fantástica “operación”, no sin mostrar ciertos temores a la incertidumbre. En tal sentido, alerta una de estas ratas más o menos lo siguiente: el problema de haberse inventado una rebelión virtual, es que ésta, cuando se hayan retirado los auténticos artífices de “la victoria” y hayan retirado sus candados hechos con sanguinaria hiper-tecnología, deja un panorama falto de base social real. Cínico giro de tuerca con que poder justificar el alargamiento de presencia militar directa y el manejo unilateral sobre el proceso de selección de peones a insertar a la carta en las nuevas instituciones, tal y como en Irak.

Al hilo de esta perspectiva, que trata de ser perspectiva de la Totalidad, ¡sea lanzada la denuncia sobre todos aquellos impresentables que se apresuraron a escupir sobre la rebelión popular en sí (no ya sobre su ser substancial, ni sobre su perspectiva subjetiva, sino sobre el dato fenoménico del estallido), aduciéndole identidad con la CIA y los complots del hegemonismo!. Y es que, en efecto, una cosa es que el hegemonismo intente mediante sus entidades pescar en río revuelto a la vez que trata de revolverlo y azuzar las turbulencias soplando en dirección a hacer de ellas afluentes de su “gran” cauce proyectivo sobre el Planeta (una cosa es, por tanto, denunciar toda esta casuística indisociable del imperialismo comprendido en condición de colosal fuerza centrípeta, máquina que alinea racionalidades a la suya propia y produce racionalidades desde ésa suya). Pero cosa distinta es argüir que no hubo razón para rebelarse: aunque, insisto, esa razón objetiva no fue comprendida lúcidamente por los propios insurrectos a quienes tal razón -la crisis capitalista en el marco general de decadencia del Modo de Producción, golpeando sobre las condiciones de existencia en Libia y otros países oprimidos- en última instancia se había “encargado” materialmente de poner en pie.

Al no comprender que la rebelión se justifica, estos revisionistas devienen auténticos justificacionistas de la actuación emprendida por una jamahiriya que, aunque vacilante y “tarde” comparativamente a cómo responden las burguesías financieras imperialistas ante “sus desórdenes” (sin ir más lejos, el Estado británico en los últimos riots), acabó reaccionando con represión ante la detección de amenaza para sí, tal y como en última instancia es característica universal de todo Estado, y no característica particular de etiquetados“regímenes dictatoriales”, demagogia de la ONU a parte intentando hacer carnaza del asunto a fin de acelerar la implementación del plan imperialista de destrucción y re-ordenamiento.

Estos revisionistas pretenden apoyarse sobre una interpretación politicista que reduce la revuelta libia a una maquinación, vieja “tesis” ya rebatida con éxito por Engels en Anti-Dühring, recordando en su obra de dialéctica materialista cómo el politicismo olvida siempre que, el objeto de maquinación, aun de ponerse a servir cual títere en el juego maquinado ciertamente manipulador, debe tener en última instancia alguna razón para prestarse a ello. Para el caso: la marginación de ciertos sectores populares respecto de la propiedad real sobre las ganancias petroleras y, correlativamente, marginación respecto de una administración política que estrechaba sus umbrales de democracia popular al paso en que unos cuantos sectores intentaban hegemonizar y defenderse, procediendo a actuar para sí, de un contexto más y más problemático en el saldo comercial ocasionado por movimientos especulativos internacionales y que se traducía en mengua de capacidad importadora.

Este redil de revisionistas no hacía, con su posición, más que poner a las víctimas en el cadalso donde deberían haber sido puestas las cabezas de los verdugos imperialistas causantes de las miserias de los Pueblos oprimidos (y, por ende, causa también de su resistencia determinada a explosionar), sean sus Estados esbirros del imperialismo o anti-imperialistas. Han estado sometiendo a “la opinión” al chantaje moral de leer el movimiento de rebelión colgando sobre éste la espada de Damocles de “la responsabilidad”, cristiana Virtud/recriminación (y siempre quimera fundada sobre el supuesto irreal de “voluntad” abstracta). “¡Los rebeldes carecen de independencia analítica, ergo hacen el juego al imperialismo, ergo a la picota!”, nos han venido repitiendo. ¡Como si se le pudiesen pedir peras al olmo!. ¡Como si la autonomía de perspectiva de clase fuera a lloverles del cielo a quienes reclaman “justicia” sin saber bien el qué substancial de sus condiciones ni el cómo de su superación!. ¡Como si ese fruto de consciencia pudiera provenir de una siembra que no sea prodigada por una Vanguardia con capacidad -material e ideológica- para incidir, mediante el bagaje conceptual propio de nuestra clase, hacia la edificación de movimiento proletario aplicador de su perspectiva de salida histórica al imperialismo!. ¡Y como si en esa siembra crucial, condición permisiva revolucionaria, los grupos y elementos de Vanguardia -o pretendientes de ser tal- no tuvieran la llave decisiva a través de su posicionamiento por la reconstitución ideológica y de sus vehículos propagadores elevadores de la realidad mecánica de respuesta a la decadencia capitalista, hacia su transformación en movimiento real, es decir, en movimiento comunista tornado masivo!

¡Esa situación fáctica y sus consecuentes limitaciones son las que deberían haber re-conocido para extraer acto seguido su inseparable (auto)crítica y volcarse en aquellas tareas que les corresponderían afrontar (si se tratase de comunistas)!. ¡Ello, en lugar de adoptar la postura consistente en lavarse las manos como Pilatos -y, en realidad, aplaudir- ante la represión por la jamahiriya sobre sus propios hermanos del Pueblo, privados trágicamente por orfandad comunista, de canalizar su rebelión hacia forzar un cambio de rumbo en la línea sostenida por la jamahiriya en materia de Relaciones Internacionales, de soberanía productiva y de re-inversión para el desarrollo material!. ¡O, en otras palabras, privados de auto-dirigirse apuntando a canalizar su rebelión hacia el bien de la jamahiriya y su rectificación, elevándola mediante la lucha de clases contra las nomenklaturas degeneradoras e involucionistas que habían ido siendo oxigenadas por la laxitud del país sobre los hombros de la penetración imperialista!. Primero por el imperialismo revisionista de la URSS, luego por la subsunción de Libia al negocio petrolero a expensas de la demanda imperialista “occidental” -camino engañoso del dinero entrante a chorro dejando de lado independizarse en Fuerzas Productivas-, y finalmente por parte del imperialismo chino.

Al mismo tiempo, “en frente de” esas rancias huestes revisionistas volcadas en aplaudir el baño de sangre a cientos entre la gente del pueblo y en escupir sobre su memoria criminalizándola, por medio de omitir distinción alguna entre aquella rebelión primigenia literalmente sin sentido superador y esa otra “rebelión” reaccionaria en la que esa primera acabó auto-mutando de la mano de sus propios derroteros anclados en reivindicarse en términos de la propia cosificación perjudicada o excluida…; “en frente” -decía- de esos profanadores de la dolorosa verdad del pobre y de sus espasmos desorquestados por sacudirse su pobreza de encima, se había configurado un coro de personajes todavía mucho más execrables, quienes, tras sus pintas de presunto “indiferentismo” y “equidistancia de no hacer el juego a nadie”, apenas si escondían su justificación del imperialismo cuando no beneplácito hacia éste, al que dedicaban en sus artículos amables palabras definitorias tales como “intervención de la coalición internacional” para referirse al genocida proyecto que el imperialismo estaba ya materializando sobre Libia por tierra, mar y aire.

Aquellos otros revisionistas primeros (negacionistas de un foco rebelde primigenio y de que en el fondo había razones explicativas de ese justo “moverse”) estaban cometiendo el error “indiferentista” entre el proyecto (poli)imperialista y los movimientos populares que habían aflorado como un eco reactivo objetivamente respondiendo a la concreción opresiva sobre Libia por parte de la estructura general imperialista, o “Cadena imperialista” (aunque fueran movimientos errabundos a la hora de identificar a ése su enemigo). Y por ende lanzaban el “J’ accuse!” contra las víctimas, creyendo así denunciar al imperialismo, cuando deberían haber denunciado al último en tanto que contradicción principal causante de empobrecimiento, de alienación y de su estallido en ira.

Pero estos últimos personajes deleznables -asesinos con la palabra- fermentados del trotskismo, entre la llamada “izquierda comunista”, de los esplais neo-socialdemócratas con ansia electoral…, relativizaban la contradicción principal motriz del proceso general (es decir, a la contradicción imperialismo-países oprimidos), hasta equiparar a la víctima libia con el verdugo imperialista “occidental” mediante la falacia “indiferentista” de que todo habría de ser “imperialismo”.

En otras palabras: abusaban de la verdad de que ciertamente el imperialismo es una estructura, hasta el punto de llegar a poner ese marco general en el lugar de la Totalidad, compuesta en realidad de marco general, de contradicciones inter-imperialistas y también de las relaciones antagónicas entre imperialismo y países oprimidos (Libia en este caso, que se habían agudizado hasta el sumum de la opresión). Así borraban del mapa de perspectiva entre sus lectores, sus influenciados y sus adeptos, tanto la especificidad cualitativa del Terror imperialista, como su inconmensurabilidad “cuantitativa” en relación a la humanidad y en concreto a uno y otro pueblo asolado económica o/y militarmente. Estos equiparadores han sido y son practicantes de disolver en la in-distinción, “por un lado” al elefante con la hormiga si nos referimos al plano de lo “cuantitativo”. Y, “paralelamente”, refiriéndonos al plano de lo cualitativo, han pretendido y pretenden con-fundir en esa misma in-distinción a la burguesía monopolista de Estado y el Capital financiero imperialistas más macabros y sobrecogedores de la historia, con aquel poder político de carácter pequeñoburgués-popular en un Estado no solamente no-imperialista sino resueltamente anti-imperialista como lo era la jamahiriya.

Nada tienen que agradecerles el proletariado internacional ni los pueblos del mundo, a estos falaces “anti-todo” del igualitarismo, y sí mucho de lo que retraerles y acusarles (tiempo al tiempo…). Puesto que mal “hacen camino” hacia el comunismo relativizando el absoluto -la contradicción principal que objetivamente enfrenta nuestra especie y a la que solamente la perspectiva histórica proletaria puede dar resolución-, y en tal medida dejando a las masas oprimidas no sólo desconectadas del comunismo sino aparentemente mancilladas “por el mismo” (que estas sectas re-presentan). Al tiempo que, con sus tergiversaciones, estos social-chovinistas secuaces del NS mundial tras una máscara de levellers, se dedican, por ejemplo en el Estado Español, a taponar y a sofocar cualquier atisbo de consciencia solidaria diferenciadora opresor/oprimido en las filas de “su” proletariado autóctono habitante bajo éste u otros Estados imperialistas opresores.

4ª FALACIA O EQUIVOCACIÓN. Habría que adoptar una postura de denuncia “indistinta” hacia los supuestos “dos contendientes en conflicto” (hemos visto que pro-imperialista de facto), al ser Libia capitalista. En este punto -a la “zanjante sentencia” de “¡La Libia de Gaddafi era capitalista!”- es donde se frotan las manos e hinchan sus pechos (de vacío) nuestros “críticos de la globalidad sin concesiones”, quienes “por no hacer el juego a nadie”, no hacen “el juego”, para empezar, al Pueblo masacrado. Pues en sus publicaciones, intervenciones y actividad brillan por su ausencia las narraciones descriptivas sin cortapisas respecto de las carnicerías imperialistas. O máxime “aparecen” muy edulcoradas en su alcance, o, casi a título de anecdotario, se las señala en calidad de una manifestación más “del capitalismo”. Es decir, se las señala desvinculadas respecto de su fondo subjetivo estratégico concretado en los planes e “inteligencia” de las Potencias y, más profundamente, se las señala desligadas respecto de su fondo objetivo de Época, que remite a la concentración extraordinaria de capitales, a la jerarquización política, militar, económica y jurídica internacional entre Estados con un alcance dramático para los Pueblos, y consecuentemente a la necesidad y capacidad que el imperialismo aúna en sí, de reunir unos tipos de capitales mientras tiene que imponer la sumisión a otros tipos bajo el contexto de decadencia capitalista.

En las publicaciones y declaraciones de estos dogmáticos “indiferentistas” encubridores de la cruenta realidad, de su magnitud, de su tremendo “índice de desigualdad” y de sus artífices/beneficiarios concretos, queda, en primer lugar, fuera de vista la más ligera alusión a “la madre del cordero” de la que tienen que arrancar los procesos de acumulación acometidos por el capitalismo de “nuestra” época concreta y a fortiori en su presente fase. Esa “madre del cordero” contradictoria subyace a la acumulación, la requiere, la dota, la arma y la define, dadas las cuotas de desarrollo alcanzadas en materia de desigualdad entre valores mercantiles objeto de intercambio a gran escala entre naciones, en materia de división del trabajo social y la imposición política que acompaña a su concreción a nivel internacional, en materia de des-capitalizaciones y re-capitalizaciones a discreción (substancia, por ejemplo, de la Operación Cóndor), en materia de desarrollo de las Fuerzas Productivas y así de su superproducción que pide “leña al fuego” para acelerar la proletarización y salarización de más y más seres de nuestra especie, etc.

Así, los “indiferentistas” tratan sin orden ni concierto, “tanto monta monta tanto” -con supuesto idéntico peso y substancia- lo mismo el doblegamiento de un país para erigir sobre sus escombros un nuevo país-factoría que sea al tiempo plataforma de asalto a todo un Continente, que tratan los recortes salariales a los trabajadores del Estado bajo un contexto de necesidad administrativa en cuanto a promocionar la vuelta a la inversión de capitales ahorrándole al Capital parte de sus transferencias al Estado en concepto de “salario diferido”, o que tratan una operación de fusión franco-italiana de capitales que se traducirá en el cierre de una fábrica milanesa para abrir tres en Lyon. No insertan a cada “pieza” de la Totalidad en el lugar que distintamente les corresponde, dándoles un sentido que sólo puede cobrar verdadero rostro a la luz de un macro-sentido ordenado donde los niveles de realidad se revelan distintos e inter-comprometidos.

Los indiferentistas navegan, pues, y hacen navegar con ellos a sus lectores, en una colección de “sucesos”, donde unos y otros son “abordados” llegando a la conclusión circular de que dichas cosificaciones-”sucesos” son reflejo, manifestación, fenómeno, del devenir contradictorio inmanente al Modo de Producción capitalista. Verdad obvia, punto de partida tácito, para los comunistas, y que en cambio parece ser para estos señores su corolario supremo, mediante cuya invocación relativizar y (por así decirlo) “aunar” amorfamente a las manifestaciones de contradicciones de primer orden, con procesos derivados de las mismas o de cómo va concretándose su agudización y su pseudo-“resolución” (tránsito a nuevas etapas en su desarrollo).

Por extensión, este divorcio en relación a tomar a la Totalidad por sus niveles articulados donde quede expuesto qué es insoslayable para el Capital en sus formaciones políticas, sociales y económicas decisivas y dotadas de mayor fuerza de causalidad, por qué vías arrastran y determinan a otras, cómo las engloban en su racionalidad, cómo dan “resolución” a estos “retos” suyos que les son más acuciantes…, y, en pocas palabras, qué se debe relativamente a qué, qué fuerzas organizan y qué otras son organizadas, cuál es el polo dominante y cuál el dominado en una y otra dialéctica de dependencia dentro de la Cadena imperialista, cuáles son los reflejos de existencia para el proletariado de los países imperialistas que se derivan de las correlaciones de fuerza inter-imperialistas y con los países oprimidos, con su proletariado y con sus masas populares…; este divorcio es -decía- un divorcio epistemológico que conduce a falsificar la “retransmisión” de la opresión imperialista llevada a su paroxismo de invasión/apropiación/remodelación de una unidad de territorio-población-Capital tomándola ideológicamente como si se tratara de una guerra de lanzamiento de Opas hostiles entre dos colosos transnacionales capitalistas, tomando por presunta razón que diera “derecho” a mantener una posición descalabrada tal, la obviedad fáctica de que Libia no escapaba a la condición productiva capitalista.

A estos indiferentistas respecto de la distinta cualidad dentro del capitalismo entre clases dominantes USA, GB, Italia… y clases dominantes libias -y en relación a la cualidad antagónica entre las relaciones políticas respectivas por parte de unas y otras entidades económicas nacionales hacia el mundo y la humanidad-, alguna cosa debería sugerirles el hecho de que el primer conjunto necesita ir saltando de país en país para editar y re-editar la inserción de unos y otros en unas y otras operaciones dentro de procesos acumulativos capitalistas en cuyo discurrir se amordaza y se implica a dichos países. Mientras la jamahiriya tuvo necesidad permanente de abanderar el despertar anti-imperialista en el Continente africano, rendir ayudas económicas y militares en otros países africanos oprimidos por su independencia y soberanía nacional, ser locomotora de la constitución de organismos panafricanistas para decir stop a la agro-industria imperialista y empezar a “des-monocultivar” Africa como condición permisiva contra el hambre, volcarse en implicación internacionalista contra oligarquías limítrofes y para anticiparse a o hacer frente al uso imperialista de esos u otros lugartenientes franceses, británicos, holandeses…, como agentes de presión contra Libia, etc.

El “método” aplicado por estos “indiferentistas” se reduce, por consiguiente, a una cruel, insensible y frívola caricatura -bufonesca de genocidio- respecto de aquello que fue la llamada por Engels “dialéctica espontánea” primitiva, inherente a la genial Filosofía griega pre-socrática. Viendo la matriz, y sólo la matriz, de contención, los “indiferentistas” no distinguen el cuerpo de relaciones concretas ni de contradicciones que son contenidas. A quien se compromete con el análisis y la denuncia de las relaciones y jerarquías en que se concreta la estructura, le sueltan el siguiente sofisma falaz: “¡Tú haces distinciones, tú distingues!”/ “¡Todo esto transcurre inmerso en el capitalismo!”/Ergo “¡Estás defendiendo al capitalismo!”. A estos genios en estupidez contemplativa burguesa les ocurre lo mismo que a aquel mineralogista del que hablaba Marx en su crítica del idealismo metafísico, quien creía “estar yendo más allá” cuando al “analizar” su muestrario ante sus audiencias rehusaba cualquier trascendencia del cuerpo mineral por las cualidades de éste (ductilidad, iridiscencia, fluorenscencia, maleabilidad, dureza, porosidad…) y sentenciaba una y otra vez al pasar de una a otra piedra: “¡Qué importa!: ¡matices, superficialidades, mentiras!. ¡Es un mineral!: he ahí la verdad suprema!. ¡Es un mineral!”.

“¡Libia era capitalista!; ¡no era un país de base económica socialista!”. Bravo, señores trotskistas, izquierdistas, sindicalistas a las órdenes de Méndez y Toxo, socialdemócratas otanistas, faranduleros e “intelectuales” del ex-”No a la guerra” mientras su queridísimo PSOE estuvo en la oposición… ¡Pero no posen ustedes tan solemnes al lado de su revelación!. ¿O acaso creen haber descubierto la pólvora, cuando apenas si han descubierto ustedes la sopa de ajo?.

Pues claro que no lo fue; ni la jamahiriya, ni ninguna economía sobre la faz de la Tierra. Si por eso fuera, no dejarían ustedes ser humano vivo con su farisaico señalar al supuesto “Sátrapa Dictador”, tratando ustedes de ejercer como líderes de opinión de masas, a quienes distraen y atraen a mirar a su dedo mientras, ahí sepultado bajo la inversión mediática de la realidad, en mitad de un plano ajeno a filmadoras y a flashes, agoniza un Pueblo. Y no lo fue, por la sencilla razón de que “economía socialista”, “base productiva socialista” o “Modo de Producción socialista”…: NO EXISTE. El socialismo no es una Formación económica específica y distinta en la historia, sino una Formación social caracterizada por la hegemonía del proletariado sobre el poder político y, haciendo uso de él, tendencialmente sobre el poder ideológico, con vistas a la transformación de las Relaciones de Producción hacia el comunismo.

El socialismo es la Dictadura del proletariado, donde la base económica es capitalista, aunque la prosecución de la lucha de clases en el plano político y en la toma de decisiones, la lucha de clases transfigurada en lucha de ideas a través de sucesivas Revoluciones Culturales, la subversión ejercida sobre la División del Trabajo Social y sobre la división funcional económica del territorio, y obviamente la comunización de las RR.PP., son dispositivos y procesos que determinan el desguazamiento por el proletariado del Modo de Producción capitalista y el alumbramiento del comunismo. Mientras tanto, no hay una forma productiva “de transición”; la transición tiene lugar entre capitalismo y comunismo, gracias a la acción proletaria desde su dominio de las superestructuras política, ideológica, cultural y jurídica (socialismo). “O caixa, o faixa”, decimos en Catalunya. Y, hasta completar el proceso, hay “caixa i faixa”, ya que la base material sobre la que el proletariado sostendrá su subsistencia y sostendrá la producción de sus recursos en su camino de liquidar el capitalismo, seguirá siendo por tiempo, y en relación a numerosos sectores económicos, una base material capitalista. Mientras, dialécticamente, apoyado sobre ella, el proletariado organizado va acometiendo la colosal tarea de que vaya dejando de serlo gracias a su operar con los mecanismos citados que van abriendo paso al comunismo (de modo que en cierto punto puede existir una hegemonía ya comunista y una subalternidad capitalista en contracción).

Pero, ¿una Formación económica que bajo el Socialismo no es ni capitalista ni comunista, sino una tercera “socialista”?. ¿Dónde está ese Modo de Producción “tercero” más que en su putrefacta mente, señores revisionistas, el cual no sería ni producción objetivamente encaminada al incremento de los Capitales físicos (capitalismo), ni producción liberada del valor, es decir, producción genérica humana (comunismo)?. ¿O es que repiten ustedes al corrillo la fantasía quimérica nazifascista de “ni capitalismo, ni comunismo”, señores trotskistas y demás socialdemócratas?. ¿Dónde localizan ustedes a esa Categoría económica en Marx, o en Lenin…, o mucho más importante aún, en la realidad fáctica o potencial analizable desde la ciencia de la historia (materialismo histórico)?. El Círculo de la historia, que es básicamente una sucesión (a través de la lucha de clases) entre Modos de Producción, consta de: Comunismo, Despotismo (hidráulico o asiático, incaico…), Esclavismo, Feudalismo, Capitalismo (y su salida histórica, Comunismo, a ser portada por el proletariado…, o no ser, y con su ausencia, la regresión pre-capitalista o la hecatombe de nuestra especie). ¿”Economía socialista”, señores paladines del revisionismo?

¡Y armados ustedes con este desentendido ficticio, con esta irrealidad, pretenden, aquí, sin ir más lejos, persuadir a nuestro Pueblo, al proletariado e incluso a sectores comunistas, de que no habría que plantarse con asco, repudia y fiera indignación frente a los agresores!. ¡Persuadirles de que, indisociablemente, no habría que plantarse inequívocamente en favor del país agredido y en solidaridad internacionalista con su Formación político-institucional, de carácter democrático y popular, amenazada y finalmente destrozada!, porque, ¡oh!, trivialidad, “quintaesencia de las razones” para el dogmatismo, resulta que la jamahiriya, no siendo, obviamente, Dictadura del proletariado, era un Estado capitalista.

La Libia del “Régimen de Gaddafi”, tal y como gustan llamarla mistificadamente todos esos adalides demócratas de “nuestras” democracias imperialistas, o, lo que es lo mismo, amantes de la Dictadura suprema de las burguesías monopolistas de Estado sobre el proletariado internacional y sobre los Pueblos del mundo, ha sido una República popular y democrática con carácter de clase(s) populares (carácter pequeñoburgués mercantil y pequeño-propietario tallerista…, gentilicio tribal pre-capitalista de propiedad colectiva, de proletarios gestores de la actividad empresarial, de profesionales formativos, de profesionales técnicos especializados bajo empleo por parte de los comités territoriales y del Estado…).

Eso en lo que se refiere a la propiedad sobre el poder político, y, en cuanto a los procesos económicos, la jamahiriya ha sido un Estado que ha regido una Acumulación controlada de Capital a través de mecanismos colectivos decisorios sobre cuotas de inversión, de acumulación…, así como sobre volúmenes de producción, distribución mercantil, precios y asignación presupuestaria estatal a la subvención de mercancías y a la gratuidad de ciertos productos básicos.

Co-gestión colectiva operaria sobre capitales, pues, y propiedad jurídica y real social parcial sobre la destinación del producto social y sobre la fracción de Capital obtenido destinable distintamente a: 1) mantenimiento de estructuras colectivas auto-gestionadas y a mantenimiento de capitales físicos (cuota de mantenimiento), y 2) a los distintos organismos estatales para el mantenimiento de sus actividades específicas, para su política de inversiones y para su re-distribución centralizada de plusproducto y plusvalías hacia las masas populares y hacia aquellas bases económicas provisoras. Al mismo tiempo, se reconoce el derecho a propiedad privada de Medios de Producción que no supongan empleo de terceros, sino tan sólo trabajo propio aplicado, así como el derecho -y garantía- de posesión inmobiliaria (no así la propiedad privada -privativa o alienable a terceros-, ni tampoco el arrendamiento o la tenencia ociosa o en desuso de viviendas terceras), y se prohíbe la compra de Fuerza de Trabajo sea a salario, a jornal o en concepto de cualquier otro mecanismo de cifrar para ella un valor de cambio. ¡Extraño “Régimen personalista” éste!

Bajo el Socialismo “cohabitan” (chocando en antagonismo, claro) dos polos productivos, el capitalista y el comunista, el último naciente y expansivo, mientras el primero va siendo liquidado al compás de ir aboliendo la División del Trabajo Social capitalista. El revisionismo confunde este hecho, con el espejismo de que el polo capitalista, fuertemente centralizado y estatalizado, se correspondiese con una hipotética y fantástica “economía socialista de transición”. De modo que estos social-fascistas de pro están negando la verdad relativa a que bajo el Socialismo todavía subsiste un antagonismo central en relación al comunismo, el cual debe ser resuelto mediante Revoluciones Culturales y, más en general, mediante la prosecución de la lucha de clases contra tendencias involucionistas y tergiversadoras en torno al horizonte comunista y al carácter del socialismo. Tendencias inscritas a la inercia funcional por parte del Plan con capitales hacia la burocratización e inscritas a la posibilidad de auto-separación clasista como nueva burguesía burocrática, potencialidades ambas latentes entre los especialistas estatales enclavados en el control sobre esos procesos todavía capitalistas.

Dejando de lado tal falsa cuestión relativa a que “en Libia no se había edificado la producción ni la economía socialistas” -“implacable acusación” en boca de nuestros revisionistas “indiferentistas” tergiversadores del Socialismo, sobre la que fundamentar su posicionamiento ajeno y a la contra de “ambos contendientes” (¡!)-, lo cierto es que ni la sociedad libia era socialista, ni su superestructura política, el socialismo. No en vano, ni el proletariado fue en la jamahiriya la clase política dominante (no se trataba de un Estado proletario), ni la ideología revolucionaria del proletariado estuvo al mando con vistas a poner los dispositivos políticos y productivos bajo su Programa histórico y dirigirlos rumbo al comunismo, ni, en fin, primaba el horizonte de ir desguazando la propia gestión colectiva sobre capitales y sobre valores mercantiles en favor del despliegue de Relaciones de Producción comunistas. La jamahiriya fue una república donde la democracia popular -esto es: de, por y para el Pueblo libio; en propiedad de, ejercida por y para beneficio de la inmensa mayoría de los libios- se proponía racionalmente poner bajo su control social a los ciclos de producción/acumulación/inversión de Capital; pero, por otro lado, cuyo Programa de bases y de orientaciones, recogido en el Libro Verde, no ofreció salida histórica a la cuestión de la dictadura económica del Capital (del valor), a la que intenta contener y domar para Bien social, ni por ende guió a la sociedad libia hacia esa salida, conquistable solamente desde la consumación material de la perspectiva comunista. En vista de ello, si desde el materialismo histórico puede calificarse de “Socialismo” a la jamahiriya, sea en el exclusivo sentido de haber sido un ejemplo brillante y próspero de implementación socio-política de aquella ideología que Marx había tipificado como “socialismo pequeñoburgués” en El manifiesto del Partido comunista.

Esta consideración expuesta obviamente comportaba para todo comunista no apoyar, en una esfera dimensional histórica, el Programa inscrito en el Libro Verde, y, al mismo tiempo, apoyar, defender y solidarizarnos con la jamahiriya en su resistencia frente al imperialismo agresor. Frente a sus quinta-columnistas libios. Y frente a sus quinta-columnistas (pseudo)indiferentistas (“a la contra de todas las partes” en las palabras y quizás en las intenciones, pero objetivamente pro-imperialistas más allá de su voluntad y conciencia), quienes haciendo gala de fantasía subjetivista pura y dura negaron la solidaridad internacionalista a la necesidad libia de auto-defensa en nombre del “No a la guerra”, del “no hacer el juego a ninguna de las partes estatales en conflicto” o incluso del “llamamiento al derrotismo”, profesando al son de sus suspiros el social-pacifismo de un modo vergonzante mientras la realidad material capitalista, que determina a la agresión bélica imperialista al margen de cualquier piadoso deseo, conlleva indisociablemente la ejecución imperialista de unos y otros proyectos en pro de barrer a los Pueblos y a las disidencias a su diseño de “orden mundial”. Siendo así que defenderse y resistir no tiene nada que ver con una cuestión voluntarista de “entrar en guerra”, dado que no hay paz bajo el capitalismo.

Por no hablar de quienes dieron su apoyo a la OTAN declarando que “su intervención” (otra vez la inversión de la realidad en las palabras a la hora de designar un proyecto ya pre-considerado y pre-delineado) era “un mal menor” (UGT y CC.OO como buenos sindicatos social-chovinistas babeando por paliar “la alarma y el deterioro sociales” gracias al botín de guerra), o que “la intervención” servía como excelente catalizador al desarrollo de la lucha de clases “contra la dictadura, por la democracia y sus derechos”… y hasta “por la revolución” (trotskistas).

Lejos de todas estas declamaciones que escupen sangre por la boca, y radicalmente contra ellas, nosotros los comunistas consideramos, desde una dimensión histórico-estratégica, un desastre que el imperialismo doblegue la resistencia nacional patriótica interpuesta contra su política -determinada, necesaria, consubstancial al capitalismo en “nuestra” época- de externalizar su crisis de sobre-producción de capitales hacia Pueblos a quienes esclavizar y expoliar, ayudándole este cauce a las Potencias a salir airosas (transitoriamente) de su crisis de des-inversión por falta de expectativas en reunir una Tasa de ganancia marginal estimulante para la continuidad en el desarrollo/incorporación de Fuerzas Productivas.

Y, desde una dimensión de Principio y de solidaridad proletaria internacionalista con los Pueblos oprimidos y con el porvenir de nuestro género animal, nosotros los comunistas consideramos desastroso, desolador, una calamidad, tanto la pulverización de una sociedad política como la libia, que fue históricamente progresiva en lo que se refiere a conquistar en el futuro la hegemonía proletaria sobre el poder político ya popular (al soplar de otra correlación de fuerzas internacional distinta a la actual y que está a su vez por conquistar). Como así consideramos el reaccionario re-ordenamiento político, social y económico de Libia en curso a la par del inenarrable sufrimiento causado y sembrado para el futuro (radiactividad, enfermedades, malformaciones durante la gestación y muertes intra-uterinas de los embriones, miseria, destrucción urbana y de infraestructuras…). Y, en fin, como así consideramos el execrable papel desempeñado por socialdemocracia, trotskismo, social-chovinismo sindical, “Izquierda comunista”…, en tanto que aristas del poliedro que el revisionismo es, y quienes han cumplido fielmente -se den cuenta o no- su papel en el espectáculo imperialista “desmovilizador” -en realidad, profundamente movilizador hacia el racismo, la demanda de sangre, la falsa conciencia de ser “libertadores del atrasado mundo” y la simpatía hacia el opresor- al interior de las filas proletarias, en las que han sembrado, una vez más y como siempre, drástica ignorancia de los hechos y de la fenomenología, inversión de la realidad, inopia, desconcierto, confusión, cuando no abierta ilusión por “la democratización de Libia” y por “instaurar la paz frenando al (inventado) sátrapa sádico”.

Resultado: masas proletarias bajo los países imperialistas, más que nunca amando al opresor principal del que en realidad derivan todas las ramificaciones opresivas “locales”, al tomarlo a él como fuente emancipadora. O al menos aplaudiéndolo al tenerlo como “mal menor”. O como poco manteniéndose “equidistantes” frente al espectáculo mediático. Relativistas “indignados frente a todo por igual”, separando cognitivamente la unicidad real entre “los mundos” realmente imbricados al interior de la Cadena imperialista, al pensar la opresión y la miseria en términos mistificados que aluden a “sus dictaduras”, “a la ausencia de democratización”, “a un déficit de integración en la comunidad internacional por culpa del aislacionismo dictatorial” y a “la insolidaridad por parte de los Estados democráticos y desarrollados, insensibles a llevarles el Progreso”…, ¡cuando su azote de fondo se llama justamente democracias imperialistas, tanto para los países dominados por oligarquías plegadas al renglón, como (y ya por otros medios) si el país literalmente disiente! (“disidencia”: de la etimología latina “sentarse, o posicionarse, en un lugar distinto”).

Masas proletarias, en definitiva, insensibilizadas ante el mal causado por el belicismo imperialista a las masas “foráneas”, al creer que se trata de una “intervención quirúrgica extirpatoria o saneadora” encaminada a “un bien superior” integrativo en “el buen gobierno” que les abra a “esos otros” las puertas de las vías a recorrer hacia “el Progreso”. Cuando no masas proletarias “primer-mundistas” crédulas respecto de la imagen invertida periodística en torno a las fuentes desde donde emanaría el dolor y la masacre.

Son así fumigadas de albergar perspectiva internacionalista que les pusiera en pie de moverse con objeto de poner fin a la responsabilidad suprema por parte de “sus” Estados, proceso éste de subversión contra “la injusticia y el asco” que iría abriéndoles a los proletarios siquiera un poco el umbral de la consciencia de necesitar operar un cambio radical en “su” país imperialista, esto es, en los núcleos bombeantes de la miseria irradiada a la abrumadora mayoría de la humanidad (haciéndolas así más permeables a experimentar racional y sensiblemente la perspectiva comunista como necesidad), y ello sobre la base de la solidaridad con unas víctimas por fin vislumbradas en su verdadera condición de tales. “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.

En lugar de ello, el (supuesto) “relativismo” revisionista se ocupa de que hierba entre el proletariado una letanía de clamor religioso “por la paz”. Paz encargada y reivindicada, en coherencia con esa mistificación de base, a los poderes, organismos y entidades que supuestamente atesoran capacidad material de “instaurar la paz”, es decir, clamada a “la intervención” precisamente de las instituciones nacionales e internacionales que encarnan en sí la incompatibilidad histórica capitalista con la paz. La otra cara de la moneda la componen unas masas oprimidas a las que les llegan noticias (por ejemplo, llegaban a Libia), sobre un proletariado desmovilizado para el caso, poco propenso a interrumpir la carnicería protagonizada por “sus” Estados, indiferente, de razonamiento confuso (enturbiado) o incluso pidiendo “sang i fetge” en iluso nombre -para colmo- de “contribuir a su liberación y protección contra el sanguinario”. Esta meticulosa operación revisionista de separación entre el proletariado internacional y entre los Pueblos acaba, pues, retrayendo a estas masas agredidas respecto del internacionalismo y, por consiguiente, las ahuyenta de mirar hacia su futuro de orientación de su lucha en el espejo referencial de unas influencias comunistas que así se ven inclinadas a asociar, en mayor o menor medida, a una alteridad “ajena”.

5ª FALACIA O EQUIVOCACIÓN. Libia sería imperialista y por tanto no existiría agresión bélica a un país oprimido, sino “guerra inter-imperialista” a cuyas “partes” proceder a “denunciar”. Esta patraña asquerosa ha sido utilizada sobre todo por la sedicente “izquierda comunista” para venir a concluir que los cientos de miles de víctimas de las operaciones aéreas y de las razzias mercenarias terrestres, del fósforo blanco, las bombas cargadas con uranio, las bombas de aire-combustible que drenan el oxígeno y las bombas de frecuencias acústicas lanzadas por la OTAN, habrían sido en el fondo víctimas “de su bando”, al que permanecerían, con fatalidad, ”enroladas pasivamente” y abocadas a pagar los platos rotos del “choque entre verdugos”.

En otras palabras, que la jamahiriya, además de no ser víctima agredida resistente, sino “actor del conflicto” (por utilizar la jerga de la cueva de bandidos ONU y de sus “expertos analistas para la paz”), llevaría cargando a sus espaldas, no ya las presuntas “matanzas gaddafistas a su propio Pueblo”… Sino que la jamahiriya cargaría, en el fondo, con la sangre, radiactividad y escombros levantados por aquellas “acciones” perpetradas por “la coalición internacional” (terminología grosera e hirientemente eufemística que repetían los para-periodistas imperialistas de una secta “izquierdista” en sus panfletos) “acaparando responsabilidad a partes iguales”. ¿Por qué?. Según los sectarios, debido a su desafío al “orden internacional” y a su beligerancia imperialista, cuya proyección desbocada habría conducido a la entrada en colisión con el recorrido de otro imperialismo, como en el clásico problema físico de las locomotoras que transitan por la misma vía. Si uno se limitara a leer los panfletos del “izquierdismo” sin atender a nada más, casi se extrae la conclusión de que el Estado libio había ido a Italia o a USA presto a avasallar sus Fuerzas Productivas para “proyectarse” luego allí productivizando sus capitales físicos y dinerarios en ociosidad. Y apostillaban estos canallas, lamentándose farisaicamente, lo triste de que “la población civil” tuviera que sufrir por su “Gobierno imperialista” libio, transformando por arte de magia “izquierdista” en verdugo del Pueblo al Estado que ha sido la estructura material para la auto-defensa popular libia ante sus únicos agresores y únicos imperialistas: el bloque anglosajón-sionista y el semi-satélite/semi-bloque UE a través, primero, de varios ejércitos nacionales (italiano, español, francés y británico), y más tarde a través de la OTAN al haberse llegado a un mínimo consenso para la distribución “de esfuerzos” y para el reparto del pastel como base de “intervención conjunta”.

¿Pero qué es “imperialismo”, en definitiva?. Es una designación para la última época en el arco histórico de desarrollo que el Modo de Producción capitalista traza. Es la época de la decadencia del capitalismo.

Su fundamento material es, “por una parte”, unos capitales llegados a tal alto grado de concentración (como consecuencia de la competencia y de cómo se ha ido resolviendo), que, dialécticamente, elevan la escala a la que se libra la competencia, introduciendo inseparablemente nuevas dimensiones competenciales. Estas últimas son, por ejemplo, 1) la guerra imperialista como cualidad particular bélica nueva; 2) la incapacidad por parte del Capital industrial para afrontar con perspectivas de éxito la competencia simplemente auto-capitalizándose, y por tanto fusión con el Capital bancario dando lugar a la hegemonía capitalista financiera; 3) unas contradicciones internacionales inter-capitalistas y otras contradicciones más para cada Capital nacional con respecto a sus procesos de valorización y respecto de las relaciones entre las clases, que determinan al Estado capitalista a centralizar en sí las funciones de regir, comandar, hacerse cargo en primera persona de inversiones estratégicas y distribuir plusvalías hacia espolear la expansión capitalista por medio de centralización presupuestaria, así como las funciones de tratar de armonizar, organizar y unificar políticamente los intereses complementarios de los monopolios de cada sector económico a la vez que arbitra en sus contradicciones para bien del conjunto capitalista; etc.

Y, “por otra parte”, el fundamento material del imperialismo estriba, siendo someros, en que la contradicción entre desarrollo de las Fuerzas Productivas y mengua del tiempo de trabajo socialmente necesario valorizador, es una contradicción que se ha agudizado hasta unos baremos en que no puede hallar “resolución” dentro del terreno nacional, debiéndose “exportar” fragmentos de procesos productivos y colocar internacionalmente capitales físicos excedentarios, además de poner en inversión capitales crediticios “estancados” y Capital dinerario que ya no tiene cabida de entrada en procesos productivos al interior de los límites nacionales. Esto determina, por ejemplo, que la guerra imperialista sea nuclearmente una guerra de aniquilación de capitales para permitir la expansión de capitales substitutivos; determina también el dictamen sobre los precios ejercido por el Capital monopolista, forzándose el divorcio cada vez más hondo entre precio relativo (en relación a ese otro precio con que se paga a la Fuerza de Trabajo) y Valor mercantil; determina también el engarzamiento del mundo en una División Internacional del Trabajo; determina la diferenciación demarcada entre los propietarios reales de capitales industriales (imperialistas) y los propietarios de cultivos y de capitales circulantes a ser empleados en esos primeros capitales industriales; determina el imperio de la Ley económica de los intercambios desiguales (valores desiguales) entre exportadores de materia a servir en manufacturación y exportadores de las mercancías industriales que incorporan el valor de aquéllas como parte de su propio valor total; etc.

Vistas las cosas desde la substancia del imperialismo, ciertamente podrá discutirse en qué medida Libia no completó los pasos hacia liberarse de quedar económicamente sojuzgada al imperialismo, y de la mano de qué alternativas podía haber profundizado en la soberanía económica (o si por el contrario no albergaba ese potencial). Incluso podemos preguntarnos bajo qué coyunturas y como consecuencia de qué líneas internas adoptadas, unos u otros imperalistas enredaron a Libia en calidad de polo dominado al interior de su red dialéctica tanto económica como política. Pero de ahí a afirmar que la jamahiriya libia era un Estado imperialista, tal y como repite groseramente una secta dentro de la “izquierda comunista”, va lo que media entre problematizar la realidad material e invertirla.

Tomando como referencia cada uno de los rasgos característicos del imperialismo, se constata que haber tratado a Libia de imperialista -y a Gaddafi de “imperialista pequeño” tal y como la secta mencionada a través de su revista-, no pasa de ser un ejercicio nominalista vomitivo, consistente en intentar hacer tragar a los lectores que lo verde es blanco porque se le llama “blanco” hasta la náusea, y que da por resultado apartar a los proletarios del posicionamiento justo anti-imperialista. Es más: esta inversión de lo real fomenta la concordia expectante con “la intervención” de una irreal “fuerza internacional de paz” portadora de justicia “de no hallarse corrompida por intereses parciales” (tal y como la idea de la ONU “depurada” o “democratizada”, noción que es mistificación per se bajo el capitalismo); nebulosa mental de concordia donde las democracia imperialista verdugo de los Pueblos aparece como posible socorrista “si prima el buen hacer por encima del oportunismo gubernamental de un Sarkozy, un Berlusconi…”, y que ha sido nutrida al regazo de la intoxicación relativa a que “mal que bien algo había de hacer la comunidad internacional para pararle los pies a Gaddafi”.

Recordemos que una de las características del imperialismo es “Capitalismo monopolista de Estado”, mientras nos hemos detenido en explicar la propiedad popular sobre los procesos productivos y valorizadores del Capital, así como en su inversión, desarrollo, asignación, etc., partiendo las líneas políticas y decisorias sobre los capitales, desde los centros de trabajo, los comités de trabajadores por ramo económico y los comités territoriales, y siendo sus decisiones vinculantes para los organismos concentradores en sí de funciones ejecutivas, de modo que, por ejemplo, Gaddafi estuvo proponiendo por años a la Jamahiriya anular los contratos con potencias “Occidentales”, habiendo de resignarse a que los delegados populares le denegaran la propuesta.

Otra característica del imperialismo es “Preponderancia del Capital financiero”, mientras hemos explicado de qué penosa manera afectaba a Libia esa preponderancia internacional fuera de sus fronteras.

Otra característica del imperialismo es “Arreglo de precios entre Carteles, Trusts, Konzerns, Bancos…, quienes distorsionan la relación entre precio y Valor”. Ya hemos visto cómo esos chacales monopolistas imponen los precios alimenticios para el comercio internacional, a través de su Bolsa de Chicago, y qué consecuencias han tenido esas especulaciones para una Libia oprimida y determinada a recibir pasivamente esa Dictadura.

Otra característica del imperialismo es “exportar”/invadir sobre todo con Capital Fijo, crediticio y dinerario. Fue el caso del imperialismo español hacia Libia (REPSOL en concreto), mientras la jamahiriya ni tan siquiera había hecho desarrollo apreciable de Fuerzas Productivas para sí, y, en cambio, el imperialismo importaba de ella casi solamente petróleo y gas, en lo que es una validación de la típica relación de dependencia imperialista sujeta a la Ley de intercambios desiguales.

Otra característica del imperialismo consiste en “la fundación de organismos, instituciones y organizaciones internacionales” con la doble función de servir de foro a “armonizar” sus contradicciones y conflictos inter-imperialistas, a la vez que de espacio para el trabajo imperialista conjunto en sus intereses comunes y en la resolución de sus retos y adversidades comunes.

No es que en esos foros y entidades no tengan cabida los países oprimidos, siempre en calidad de figurantes de un teatro -reducidos a la impotencia- aunque con derecho a la palabra y la denuncia (caso de la jamahiriya). O bien tienen cabida en condición de “víctimas pelele” dentro de esa misma cueva de bandidos que “legitima” las relaciones de dominación imperialistas en que esos países permanecen insertos y amarrados, mediante apelación a la legalidad internacional, el Derecho internacional, los Acuerdos y convenios internacionales, etc., mientras una serie de organismos concretos (como la FAO, Cascos Azules, UNICEF, ACNUR, UNESCO…) se encargan de desplegar esas relaciones y las materializan. O, finalmente, tienen cabida con un rol “más activo” y con “más cancha” si son potencias imperialistas de segundo orden, o potencias imperialistas dependientes en uno u otro grado de “Hermanastros mayores imperialistas”, o en la medida en que esos países reproducen en sí mismos contradicciones inter-imperialistas donde ellos quedan vehiculados bajo unas u otras órbitas que los atraen hacia sí o les presionan, amenazan, cercan…

Cualquiera que piense siquiera dos minutos a propósito de la posición de Libia en la ONU, frente al Consejo Superior de la ONU, y la compare con las posiciones que cada Estado como USA, Alemania, GB… ocupan en la propia ONU, en el control sobre el FMI, en la OIT, en la OMC, etcéteras., sacará conclusiones respecto de la supuesta cualidad imperialista de la jamahiriya.

Por último, otra característica del imperialismo consiste en que la democracia -que es siempre la democracia de y para la(s) clase(s) dominante(s)-, queda anclada en el cubo de la basura de la historia. Tal fenómeno es correlativo a un proceso de concentración de capitales que ha dejado en la cuneta a sectores de la burguesía y paralelamente ha ido sintetizando en nuevos corpúsculos económicos a un viejo avispero de sujetos económicos propietarios que habían competido entre sí pero que ya no existen separadamente, y quienes, por tanto, forman parte del pasado junto con aquella democracia de clase que representó en el plano político a esa disputa propia del periodo pre-monopolista.

Democracia imperialista (pongamos por caso al Estado Español) para el Santander, el BBVA, Banco Popular, Banesto-Banco Pastor, la Caixa, para el IBEX-46, para la burguesía estatal burocrática, técnica y política, para la burguesía de provincias especulativa (ladrillo, agro-industria, obras urbanísticas, industria turística), para aquellas franjas más estables de la “Aristocracia” obrera representada en el Estado por sus sindicatos, y, muy en posición de subalternidad, para los sectores pequeñoburgueses provincianos más “añejos”, pudientes e inversionistas/rentistas, y, por último, para las burguesías catalana y vasca representadas por su nacionalismo.

Por contra, la jamahiriya fue una democracia de y para las masas populares, quienes fueron propietarias del Estado como reflejo político de su propiedad sobre usos de capitales y sobre asignaciones de lo producido. Su presencia y actividad decisoria en las instituciones, estuvo estructurada con atención a la realidad tribal en la sociedad (unas ciento cuarenta tribus en total). La rectoría sobre procesos productivos, procesos mercantiles, sobre trabajo de mantenimiento y trabajo social-reproductivo de estructuras, etc., partía desde las mismas Unidades productivas, desde los espacios laborales, desde los espacios que más o menos conformaban una unidad económica de circulación de producto social y de inversión de trabajo, tanto como desde las unidades gregarias tribales o vecinales de mantenimientos grupales. En coherencia, esa extensificación de los procesos económicos a lo ancho del espectro social tenía que ser articulada, y coaguladas sus fuerzas, en un ámbito superestructural político popular amplio, que en nada se parece a esta hiper-concentración del poder político en una entente de clases minoritarias bajo la que “vivimos”, reflejo correlativo a la dualidad solidaria monopolio/Estado característica del imperialismo.